Un par de pegoletes

Caravaggio - La conversione di San Paolo

«¡Esto vir!» «Sí, sí, si se diera usted una costalada así seguro que también lloraba. Y tú cuadra ahí, burro, que me vas a pisar»

Me parecen bastante tristes esos autores que se quejan de que los críticos no comprenden el trabajo que les ha costado escribir su libro. Me recuerdan a esas madres que se pasan el día relatando lo mucho que estudia su niño y lo poco que lo comprende el profesor. Cabe la posibilidad de que hasta ciertos niveles (o cursos, o edades) ambos, autor y madre, tengan parte de razón y que sea injusto no valorar el esfuerzo. Como no soy madre, creo que hay que valorar el trabajo del autor hasta el nivel inmediatamente inferior al de concurso de redacciones de la Coca-Cola (que no sé si seguirá existiendo). A partir de ahí, lo que cuentan son los resultados y si a una mala persona de gran talento, hija de Lucifer y Cruella de Vil, le salen las obras maestras como churros y, por el contrario, a mí, hijo de Gandhi y la madre Teresa, me salen unos churros de impresión por mucho que me parta los cuernos, el churro seguirá ahí, casi como un imperativo categórico y a nadie le importa lo mucho que me costó ni lo bueno que soy.

Lo saco a relucir porque esto es como todo y además tiene relación con la entrada anterior. Se te rompe un grifo y llamas a un fontanero muy voluntarioso que está dos días liado y acaba haciéndote una chapuza que mejor que te hubieras dedicado a lavarte con esponja. En cambio, llega uno brutote que se lía a martillazos estruendosos, te apesta el baño, se niega a darte factura a pesar de cobrarte un ojo de la cara y, cuando te crees que te ha liado una especie de apocalipsis de la grifería, resulta que te lo ha dejado níquel en un periquete. Como ven, pasa en todas las profesiones y tampoco los traductores somos ajenos o alienígenas. Supongo que de eso era de lo que hablaba la editora mencionada en la entrada anterior. Hay traductores con más y menos talento, aunque no son los mismos. Igual uno de mayor talento te sale mejor o igual de apañado que uno con poco. Ergo, ¿para qué pagar más?

Sin embargo hay también un lugar común o topicazo bastante irritante ahí entre medias. Entre medias del autor y del traductor, quiero decir, y desde un punto de vista simbólico y no físico. Más o menos desde el Romanticismo, y no estoy hablando de las novelas de Crepúsculo ni de Corín Tellado, la originalidad se considera un valor (añadido o no) y, por lo tanto, el original es bocado de cardenal (pongamos por caso las repulsivas yemas de Sta. Teresa) y la traducción el churro del que hablábamos antes. Me explico: 1) Con los nacionalismos y tal vino la idea del genio de la lengua y cual. 2) Como todos sabemos, por lo menos desde el Diccionario de autoridades, la expresión más sublime de dicha lengua (la que sea, todas se dicen) se encuentra en las obras inmarcesibles de nuestros más sublimes vates (y algún otro). 3) La lengua está íntimamente ligada a la obra literaria. 4) El colofón es doble: no sólo las traducciones son mierdosas porque si pasas la obra a otra lengua te quedas sin ellas (lengua y obra), sino que además se asume que el original es bueno por la mera razón de que la traducción es, intrínsecamente, mala y perversa.

Esto da lugar a uno de los debates más gilipollescos que en el mundo han sido, que es el de la cuestión de la fidelidad de la traducción, entendida como «1. f. Lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona». Y lealtad, desde el punto de vista de más de un autor y edipor (recuerden, con pe de publisher), como «2. f. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales, como el perro y el caballo», y, en general, como «1. f. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien», que me gusta a mí lo de la hombría de bien porque suena muy bonito y como antiguo y me recuerda a una cita de S. Pablo que les gustaba mucho a los del Opus (en general, S. Pablo les caía bastante bien) y que decía «Esto vir», que siempre me sonó como orden de mando militar: «Estooo… ¡Vir! (¡Ar!, voz de mando, dos letras)». ¿Y por qué creo yo, en mi inmensa sabiduría, que es un debate gilipollesco cuando alimenta (en más de un sentido) tantos seminarios universitarios? Porque, oh, amigos míos, si consideramos la fidelidad como igualdad, es imposible porque original y traducción están en lenguas distintas, no me sean burros. Lo demás son sutilezas bizantinas del filioque y podemos discutir qué es lo que hace que una traducción sea mejor o peor, pero no que sea distinta. Y aquí tenemos otro topicazo, que es el de la invisibilidad del traductor y la traducción. Supongo que todos hemos oído como elogio la frase «No parece una traducción», elogio que a los que nos dedicamos a esto de traducir nos sugiere otro como respuesta: «Y tú no pareces tan tonto (como eres)», pero preferimos sufrir en silencio. No obstante, una cosa es el silencio y otra la invisibilidad. O sea, joven, ¿cómo diablos no va a parecer una traducción si el original está, pongamos, en ruso? Querrá decir usted «No parece una traducción mala», para lo cual podía haber dicho simplemente «Me gusta mucho la traducción porque es muy buena» y nos dejábamos de líos.

De hecho, si el joven de antes (el segundo) a la pregunta/desafío «¿Y cómo sabes que la traducción es buena si no tienes ni idea de ruso, so listo?», respondiera «Porque me gusta», me parecería absolutamente aceptable y respetable. Es decir, cuando un crítico (son bastante propensos) escribe que la lengua del autor del original es lírica y musical y bla, bla, bla, ¿está diciendo que lo es incluso a pesar de la traducción? ¿O qué? Porque a quien esto suscribe no le acaba de entrar en la cabeza, quizás porque la tiene bastante dura. ¿Cuáles son entonces los criterios? Se me ocurren dos: o el lector sabe también la lengua del original y puede comparar, o tiene que basarse en su puro gusto. Me consta que existe gente a la que le gustan las coles de Bruselas, con lo que no es muy buen parámetro, pero, en fin, sarna con gusto (q.e.d.)…

Otro topicazo más es el del trabajo trabajoso. Es decir, escribir un libro ya es (tiene que ser) bastante coñazo de por sí (prueben a copiar uno a mano), pero si encima no te aseguras el acceso al Parnaso, pues menuda lata (prueben a copiar uno en otro idioma). De ahí sale la figura del esforzado traductor que, inasequible al desaliento, va traduciendo una obra (por lo demás, intraducible) dejándose la vista a la luz de las velas y los dedos en el mellado cortaplumas con el que afila su lápiz. Igual hay alguien así, pero cada vez deben de quedar menos. Al mismo tiempo, el autor está sentado al pie de un árbol (como caiga un rayo se va a enterar), a la sombra de un árbol porque luce un sol esplendoroso (menos mal), mordisqueando la punta de la pluma mientras espera que llegue su musa (Dña. Sharon Stone). Tampoco deben de quedar muchos autores que escriban con pluma de ave y la película de la Sharon Stone era muy mala, así que nada. A lo que voy es que, según el topicazo, la literatura (original) se ve como fruto de la inspiración y, por tanto, no cuesta trabajo, mientras que la traducción (derivada y no tengo yo la culpa), es hija de la transpiración y no tiene tanto mérito por aquello tan asqueroso de ganarse uno el pan con el sudor (de la frente). Con lo bonito que debe de ser (eso decían los defensores de Megaupload) publicar un libro que has escrito por gusto y tumbarte a la bartola a recibir los royalties que te permitirán vivir, si no como un rey, al menos como un cura (de pueblo).

Pues bien, de la misma forma que hay autores (y fontaneros) que tienen mucho talento y te hacen virguerías sin tener que despeinarse, también hay traductores más o menos talentosos que traducen con menor o mayor esfuerzo. ¿Es el esfuerzo en la producción una medida válida para la calidad del producto? No. ¿Es justo eso? Pues no es que sea injusto. Es decir, se puede compensar un poco una cosa con otra. Si tienes menos talento, tendrás que esforzarte más. ¿Y si no tengo talento? Toma, yo no toco el violín y no me quejo. No vayamos ahora a pedirle peras al olmo. Y, no, niño, no me des la tabarra, si te suspenden el inglés en todas las evaluaciones, mejor te dedicas a otra cosa y no a la traducción.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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