Pero, ¿qué me dice?

Lenin, Engels, Marx

«Van en un barco un editor, un traductor y un corrector y…» «O no lo he entendido, o tu chiste era un poco tontorrón. Eso sí, me parece útil para explicar según qué cosas»

Hablábamos el otro día del huevo de Leda, que es el de la expresión latina ab ovo (y no  la castellana de «este móvil me ha costado un ovum», por ejemplo), usada particularmente para esos señores que, con la intención aparente de explicar por qué han llegado tarde, por ejemplo, se remontan al inicio de sus actividades cotidianas, que describen con sumo esmero y precisión; o a aquellos otros, yo mismo sin ir más lejos, que para darle un sentido a la actual crisis económico-social se remontan, digamos, a la fundación de Atenas por Zeus sabe quién (Ateno, probablemente). Y esto, que de por sí es bastante ab ovo, se lo cuento por lo que también hablábamos el otro día de las correcciones.

Mª Jesús me consiguió unos librillos-cuadernos de redacción que me vienen muy bien para las clases de composición de cuarto, en especial para los ejercicios de exposición porque me resulta muy difícil encontrar temas. Es decir, los turcos se parecen a nosotros y están dispuestos a argumentar sobre cualquier cosa y quizás por eso les cuesta tanto exponer. Estaba pensando, por ejemplo, en un tema que les propuse sobre los medios de comunicación y alguien me escribió un panfleto revolucionario en el que nos descubría airado, puesto que lo ignorábamos, cómo sufrimos una constante manipulación por parte del poder, digna además de tontos útiles ya que la aceptamos con sumo gusto. En defensa del panfletista panfletario, debo decir que simplemente lo exponía, probablemente porque no consideraba que hubiera nada que argumentar estando la situación clara cual manantial de agua montañosa. Con la intención, pues, de evitar temas polémicos como «la fabricación del chocolate» (que daría pie a hablar del imperialismo), «el arte clásico» (o la explotación de la imagen de la mujer y el culto al cuerpo) o «el juego de las canicas» (claro exponente de sexismo y mercantilismo), le eché un vistazo a los mencionados librillos-cuadernos y allí encontré un tema que no me pareció malo: «Dejar de fumar». El tema me venía bien porque lo tengo fresquito y porque, la verdad, no tiene mucho que discutir. Es decir, y esto se lo dice alguien que ha sido fumador empedernido hasta que dejó de empedernirse, nadie en su sano juicio puede afirmar categóricamente que fumar sea bueno (o que dejar de fumar sea intrínsecamente malo), así que lo único de lo que cabe hablar es de cómo hacerlo, que da de sí para una buena exposición.

Los resultados, o sea, las redacciones expositivas, fueron bastante más que aceptables, lo cual, más que indicar que soy un buen profesor, es mérito exclusivo de mis estudiantas que bla, bla, bla (también exclusivo, yo, primera persona del verbo «exclusivar», el género masculino-varonil puesto que no me entregaron la tarea)… Sin embargo casi todas gozaban (es un decir) de dos defectos (el verbo es «adolecer», que no me acordaba y ahora me da pereza quitar «gozar»): el primero consistía en remitirse al mismo huevo del que hablábamos en el primer párrafo y que más bien parece el órgano reproductivo-sexual de Dña. Bernarda (¿Alba? Lo dudo), con frases del tipo «El tabaco es una planta del género Nicotiana tabacum», detalle que enorgullecería a Linneo, pero que  no está directa e íntimamente ligado con el hecho de dejar de fumar (de la misma forma que las minas de Riotinto no están directamente relacionadas con el crimen pasional por mucho que se use una navaja de Albacete de las que tienen bonitos dichos como «si esta víbora te pica, no hay remedio en la botica»). El segundo (defecto del que adolecían las redacciones) y que ya tiene más que ver con el tema de esta entrada que espero que no dejen de leer porque ahora viene lo bueno (es otro decir), consistía en cierta falta de, ¿cómo llamarlo?… ¿Coherencia? ¿Congruencia? ¿Sentido? Como ustedes prefieran. O sea, había frases, en suma, que al leerlas no tenían ni pies ni cabeza por muy bien escritas que estuvieran.

¿Cómo es posible?, me preguntarán y se preguntarán ustedes con razón. Pues miren, ahora no me voy a poner a describir el proceso mental que provoca semejantes aberraciones, ni a explicarles las diferencias entre sensaciones y percepciones, ni a arroparles con la manta (que no es cosa de que me hagan ir a su casa para algo que podrían hacer perfectamente sus mamás), pero dichas frases incoherento-incongruento-absurdas son resultado de… ¡Chan-ta-ta-chán! ¡Corregir poco y mal! Con lo que enlazamos con la entrada precedente. A lo largo de años de experiencia he podido comprobar que al personal le da mucha pereza y se le hace muy cuesta arriba ponerse a corregir (a mí mismo, para qué quiero buscar otro sujeto de experimentación). Pero de lo que me gustaría hablar (o escribir) o, más exactamente, lo que me gustaría exponer, es de cierto tipo de frase absurda a la que parecen ser más propensos los más jóvenes o menos experimentados. Porque, oh amigos, cualquiera es capaz de corregir un   «héchame allá esas pajas» por un «échame» e, incluso, si el corrector tiene cierto mundo, por un «quítame» menos pecaminosamente obsceno. Pero, ¿cómo corregiría sin tener presente la obra completa una frase como, por ejemplo, «la fría mañana de enero»  de la página 352 , cuando según la página 327 la acción transcurre en Buenos Aires?

Ajá, no sólo le hace falta cierta culturilla sobre el invierno austral, que no es en invierno, o sea, en el invierno bueno, o sea, en el invierno occidental, o sea, mejor dicho, septentrional (por fin me ha salido, menos mal) sino en verano, y no me hagan repetir lo de antes que me ahogo, sino que además hay que tener la capacidad de detectar el absurdo, tarea difícil donde las haya. Por ejemplo, el otro día estaba corrigiendo el texto con el que estoy ahora y, desde lo más hondo de mi subconsciente, algo empezó a darme por culo vueltas sin cesar hasta el punto de ascender a lo consciente. Era una frase que, por sí misma, estaba la mar de bien pero, desde el punto de vista de la novela en su conjunto, no pegaba ni con cola. La comprobé y, en efecto, estaba mal traducida/interpretada (en un sentido más amplio del habitual). No me voy a poner a buscarla porque además no me acuerdo de cuál era, pero, como les digo, es un tipo de gazapo habitual para el que hay que estar ojo avizor.

Imagínenselo ustedes: han traducido una biografía la mar de bonica de un tal Mahatma Gandhi, la traducción no ha revestido una especial dificultad y además es un libro muy voluminoso, con lo que les espera un cheque casi tan bonico como la biografía, encima se lo han pasado bien traduciendo porque están en fase maníaca. Si no corrigen/revisan, mandarán el texto a la editorial y ahí se las den todas. Sin embargo, si son unos obsesos de las correcciones, se darán cuenta de que en la página 743 dice lo siguiente: «Mahatma se despidió del virrey echándose al hombro el fusil». Cosa más natural que echarse al hombro el fusil, terciado o no. Pero, sin embargo, however… Como que hay algo que no acaba de cuadrar. Comprobamos la ortografía de la transcripción de «Mahatma» (está bien), consultamos de nuevo si lo que había en la India era un virrey o un gobernador (virrey), cambiamos «fusil» por «rifle» por si suena mejor (suena peor). ¿Dónde estará el problema, matarile? Para saberlo nos hará falta tener en cuenta el texto en su totalidad y así descubriremos que el tal Gandhi no era muy amigo de las armas de fuego (ni, ya puestos, de cualquier tipo de armas). Tendremos que asumir, por lo tanto, que lo hemos malinterpretado y, en caso de haber enviado el texto a la editorial y haber sido publicado con gran éxito de público y crítica, que la hemos cagado y mejor callarse. Una rápida consulta al Brief Dictionary Punjabí-English-Panocho nos confirmará que «jalfrustzígd» es, en efecto, fusil, pero también el pico izquierdo de la túnica ésa que llevaba que más que túnica dijérase que es toga.

U, otro poner (no entiendo muy bien por qué ni si hay que escribir «u» antes de coma), lo que me ha pasado esta misma mañana, que me encuentro la frase «una fresca brisa me golpeó el rostro», que no sé si sería más o menos pálido, pero que desde luego hay algo que suena raro. Pos me puse a pensar y a repensar y hasta a meditar y me di cuenta de que «golpear» le queda a «fresca brisa» como a un Cristo dos pistolas, así que lo cambié por «acariciar» porque tampoco «golpear» era por voluntad de estilo, sino que en turco se dice así y, total, siempre se lo puedo explicar al autor que es amiguete mío y me perdonaría el atrevimiento. Por supuesto, si él quisiera que la brisa le golpeara, por mí como si quiere que le abofetee, se deja tal cual y aquí paz y después gloria. Porque, claro, a veces hay cosas que suenan peor que la Mohosa pero que son porque al autor se le han ocurrido así y hay que dejarlas porque si no luego viene cualquier listo, se chiva y los críticos te despellejan. Como, sin ir más lejos, la expresión «tonto útil», que he mencionado supra y que los marxistas de mi época, haciendo gala de una enorme crueldad usaban a propósito para referirse a gente que no sólo era tonta, sino que además era utilizada por otros (servía, vaya) para cosas que no le convenían un pelo, a diferencia del tonto inútil o tradicional, que era ése que siempre andaba perdiendo la bandera roja, confundiendo El capital con El origen de las especies y pintando pitos y culos en los panfletos. Por cierto, un colega traductor hablaba de lo interesante que sería una historia de los grupos de izquierda en España basándose en las diversas traducciones de El capital que usaban, que, por lo visto, eran causa y origen de multitud de desacuerdos y cismas aunque en el original alemán decía lo mismo.

En fin, todo la mar de bonito y de entretenido. Pero seguimos con el mismo problema. No es que pretenda yo ocuparme del trabajo de los correctores, profesión que respeto profundamente como saben los lectores de este blog, pero me gusta entregar los manuscritos (a máquina, esto de los manuscritos es casi como Norit el Borreguito) más o menos arregladitos y eso requiere un pulido que obliga a tener en cuenta el texto al completo, incluyendo sus facetas ilocutivas, perlocutivas y transmetalocucionarias. Uséase, si el autor está hablando bien de algo, no podemos traducir usando palabras con connotaciones negativas, por ejemplo, porque entonces igual la estamos fastidiando. Lo que le resulta más difícil hacer a algunos colegas menos experimentados que conozco es despegarse espacio-temporalmente del original, es decir, dejar descansar la traducción y luego, en vez de leérsela con lupa, que también, leerla como si se estuvieran leyendo una novela en el metro, en caso de que sea una novela. Todo lo demás es, en el mejor de los casos, sobrecargar a los correctores, que los pobres también tendrán perros o niños que llevar al parque a pasear. Siempre y cuando no los hayan externalizado-despedido y la editorial se conforme con el churro que les has mandado.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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