La cantinela de siempre

Rembrandt Van Rijn, Die Anatomiestunde des Dr. Nicolaes Tulp

Como pueden observar, esto con una tirita y un poco de mercurocromo se cura en un pis pás

De unos años a esta parte, a la prensa española le da por sacar de vez en cuando algún artículo sobre traductores y siempre es más o menos lo mismo. “Traductores, una profesión poco reconocida y mal pagada” y no se sale de ahí. Como los del gremio somos de natural quejica, como todos los gremios, individuos, niños y niñas, pues aprovechamos para lloriquear un rato. “Es que nos pagan muy poco”; “Es que nos meten mucha prisa”; “Es que no salimos en la cubierta de los libros”; y más bu, bu, bu, que parecemos la hiena ésa de Leoncio el león. La verdad es que no nos faltan motivos: en España las traducciones de libros se pagan muy mal en comparación con otros países; aunque muy bien en comparación con otros países, para qué vamos a mentir, por ejemplo los del tercer, cuarto y quinto mundos, porque el segundo como que no existe ya. También es cierto que nos meten muchas prisas, pero, oigan, no sé ustedes, yo siempre he conseguido llegar a un acuerdo con los plazos. Además, en otras profesiones también les meten prisas, piensen, sin ir más lejos, en los tocólogos y eso que un parto suele tener su margen. En cuanto a lo de no salir en las cubiertas de los libros, pues casi mejor, al fin y al cabo, como decía Ortega, nada que ver con mi madre, los traductores somos personajes apocados que por timidez hemos escogido tal ocupación, la mínima. Me reservo mi opinión sobre los filósofos como Ortega, pero habida cuenta lo que dice la gente de nosotros por ahí, casi mejor que no sepan cómo nos llamamos.

Esto que les cuento viene por un artículo en el diario abecedárico en el que se insiste en la misma cantinela de siempre. Por cierto, las entrevistas con traductores individuales son bastante distintas porque ahí se habla de lo que de verdad nos gusta, de libros, de dificultades de traducción y tal, y nunca de contratos, tarifas y plazos, que es más rollo. Entre otras cosas, supongo, porque no ibas a caer muy bien en la editorial si a la pregunta “¿Qué dificultades encontró al traducir En busca del tiempo perdido?” respondes “La miseria que me pagan y los plazos imposibles de cumplir”. Como quedaría fatal y pasarías a formar parte de la siempre inexistente lista negra, se habla de otras cosas y queda mucho más bonito e interesante. Bueno, pues Salia Dulitel, en su infinita sabiduría, lamentaba que los periodistas, cada vez que hablan sobre traductores, siempre, siempre, siempre, saquen a relucir lo del “traduttore, traditore”. La verdad es que la frasecita de marras tiene su gracia porque, oigan, rima y todo. Es como decir “doctor, horror”, “abogado, jorobado” o “fontanero, trapacero”, que da mucha risa menos a los de las profesiones en cuestión (resulta muy difícil encontrar algo que rime bien con “médico” y por eso he usado “doctor”, es por la esdrújula, ¿saben?).

Lo del traidor viene de que una traducción nunca es igual que el original. Para solucionar esto habría que repetir veinte veces al día: “lo que no ez lo mizmo, no ez lo mismo”, a ver, prueben ustedes. Es decir, no puede ser lo mismo porque está en otro idioma. Es como si la duquesa de Medina Sidonia dijera “Tengo un collar de esmeraldas así y asá” y la de Alba le respondiera “Pues yo tengo otro de rubíes talmente igual”. Pues no, porque las esmeraldas son verdes y los rubíes rojos, so lista. O como si yo fuera a un restaurante y le pidiera al sommelier (en la lengua del DRAE “sumiller”): “Oiga, este vino blanco está muy bueno, tráigame uno tinto exactamente igual”. El tipo me miraría malamente y se preguntaría si soy tan tonto como para no darme cuenta de que son vinos de colores distintos. Lo malo con las traducciones es que, como no son iguales que el original, artomáticamente se deduce que son malas. Como si la duquesa de Pitiminí le comentara a la duquesa de Alba: “Pues, hija, si tu collar es de rubíes, seguro que es del híper”. Y no, son rubíes de verdad, de joyería, que cuestan un huevo de la cara (© Elvira Lindo). O como si yo pensara que el tinto es una caca porque no es el blanco. A partir de ahí no hay quien nos pare y, como dicen en las pelís subtituladas, the sky is the limit (eso dicen, en el subtítulo pone otra cosa que no ez lo mizmo).

La deducción de que lo no original es obligatoriamente malo se ve muy bien en los comentarios al artículo del susodicho diario. Un poner: Papiloco opina “Ahora mismo, salvo excepciones, la mayoría de las traducciones son muy malas”, directamente, sin más. ¿Por qué? Pues porque “cada vez se nota más que la gente conoce menos el español, o bien son extranjeros quienes las hacen desde su lengua y cometen muchos errores de expresión en español”. Y, claro, si los extranjeros se ponen a traducir, pues no es lo mismo, angelitos, si no es su lengua materna. A eso me refería, uno que se ha montado la película él solo. Conozco poquísimos casos de gente que haga traducciones inversas y casi siempre es porque no hay suficientes traductores de esa lengua. Y ahora me dirán ustedes, “pero, ¿no tienen las editoriales editores y correctores para corregir desaguisados?”. No lo sé ni me importa, pero la culpa resulta ser del traductor, que no tiene ni pastelera idea. Y, sí, como en todo, hay gente que se mete en camisa de once varas, pero no suele ser lo habitual.

La verdad es que hay mucho pillo suelto, como nos explica Capullito de Alhelí (el seudónimo es cosa suya, se lo juro): “Hay traductores que se valen de un programa informático para traducir rápido y por eso resulta una traducción deficiente”. Claro, si me cojo la mencionada En busca del tiempo perdido y la meto en el gúgel transleitor, es muy probable que me salga un churro (no tengo ganas ni conexión para probarlo), pero no conozco a ningún traductor de libros (especialmente de literatura) que use ese tipo de programas. Porque lo que pasa es que don o doña Capullito ha oído campanas y no sabe muy dónde está la iglesia correspondiente. La verdad es que los programas de traducción asistida, memorias de traducción, o como se llamen, se usan mucho en las traducciones técnicas porque ahí es fundamental la precisión coherente (con “técnicas” me refiero a no literarias; por cierto, muchas agencias te pagan menos si usas dichos programas, espero que al cliente le cobren menos también). O sea, como decía Eduardo Mendoza, es importante que si en un sitio pones “botón”, en otro no pongas “tecla” o “pulsador” y si te repites, miel sobre hojuelas (repetirse en las traducciones literarias, en cambio, es pecado gordísimo y en peligro de muerte si se ha de comulgar contra la virtud de la fluidez: contra lujuria, castidad; contra repetición, fluidez).

Como ven, el panorama de la traducción patria es deprimente, todo lleno de extranjeros que no saben español usando programas informáticos para traducir y traicionar. En otros países, sin embargo, no es así (véanse los comentarios a esto). Por ejemplo, en Francia. Los franceses, como todos sabemos, son una nación extremadamente culta (sin ir más lejos inventaron el patedefuá e, incluso, ¡todos saben hablar francés!, de lo cual se asombraba mucho cierto portugués) y hacen unas traducciones que te dejan patidifuso. O los ingleses, con ese humor británico que destila alta cultura (por ejemplo, Benny Hill), ¿cómo van a traducir mal? De hecho, más de uno y más de dos recomiendan que te leas los libros originalmente escritos en lenguas que ignoras en traducciones francesas o inglesas porque son mucho mejores. No obstante, a mí con esto me pasa como con mi opinión sobre los filósofos como Ortega, que tengo mis dudas. Por ejemplo, siempre que he cotilleado una traducción francesa para comprobar la mía, me he encontrado con que tienden a embellecer (según cierto concepto de la belleza) bastante el original. Supongo que la lógica es la siguiente: 1) los turcos son musulmanes, o sea, árabes; 2) los árabes hablan de una forma muy barroca como sabemos por El ladrón de Bagdad (versión de Douglas Fairbanks); 3) si escriben de forma simple tiene que estar mal y hay que arreglarlo. Con las traducciones anglosajonas pasa casi justo lo contrario. Por ejemplo, hay cierto escritor turco que se caracteriza por sus frases quilométricas, pues en inglés te las cortan sin dudar lo más mínimo. Supongo que la lógica es la siguiente: 1) el lector es tonto y se enreda leyendo frases largas; 2) toda frase con más de diez palabras debe ser considerada “larga”; 3) toda frase de más de diez palabras debe ser cortada convenientemente para que el lector no se líe.

Ahora olviden a los traductores y piensen en otra profesión. Por ejemplo, los médicos, que para eso no he encontrado rima. Empecemos por un argumento de autoridad. Mátalascallando le dice a Pedro de Urdemalas: “Si el oficio del médico […] es matar, ¿no lo hará mejor quanto menos estudiare?”. Así pues, partimos de la base de que los médicos se dedican a matar (1); para ello es conveniente estudiar poco (2); en España la carrera de medicina es muy larga y teóricamente se estudia mucho (3); por lo tanto, en España los médicos matan muy mal (4), mientras que en el extranjero, con carreras más cortas, matan mejor (5). Como pueden observar, en cinco módicos pasos nos hemos montado una película que ni Ben-Hur, la de Charlton Heston. Como soy de familia de médicos, puedo darles fe de que los de la profesión no están muy de acuerdo con todo esto, especialmente con el primer punto.

Entonces, ¿por qué los traductores son siempre traidores? Ah, porque en esto también nos pasa como a los médicos. Es decir, supongamos que tiene usted anginas, va al médico y le receta unos supositorios. Siempre cabe la posibilidad de que su vecino le comente que a él le pasó lo mismo, que los supositorios le dieron diarrea y no le sirvieron para nada y que, sin embargo, la sabia de su pueblo les daba para eso unas infusiones de unas hierbas pestosas que te quitaban las anginas en un periquete. Y va usted y no se pone los supositorios y se toma la infusión. Posibilidad remota: que la infusión funcione. Posibilidad menos remota: que la infusión no sirva para nada y se cure usted solito. Posibilidad altamente probable: que esté usted haciendo méritos para ser uno de los primeros fallecidos por anginas desde que se tiene noticia. Pues con las traducciones igual, me cojo cualquier traducción, pero cualquiera, como si fueran los supositorios anteriores y me pongo a pontificar que eso no es así sino que debería de ser asá y ya está: la traducción es una mierda. ¿Que no sé griego y quiero poner a parir una traducción de la Odisea? Agarro una traducción inglesa o francesa, que son necesariamente buenas, y las comparo con la española. Y con “comparar” no quiero decir “comparar”, sino “masacrar”.

Cierto, hay traductores malos y chapuzas, pero eso también se da entre médicos, abogados, fontaneros e incluso agentes de la propiedad. ¿Saben lo que les digo? Como proponía alguien (por desgracia no me acuerdo de quién), la próxima vez que se encuentren entre manos una mala traducción, pero mala de verdad, devuélvanla a la editorial como “material defectuoso”. Nos estaremos haciendo un favor y dejándonos de pegos.

P. D. Por cierto, en España se traduce muy bien (me entran ganas de decir “que te cagas” por la comparación de los supositorios), pero lo que pasa es que se traduce mucho porque se publica muchísimo. Y claro, entre col y col (buenas traducciones), cae alguna lechuga (mala). Lo que no podemos hacer es pensar que son todo lechugas cuando hay muchísimas más coles.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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24 respuestas a La cantinela de siempre

  1. aidagda dijo:

    Da gusto leer entradas tan bien redactadas. Un verdadero placer seguirte.

  2. Yo conozco varios casos de expresar eso sin pruebas de ningún tipo. Y más de uno que se ha leído a Proust o a Musil en inglés dando por sentado que la versión española debe ser malísima, cuando además de que seguramente no sea cierto a no ser que seas perfectamente bilingüe te sale lo comido por lo servido, porque lo que dejas de entender o entiendes mal puede que sea mucho peor que la inevitable pérdida en una buena traducción al español. Ah, eso sin olvidar que me he quedado patidifuso al ver en más de una ocasión cómo alguien se empeña en leer la versión original sin dominar del todo el idioma, lo que tiene su mérito, aunque lo que pierdes en el camino no sé yo si compensa. Por ejemplo yo entiendo sin problemas una novela de Stephen King en inglés, pero a la segunda página de Faulkner me voy llorando a casa. Pero no me avergüenzo, porque le pasa también a los de Chicago en ocasiones. O qué decir de Shakespeare, que para leerlo a pelo en inglés tienes que haberlo leído desde pequeñito, para que luego más de un gomoso de los de aquí que como mucho chapurrea el inglés un poco mejor que la media se pone muy ufano al decir que no va a ir a ver Hamlet traducido, que o se lo ponen en inglés o nada, como si lo fuera a entender.
    Mucho guanabí es lo que hay.

    • Magnífico comentario. Había una aventura de Guillermo muy divertida en la que se empeña en protagonizar Hamlet en la función del colegio (aunque le tocaba ser guardia 3º o algo así) y se aprende el famoso monólogo todo patas arriba porque, total, nadie lo iba a entender, y eso que en Inglaterra son todos ingleses.
      De todas formas, todavía hay un grado más en la estupidez, leerte a los autores de tu país y tu lengua materna en traducciones (al inglés o francés, por supuesto), algo hasta cierto punto usual en Turquía. Otro caso, cierta revista Cervantes defendía que los estudiantes extranjeros de español deberían leer a los autores de su país traducidos por grandes escritores hispanos. Nótese el “escritores”.
      En fin, eso es lo que hay, siempre es mejor lo del vecino.
      Gracias por la visita.

  3. Paisano:

    Una vez más, no puedo hacer otra cosa que quitarme el sombrero y romper en aplausos hacia su persona. Bien dicho, bien hilado y bien rematado, así es. Que ya está bien de listos de turno que nos ponen a bajar de un burro sin tener, la mayoría de las veces, más idea que la que infunde haber oído campanas procedentes de la hija de la vecina del primo tercero del compañero de la EGB de Periquito el del quiosco.

    Saludos.

  4. dgimirizaldu dijo:

    Médico, histérico.
    (Ahí lo dejo, que como ahora mismo no tengo coles que traducir —ni siquiera lechugas— me sobra tiempo para rimas).
    😛

  5. merry203 dijo:

    Jajaja. Me encanta =D

    Saludos de una traductora sin vocación.

    • ¡Uy! ¿Y eso de la falta de vocación? A mí me habría gustado ser astronauta y menos mal que no lo fui porque ahora me parece que tiene que ser un rollazo en general.

      • merry203 dijo:

        Cuando estaba en el colegio sacaba 10 en inglés siempre y el alemán no se me daba mal en la E.O.I. Llegué a la universidad y parece ser que lo hacía todo mal. En realidad son ellos, que tienen un sistema tan sumamente estúpido que lo único que aprendí en toda la carrera fue “brick”. Así que se me quitaron las ganas, pero cuando me di cuenta era demasiado tarde.

        Oye, que lo de astronauta seguro que mola mil =D

        • Pues qué mala suerte. Yo lo del brick ya me lo sabía por lo de “thick as a brick” del yetrotul y por los tetra-brick de los cartones de leche. De ser astronauta me echó patrás que hay que pasar mucho tiempo repitiéndolo todo en las pruebas y no dejan lugar a la imaginación.

          • merry203 dijo:

            Ya… Pero bueno, ahora me dedicaré a trabajar en McDonald’s de Inglaterra. Malo será que no aprenda algo más =P

            En el fondo me alegro de que no te hayas metido a astronauta, eres muy gracioso y eso hay que compartirlo con el mundo.

          • Pues, hala, a estudiar mientras se trabaja. Cuidado con las medidas de peso, que no usan el sistema métrico (véase Pulp Fiction). Corto y cierro.

  6. julian bluff dijo:

    Lo que creo que sucede en España (que es lo que conozco) es que los nuevos -los que van incorporándose al gremio- no están a la altura de los que van “jubi… -no incurrir en el eufemismo me parecería de mal gusto- …lándose”. Si en todas las profesiones ocurre -como consecuencia del deficit docente que progresivamente ha venido afectando a nuestra enseñanza en materia de “humanidades” ¡cómo no habría de sucedero en esta actividad en la que las humanidades (lingüistica incluida) constituyen, en su práctica totalidad, la esencia misma de su praxis!

    • Ergo, estamos en lo de siempre y no voy a insistir. Lo que no creo es que las traducciones en otros países sean sistemáticamente buenas y las nuestras malas por necesidad. O que nosotros seamos muy, muy, muy burros y ellos muy, muy, muy listos. Salud y gracias por la visitilla.

  7. Pingback: Traducción voluntaria sí, pero… | Letras de Sastre

  8. Alicia dijo:

    Rafaelín, me gusta mucho cuando haces enlaces y citas para aumentar mi cultura y tengo dos comentarios a propósito de los que haces en esta entrada:

    1) Te busco entre los insignes traductores del artículo del ABC y no te encuentro ¿Cómo es ello?
    ¿Es que lo he leido deprisa para volver a tu texto, que es mucho más divertido?

    2) Sobre el enlace de Muñoz Molina y el texto de Montaigne, donde hay seis versiones (6) de lo mismo… La traducción de Molina suena mejor, aunque no te puedo decir si es muy fiel porque no entiendo muy bien el texto original.

    Pero se equivoca en lo de la fidelidad al texto. Su traducción es mejor porque es fluida y en un estilo en español muy bueno.

    No creo que sólo haya que buscar fidelidad total en una buena traducción. Hay que tener un buen estilo en la lengua de destino. Si no, los lectores nos aburrimos y sólo conseguimos terminar el libro si hay, por ejemplo, buena cantidad de asesinatos, sangre y muebles de Ikea. Estoy segura que Navokov buscaba la fidelidad al traducir porque el estilo ya lo tenía, y muy bueno.

    A mí me gustan tus traducciones porque están en un español muy gustoso. En general, me gustan los libros que se leen bien en español: las “Memorias de Adriano ” de Cortázar o los de Camilleri de(uff, lo he tenido que mirar, que tengo un amigo traductor…)… María Antonia Pagés.

    A lo mejor el problema es ése, que traducir es elegir palabras, hacer elecciones. Hay que arriesgarse. Y trabajarlo mucho y honestamente, y, a ser posible producir algo legible. Qué cosas. A mí las traducciones de la facultad siempre me salieron de pena, y eso que le ponía mucha fidelidad. Por eso me dedico a la economía.

    Los lectores no elegimos, sólo entendemos lo que nos dice el texto y ya está. Por eso hacemos tan bien de críticos.

    Au revoir et bonne rentrée

    • Muy querida amiga: Aumentar la cultura de sus lectores ha sido desde siempre uno de los objetivos que se ha impuesto este blog habida cuenta de que su autor es bastante burro y lo lamenta. Pasemos a sus comentarios.
      1) Ello es que no me doblego a los designios de la monarquía ni, por ende, de su diario (¿De verdad me lo creo? Respuesta: no).
      2) Pues está usted más o menos de acuerdo con los franceses cuando decían que las traducciones eran como las mujeres, que si eran bellas no podían ser fieles. Supongo que el desideratum es que fueran las dos cosas, pero, si hay que elegir, las editoriales siempre preferirán la belleza (que vende más) a la fidelidad (con la que no se llega a ninguna parte. ¿Era Mae West la que decía que las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes?
      Salud

  9. Maria dijo:

    No soy tan erudita como para fijarme mucho en las traducciones a otros idiomas de los clásicos, pero a menudo he consultado las traducciones al inglés de los libros que traduzco y muchas veces he tenido la misma sensación, que simplifican y cortan donde les da la gana sin ningún apuro, con una libertad que haría palidecer a mis profesores de la facultad. Recuerdo en una ocasión que me pasé varios días pensando cómo traducir las chucherías que comía una niña golosa y pateándome quioscos del barrio… y resultó que en inglés los 8 tipos de regaliz y salmiakis del original danés habían quedado reducidos a “sweets”. Siempre he pensado que lo que da autoridad moral a los traductores ingleses es hablar un idioma sin complejos.

    • ¿Y por qué no es usted erudita? Causaría una bonita impresión entre sus familiares y amigos. En cuanto a lo de las traducciones anglosajonas… Estoy totalmente de acuerdo, en general hacen lo que les da la gana. Por supuesto, eso se debe a que lo que buscan los editores no es la fidelidad precisamente. Yo creo que lo que le da autoridad moral a los traductores anglosajones es que les importa un bledo porque saben que nadie, es decir, una tercera parte, se va a leer el original y todos supondrán que la traducción fetén es la inglesa. Supongo que le habrá pasado a usted lo mismo alguna vez, que algún editor entregado a su trabajo (en caso contrario no lo haría), le pregunté por qué pone usted tantas cosas cuando en el original dice “dulces”. Al fin y al cabo, no se le puede pedir a un editor que sepa danés, ¿no? Por cierto, ¿qué es un salmiaki? ¿Por qué se llama daneses a cierto tipo de bollos?
      Gracias por la visita y un saludo.
      P. D. Yo sí tengo un dispositivo lector de libros electrónicos y leo con muchos menos complejos que antes. Especialmente con menos claustrofobia.

  10. Azulzul dijo:

    Te tengo un ejemplo! Médico, Bélico.
    Que manera más jocosa de saber más sobre esta profesión. Los traductores de películas y documentales también se deben liar mucho. Creería que las productoras no le prestan tanta importancia al subtitulado, terrible.

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