No hay dos sin tres

Sandro Botticelli 039

Tres eran, tres, las hijas de Elena. Tres eran, tres, y ninguna era buena. Tres eran, tres, y ninguna era buena. Julia, Paloma y Elena (rubia, castaña y morena)

Andaba el amigo David Paradela un poco mosca porque le parecía que últimamente las cesiones a cierta editorial se estaban pagando peor que antes. No sé si será verdad o no, tampoco es que hayan sido nunca muy rumbosos, pero de lo que estoy seguro es de que si ustedes no son del gremio de traductores de libros, o del libro en general, esto de las cesiones les sonará a música celestial o a chino, según prefieran y menos entiendan. Así que de nuevo asumo el deber (“El deber es un dios celoso”, que decía de Beaujolais en Beau Sabreur) voluntariamente aceptado de ser faro de España y países hermanos y me dispongo a iluminarles un poco. Entre otras cosas porque los traductores (de libros) tenemos fama de ser un colectivo (palabra muy de mi época de estudiante) bastante quejica, pero esto de las cesiones a terceros es verdaderamente un poco extraño. Por cierto, me parece a mí que todos los colectivos son quejicas. Por ejemplo, estudié en un colegio muy finolis de Andalucía (España), así que muchos de mis compañeros eran hijos de agricultores terratenientes y se pasaban el día llorando: si llovía, porque se fastidiaba las cosecha; si no llovía, porque con sequía no había cosecha; si la cosecha era mala, pues está claro, y, si era buena, porque bajaban los precios y no valía la pena cosechar. Otro tanto puede decirse de los editores o de los bedeles. El otro día coincidí con un bedel en el ascensor y me estuvo relatando el estrés (en turco “sitrés”) que sufrían en época de exámenes, como si él tuviera que corregirlos… También nos quejamos los profesores, también.

Bueno, vamos a lo de las cesiones a terceros. Espero que lo de los terceros sí que les suene, aunque sólo sea por el famoso seguro a terceros que hay que pagar en los coches  y que no cubre “al cónyuge, hijos y otros parientes”, por ejemplo primos segundos. Supongo que la idea es la siguiente y corríjanme si me equivoco (aunque me da bastante igual): vas tú en tu Simca mil, te saltas un estop, le pegas un topetazo a un todoterreno de esos monstruosos, el retrovisor de tu coche le da una cabra que había por allí y montas un desastre de mil diablos. En este caso no sé quién es el tercero, la verdad, si el del otro coche, la cabra o tu amigo Juan que iba en el asiento de atrás porque el del copiloto lo ocupaba tu primo (tercero) Paquillo que fue quien te dijo que en aquel estop no paraba nadie y que no lo cubre el seguro por pariente (ergo, no es tercero legalmente). Bueno, lo que está claro es que se refiere a una tercera parte, y de ahí el dicho “Dos son compañía, tres son multitud”. Claramente, el tres no es bueno, como se puede deducir de las hijas de Elena.

En el caso de las traducciones, tú (una parte) firmas un contrato con una editorial (otra parte: una y una, dos) que puede ser de ésos que se llaman “a tanto alzado”, que consiste en que te dan un tanto, te lo alzas y te das con un canto en los dientes, o de otros que creo que se llaman “ordinarios” pero que ni eructan en la mesa ni nada y se llaman así por no decir “contrato normal”. Según este contrato (más normal), te pagan un dinero equis en concepto de adelanto de tu porcentaje de derechos de autor sobre las ventas. Es decir, supongamos que yo he fabricado una cierta cantidad de boinas de verano, o, mejor, he diseñado una boina de verano para el agricultor moderno, y quiero venderlas en la sombrerería de mi amigo Pepe. Pepe puede hacer dos cosas: a) Pagarme una determinada cantidad por todas las boinas (o el diseño) y a escupir a la calle (tanto alzado); o b) Comprometerse a pagarme un porcentaje de las ventas aunque me adelanta algo de dinerillo para que pueda pagar al tío que me vendió la tela de las susodichas boinas. Pues con una traducción de un libro es igual.

Sin embargo, los contratos de traducción contienen una curiosa cláusula, entre otras, pasen y vean:

El traductor manifiesta expresamente su consentimiento para que el editor pueda otorgar autorizaciones no exclusivas a terceros, así como transmitir su derecho en exclusiva a un tercer editor…

De acuerdo con los artículos tal y cual de la ley de propiedad intelectual y bla, bla, bla. O sea, que tú (no lo olvidemos) le estás dando permiso a la editorial para que traspasen los derechos a otra parte (la tercera en danza). La pasta, poca, que se saca de dichas cesiones se reparte a escote entre las dos primeras partes firmantes del contrato original. ¿Y?, me dirán ustedes. Si no te gusta, no lo firmes. Será por la de veces que ustedes han dejado de firmar un contrato con la Telefónica porque no les gustaba. En cuanto a la capacidad de negociación… A no ser que tu primo Paquillo se llame en realidad Francesco Corleone y tenga unos amigos sicilianos de ésos que van a hablar amablemente con la gente, no tienes mucha, la verdad. Pero bueno, eso no importa, o no es lo más importante.

El dinero que paga la tercera parte a las dos primeras se llama, no sé por qué, “forfait” y es una cantidad fija y usualmente no muy alta. Quizás por eso a mí lo del “forfait” me suena a “fait accompli”, es decir, que esto es lo que hay y, si no te gusta, aire. Dense cuenta de que como en el contrato original has firmado el derecho de cesión, luego no puedes quejarte. Bueno, sí puedes quejarte, en casa, a tu mujer, pero legalmente no. El truco del almendruco está en que, por arte de birlibirloque, desaparece tu porcentaje sobre las ventas. Vamos a seguir con el ejemplo de antes: Pepe está vendiendo tus boinas pero, en virtud del contrato, se las pasa a, digamos, los grandes almacenes Le Coupe Anglais (ya que estamos con el francés), que empiezan a venderlas. Pues bien, vendan pocas o muchas, tú no ves el porcentaje del que gozabas (es una forma de hablar) con el amigo Pepe. Claro, si el producto no tiene mucho futuro, pues casi mejor. Pero, ¿y si lo tiene? ¿Y si el libro que has traducido es Lo que el viento se llevó y de repente hacen una versión cinematográfica? ¿Que ya la hay? Bueno, pues otro libro súperventas.

Digamos que has traducido el Kempis y que tu editorial (Otros mundos, otros ámbitos) te escribe un correo en el que dicen: “Oyes, que hemos hablado con Circunferencia de Leyentes y nos dicen que nos dan un forfait de x (minúscula), que qué te parece. Por si acaso, te recordamos que firmaste en el contrato que podíamos cederlo, así que no nos vengas con melindres”. Piensas que, de todas formas y gracias a los gastos de promoción, nadie se ha leído el libro, ni siquiera los ejemplares de regalo, y que de perdidos al río, igual se lo lee algún leyente de la circunferencia. Miel sobre hojuelas, con lo que te paguen del forfait vas a poder darle propina al de la telepizza, que últimamente te miraba de mala manera. Pasan los meses y, por esas cosas que pasan, la traducción se convierte en un best-seller y vende tres mil millones de ejemplares. Pues bueno, no corras tanto en darle la propina al de la pizza, porque no vas a ver un duro más y encima ahora no se paga con duros.

Y eso es lo que no acabo de entender de las cesiones a terceros. Que has firmado un montón de papelotes protegiendo todos los derechos habidos y por haber y, de repente, desaparecen como lágrimas en la lluvia cerca de la puerta de Tännhauser. Eso sí, se siguen protegiendo tus derechos morales, ya es algo. Lo que no acaba de entrarme en la mollera es por qué si tu contrato es de los de a porcentaje, de repente se convierte en uno a tanto alzado. La verdad es que peor sería que tuvieras un contrato normal, el libro se vendiera y entonces te lo anularan y contrataran a otro traductor a tanto alzado y te quedaras con dos palmos de narices. Para ser sinceros, no creo que haya mucha gente que haga esas cosas. Además, luego todo se sabe.

En fin, lo dicho, que no acabo de entender el cambio de una categoría a otra ni por qué se conforman los de la primera editorial con una miseria porque es como si estuvieran reconociendo que son un poco torpones y no van a saber vender el libro. Por lo menos siempre te queda el consuelo de que a lo mejor lo lee más gente en la editorial nueva con la cesión, al contrario de lo que pasaría si cayera en manos de una página de descargas piratas, que la gente se baja los libros y no los leen, sólo para hacer daño, o eso me ha contado mi editor-confesor de guardia.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a No hay dos sin tres

  1. juliacgs dijo:

    A mí sinceramente me encantaría tener un primo que se apellidara Corleone… 😛

  2. Jesús Álvarez dijo:

    Es un tema complejo, este. Lo cierto es que en el mundo del libro, ya de por sí castigado por la falta de demanda, se comenten abusos escandalosos contra autores y “reautores” (traductores). Otra de las miles de cosas que tendrían que cambiar para resucitar un poco las profesiones de letras.

    • Hombre, tampoco es para tanto, se me ocurren cosas peores (como la distribución geográfica y el número de ediciones y ejemplares para los que se firma el contrato). La falta de demanda, bueno… Pero lo que sí hay es una excesiva oferta: el año pasado se publicaron ochenta y pico mil títulos. ¿Quién se los va a leer? ¿Para qué los publican?
      Salud.

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