¡Cómo se la lleva el río!

John Everett Millais - Ophelia - Google Art Project

¡Qué flipe! ¡Cómo fluyo! Soy una traducción del Jamlet más buena que el pan de Viena

Decíamos ayer (lo siento, ha sido superior a mis fuerzas) que el antónimo de “plana” puede ser “fluida” cuando hablamos de traducciones. ¿Y en qué consiste dicha fluidez? Pues en que se lea a gusto, es decir, que no huela a traducción, y mira que lo que huele no son las traducciones sino los libros, originales o traducidos, siendo éste uno de los principales argumentos a favor de los libros tradicionales en papel sobre los libros electrónicos y eso que en casa había un ejemplar adaptado de Corazón de De Amicis que olía que te echaba para atrás, peor que el perro cuando le llovía encima, que por eso no me lo leí, aparte de que como aficionado a otros clásicos italianos (véase Salgari), a mí lo de Corazón me parecía una mariconada, con todos los respetos hacia mis amigos gays a quienes envío un afectuoso saludo desde esta ilustre tribuna. ¿Qué decía? Ah, sí, el olor a traducción, que no es olor a santidad, precisamente. Hay un comentario que me mosquea mucho cuando lo dicen otros y que me enorgullece cuando lo dice mi madre (¿amor filial?) y que viene a ser algo así: “¡Qué bien traducido está este libro! ¡Parece escrito en español”. Y me mosquea porque, de hecho, el libro que se ha leído el comentarista está en español. Por supuesto, lo que quieren significar es que parece que el original estuviera escrito en español o que la traducción fuera directamente el original.

¿Y eso? Pues simplemente porque el texto es fluido. ¿Y qué es la fluidez?, me preguntarán ustedes. Así que, ni corto ni perezoso, me voy para el diccionario, lo abro, lo miro y me encuentro lo siguiente: “Fluidez: Cualidad de fluido”. Que no es que explique mucho. Luego resulta que un fluido es un líquido cualquiera o un gas, pero, no sé por qué, uno siempre lo relaciona con el liquiducho que se les sale a las pilas cuando llevas un par de años sin usar una linterna y justo en ese momento la necesitas porque se ha ido la luz. En suma, que relaciono, por algún estúpido reflejo inconsciente, la palabra “fluido” con algo asqueroso o, en el mejor de los casos, guarro. Así que, también inconscientemente, me resulta un poco raro tanto insistir en que las traducciones queden fluidas como si con eso se quisiera decir que son buenas.

Además, ¿no habíamos quedado en que la traducción era un puente (entre no sólo lenguas, sino también culturas, civilizaciones y restos arqueológicos modelo Von Däniken)? Entonces, ¿qué es el río que salva el puente si el fluido es la traducción? Porque, digo yo, el agua sí que es un fluido, ¿no? Pa que vean lo malo que es ir hablando con metáforas, que las carga el diablo. O sea, no sólo queremos que las traducciones crucen fuertes y fronteras, que no sé si algún puente hará eso, sino que además den un salto sideral y estén escritas como si yo mismo estuviera charlando con el señor con quien comparto asiento en el tranvía. Fluido, fluides, fluide. Vaya, que no acabo de entender lo de la fluidez. Así que supongo que lo que en realidad quiere decir la dichosa frase de “Qué bien traducida está esta novela, parece escrita en español”(si tuviéramos que traducirla con fluidez) es lo siguiente: “Qué bien está traducida está esta novela, parece que la hubiera escrito yo mismo (con lo mal que se me da a mí eso de escribir, que el otro día tuve que presentar una instancia y menos mal que te daban un modelo)”.

O sea, que lo que busca el personal es que la traducción se entienda y no diga cosas raras. Les pongo un ejemplo: “Prisión del nácar era articulado / de mi firmeza un émulo luciente”, no fluye nada, nada, nada. Sin embargo: “Clori tenía un anillo que le apretaba el dedo” fluye  una hartá; es decir, se entiende como es debido y no se anda con tonterías. Claro que lo de la prisión del nácar articulado era un original escrito así (se lo juro) por un señor que no tenía nada mejor que hacer por lo que se ve. Y, queridos amigos, los originales tienen dispensa y pueden no ser fluidos. De hecho, cuanto más raro es un original, más original es y, por lo tanto, su originalidad aumenta proporcionalmente. Sin embargo, una traducción es una obra “derivada” (a la ley me atengo) y, por lo tanto, no es original, así que cuanto menos original sea, mejor. ¿Entonces? Si el original es más raro que un perro verde, ¿no convendría hacer una traducción igual de rara? Pues no digo yo que no, pero entonces no fluye.

El truco del almendruco está en conseguir que la traducción no sólo esté en nuestro idioma, lo cual sería una estupidez porque para eso es una traducción, sino que esté escrita como hablamos nosotros. Les voy a poner como ejemplo un caso verídico. Poco después de casarnos, mi mujer y yo nos encontramos con un pequeño problema doméstico: en Estambul ella no encontraba escarpias y yo buscaba alcayatas por todas las ferreterías sin el menor resultado. Algún tiempo después, descubrimos que era lo mismo. Por lo tanto, si Mª Jesús se hubiera encontrado en algún momento previo a nuestro matrimonio la palabra “alcayata” en una traducción (o yo “escarpia”), el texto habría dejado de fluir artomáticamente como si se hubiera topado con una presa y se hubiera (o hubiese) quedado embalsada. ¿Ven? Estás tú leyendo y te encuentras con algo raro y dejas de fluir. “¡Santo Cielo! ¿Qué mierda será ‘escatológico’?”. Y te levantas a mirarlo en el diccionario como yo hice antes y si estás por la labor, si no, te lo saltas, y te encuentras con que era precisamente esas dos cosas (el Cielo y la mierda), pero ya has tenido que interrumpir la lectura y es un rollo. Claro, con un original no te queda más remedio porque el listillo del autor lo ha escrito así, que seguro que no le lee nadie, pero en una traducción puedes exigir algo más normal, o sea, fluido.

Imagínense ustedes el siguiente escenario idílico: están tumbados en una tumbona (precisamente) de una playa tropical, llenándose los pies de arena, manchando la toalla y, por lo tanto, el resto de su cuerpo con esos granitos que se le pegan por todas partes gracias al pringue del protector solar, al tiempo que un vientecillo de levante le zumba en la oreja izquierda y el rumor de la resaca de un mar intensamente azul le está provocando dolor de cabeza. Agarra usted un libro para distraerse y se encuentra con que no entiende ni papa. Mal asunto, eso hará que a) se ponga a pensar en el molesto escenario idílico y le duela más la cabeza; o b) empiece a preguntarse si no estaría mejor en casa con el botijo y el abanico estudiando algo. Sin embargo, si el texto fluye, entonces se sumergirá en la lectura como si fuera ese mar cuyas olas le revuelcan con grave riesgo para su integridad física y se dejará mecer por él acompañado por el rumor de las mismas olas de antes aunque, como se despiste, corre el riesgo de gastarse una fortuna en after-sun. Por cierto, como todo el mundo sabe, en vacaciones no se leen originales en versión original.

Sobre esto de la fluidez escribió unos trujamanes muy interesantes Juan de Sola. Hizo un experimento que consistía en coger un cacho de Juan Benet (de un texto, vaya, no de él) y una traducción al alemán, inventarse que la traducción era el original y viceversa y luego dárselo a varios editores. En general, la respuesta era la misma: la traducción no fluía (y eso que una señora dijo que le gustaba mucho el alemán en cuestión porque le recordaba a Juan Benet). De todas maneras, es que las traducciones siempre son mucho más petardas que los originales. El experimento de Juan de Sola me recuerda a un artículo que leí una vez no sé dónde: Alguien le dio a sus estudiantes dos textos, el alemán a la izquierda y el español a la derecha, y los mozuelos pusieron verde la versión española porque ni se les pasó por la cabeza que podía ser el original (que lo era). Como ven, la traducción siempre es peor aunque no lo sea (traducción). ¿Solución? Que, por lo menos, fluya.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a ¡Cómo se la lleva el río!

  1. Arturo Vázquez Barrón dijo:

    Saludos, mi estimado Rafael, desde México. Como siempre, termino de leerte con una sonrisa bastante… fluida. Va un abrazo poselectoral un tanto cuanto deprimido. Arturo.

  2. julian bluff dijo:

    Rafa, vuelvo a insistirte:

    En concreto, en España, y en narrativa, hacen un uso de la lengua infinitamente mejor los traductores al castellano (los buenos) que los propios novelistas. Y a lo mejor una de las claves se halla en NO adoptar un estilo fde traducción luido, sino haber llevado a cabo, esta, adaptándose al tempo, al modo y al tono del original en idioma foráneo. La otra razón deriva, como es obvio, de que apenas hay escritores verdaderamente buenos en nuestro país.

    • ¡Uy, qué tema más polémico! Voy a suponer que hablamos de redactar y no de escribir (¿?). En ese caso, es casi normal que los traductores lo hagan mejor; al fin y al cabo, deberían (de) ser profesionales de la redacción. En lo de NO adoptar un tono fluido estoy completamente de acuerdo. Afortunadamente, y a pesar de lo que se cree, en España se traduce muy bien y con mucha fidelidad al original, sea lo que sea eso. Por ejemplo, los anglosajones muchas veces hacen de su capa un sayo y se quedan tan contentos.
      En cuanto a los malos novelistas… Primero tendríamos que ponernos de acuerdo en qué es una mala novela y después en los motivos por los que venden tanto. Y no hablo de best-sellers.
      Salud

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