Borradores y diarios

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Tralaralarita, barro mi casita (y tiro papelotes viejos)

Siempre, siempre, siempre que empiezo una traducción nueva me propongo hacer un diario de la traducción. Para las cosas personales, pues la verdad es que no me apetece y tendría que llamarme Jonathan Harker o Anna Frank o algo así. Ahora que lo pienso, tampoco me gustaría que me pasara lo que a ellos para tener algo interesante que escribir. Un diario mío sería bastante plasta: “Me he levantado, he (censurado por pudor), he desayunado, me he fumado un cigarrito, gracias al café y al desayuno he (censurado por pudor también),  me he vestido, he ido a clase (si tengo clase) / me he puesto a traducir (si no tengo clase), he terminado las clases / he terminado de traducir…”. Y etc., etc. Como ven, una vida apasionante. Podría hacer un diario de las cosas que se me ocurren, pero no me darían las horas para escribir tanto: “¿Por qué hay gatos de distintos colores? ¿Por qué las gominolas no saben todas igual? ¿En qué consiste la hermenéutica? ¿Por qué se cuajan los huevos y por qué la clara es asquerosa en su forma de moco?” Y también etc., etc.

Sin embargo, lo de los diarios de traducción es distinto porque uno los hace con dos posibilidades distintas en la cabeza: 1) Pasar a la posteridad………………….. (disculpen, pero me ha dado la risa). O 2) Porque a lo mejor de ahí me sale un artículo/ponencia/charla que me dé unos puntillos para el currículum. La idea es fantástica y facilísima: no tienes más que escribir los problemas que te vas encontrando, luego te lo lees y escribes una especie de resumen más o menos por categorías y, ¡hala!, ya tienes publicación, si te la publican, claro, pero siempre tenemos alguna revista tipo Juan Palomo donde la puedes colocar.

Quien esto suscribe se propone siempre escribir un diario de traducción, se pone muy serio el primer día y empieza tal que así: “13 de junio de 2012 (por ejemplo): Me dispongo a iniciar el grandioso empeño de traducir El mío Cid (también por ejemplo) al turco (no, no hago traducciones inversas, era otro ejemplo). Para ello pondré todo mi afán, haré uso de mi escaso talento y sacaré fuerzas de flaqueza (esto lo llamaban los romanos captatio benevolentiae y es un poco tonto hacerlo para uno mismo)”. El problema reside en que no vas a dejar de traducir para apuntar las dificultades en el maldito diario y luego se te olvidan. O sea, estás tú traduciendo la mar de bien tralaralarito, traduzco mi librito, y entonces te atascas, frunces el ceño y te pones a pensar qué hacer. ¿Vas a dejar de fruncir el ceño para ponerte a escribir en el diario? Ni hablar. De forma que la siguiente entrada del diario dice más o menos lo siguiente: “13 de junio de 2012 (más tarde): Por hoy todo ha ido bien. No he encontrado dificultades notables. Me voy a ver las noticias por si dicen algo de cómo va lo de la fusión fría”. Y, claro, las siguientes entradas son del tenor de “Hoy he traducido X páginas. No va mal”.

Y no, un diario de traducción no tendría que ser así, sino: “Tras profundas meditaciones he decidido traducir tal cosa en pretérito imperfecto de subjuntivo porque así se capta mejor la esencia de lo que sea”. O bien: “Tras profundas meditaciones he decidido traducir los comentarios de Jim Hawkins al valenciano porque así se capta mejor el dialecto de su pueblo”. O: “Tras profundas meditaciones he decidido matricularme en un curso de física cuántica para adquirir el vocabulario necesario para traducir “El jardín de los senderos que se bifurcan” (es que estamos viendo Flashforward, ¿saben?). Y todo con sus explicaciones, por supuesto. Con eso, te coges el diario, te plantas en un seminario sobre “Nuevos retos de la traducción en el siglo XXI” y quedas como una rosa. Con mi diario de “Hoy X páginas, todo bien”, pues no puedes, claro.

La otra posibilidad es guardar los borradores, que ahí sí que se ven bien los problemas. Yo  los marco en dos sitios: en el libro original y en los borradores en sí. Según voy traduciendo, si me encuentro con algo interesante, o que tendría que consultar, o pensármelo mejor, o lo que sea, agarro el lápiz, lo subrayo en el libro y, a veces, le pongo una nota. Por ejemplo, si pienso que me serviría para clase, escribo “Para clase”. Qué pasa, pues que como lo escribo a lápiz, lo voy borrando según se van solucionando los problemas para no liarme la… cabeza. Es decir, digamos que escribo “Preguntar al autor”, pues cuando se lo pregunto y me lo aclara, que no siempre es así porque a veces ni ellos mismos lo tienen tan claro, lo borro, natural. Lo malo es que luego no me acuerdo, pero no tiene mucha importancia porque lo más normal es que no vuelva a abrir el libro ése en mi vida. A no ser que me inviten a un seminario o algo parecido, que entonces lo hojeo para ver las dificultades que tuve y como las he borrado casi todas me tiro de los pelos. Este sistema tiene la ventaja de que luego te puedes inventar lo de las dificultades que encontraste. “Hombre, esto parece interesante y me salió de rechupete. Voy a decir que era muy difícil”.

 La mayoría de las anotaciones, cambios y demás lo hago sobre el borrador de la traducción al roman paladino. Y ahí sí, ahí sí que salen un montón de cosas y se ven y podrías aprovecharlas. Pero tengan en cuenta que cada borrador de los míos es un paquete de folios más o menos, que creo que vienen a ser unos dos quilos y medio y ocupan un montón de espacio aunque se pongan todas las hojas una encima de otras y no espatarrás. Y con las montañas de papeles que tengo en la mesa y en las estanterías como para andarme con tontás. Total, que lo guardo hasta que se publica el libro y la editorial tiene la bondad de enviarme los ejemplares justificativos. Entonces las hojas del borrador sufren el triste destino de a) ser impresas o imprimidas por la otra cara para, por ejemplo, el borrador de otra traducción, lo cual puede provocar graciosas confusiones cuando uno va a pasarlo a limpio; o b) ir directamente al reciclaje porque ya están impresas o imprimidas por ambas caras, lo que suele ser habitual si has usado la impresora de tu casa y no la de la facultad (no se lo digan a nadie). En suma, que te quedas sin borrador.

Lo cuento porque hay alguien que quiere hacer un trabajo sobre el orientalismo y la traducción postcolonial o qué sé yo y quiere usar una de mis traducciones, espero que no para ponerla verde y, si es así, espero no ver el trabajo, y me ha pedido muy amablemente que si no tendría yo un diario o los borradores para ver cuáles eran las dificultades con las que me había topado. Ya me gustaría a mí, ya, tener un diario o los borradores. Entonces sería yo quien estuviera preparando el artículo.

Pero bueno, todo es cuestión de echarle imaginación: “Las mayores dificultades con las que tropieza un traductor occidental que quiere verter a su lengua materna los matices culturales de una obra compleja que refleje una realidad distinta a los estereotipos habituales…”. No quiero dármelas de Lope de Vega con el soneto ése de Violante, pero si se fijan he escrito cuatro líneas sin decir nada. Con un poco de imaginación te salen catorce o quince folios. Ahora que lo pienso… Será mejor que les deje, que me ha surgido un recado urgente. Hasta la próxima.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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