¡Cuarenta y cinco!

Magna Carta

Por la presente tenemos a bien comunicarle que este año se han vendido las siguientes copias de su obra: op.cit. -21; s/fav.-2.341; ej.det. 17; SS. MM. RR. MM. -316, etc -97. Total: Nos debe usted mil duros

Como se acerca el verano (aunque por aquí sigue haciendo fresco) empiezan a arribar a nuestros buzones, físicos o electrónicos, las liquidaciones de las editoriales por aquello de que Hacienda somos todos. Por cierto, leí en un libro de lingüística, a la fuerza ahorcan, que algún genio creó el bonito eslogan “Hacienda, cada vez más cerca”, con el cual no se conseguía el efecto pragmático pretendido (perlocutivo, para ser más exactos) que sería provocar el gozo en el contribuyente, sino que se causaba un pavor imprevisto en la ciudadanía, que a esas alturas no tenía muy claro si el ministro del ramo no sería el famoso Gran Hermano. Volviendo a las liquidaciones, para quienes no sepan de qué se trata, me gustaría explicarles que son unos papelicos en los que se informa del número de ejemplares vendidos del libro que usted haya escrito, o traducido, como es mi caso. En general, no sé los escritores, las liquidaciones de los traductores son para que veamos cuán lejos estamos aún de cubrir el adelanto que se nos pagó por página con el 0,5 % del PVP que nos corresponde. A ver, echemos una cuenta. Supongamos que usted traduce un libro de cien páginas y le pagan un adelanto de diez euros por página (todo esto son poneres); total: mil euros del ala (brutos). Si el libro vale en la calle otros diez euros (para no liarnos) y a usted le corresponden cinco céntimos por libro (si no me he equivocado al calcular el porcentaje porque soy de letras y lo he hecho de cabeza), tendrían que venderse, a ver que eche mano de la calculadora, veinte mil ejemplares para que empezaran a pagarle esos cinco céntimos de royalties por libro. Y verán, si tienen la paciencia de seguir leyendo, que veinte mil ejemplares son una pasada sólo al alcance del Ken Follet y demás compañeros nada mártires. No obstante, los traductores no nos quejamos porque ya hemos cobrado el adelanto y hemos pagado las letras de la nevera con él, que es más de lo que muchos autores pueden decir.

Uno de los mayores problemas que tienen las liquidaciones es que tienes que hacer un curso CCC de interpretación de textos arcanos y gnósticos si quieres enterarte un poco. Por ejemplo, en los que me manda una editorial (no diré cuál) nunca sabes si les tienes que pagar tú a ellos, con lo cual mejor no preguntar. Hay como doscientas mil categorías que a ti te salen negativas: ejemplares de promoción, defectuosos, devueltos, feos, regalos, obsequios, donados, mohínos, tazados, mastuerzos, etc. Total, que si en la casilla “existencias anteriores” ponía mil, por ejemplo, te encuentras con que las existencias actuales son de unos diez mil millones y cada uno de esos ejemplares te aleja más de los ansiados royalties. Luego las palabras económicas, que a mí todas me suenan igual: devengo, devoy, saldo, rebaja, liquidación, asesinato, artefacto, etc. Además, y acabo de enterarme, ¡ahora las liquidaciones no son en pesetas! ¡Ya decía yo que me pagaban muy poco! ¡Qué lío, madre mía! ¡Cómo me compadezco de Champollion!

Pero bueno, menos mal que al final pone N./favor S./favor, que no es “no favor” y “sí favor” sino “a nuestro/ a su favor” y si sale positivo a tu favor, les mandas una factura y te pagan los royalties cuando pueden a ver si de una vez te compras una montura nueva que eso de andar con esparadrapo en las gafas queda la mar de feo. Tengo que decir que a mí algunas liquidaciones me salen positivas y me da mucha alegría. Así me puedo comprar el último de The Elder Scrolls, que dicen que está muy bien, sin que me dé cargo de conciencia (luego me da cargo de conciencia jugarlo en lugar de corregir ejercicios, pero eso es otra cuestión).

De todas maneras, no quiero que crean que los traductores somos unos seres que sólo nos fijamos en las posibles ventajas crematísticas de las obras que traducimos. No señor. A nadie le amarga un dulce, pero también nos gusta que se lean los libros en los que hemos invertido (término económico) tanta sangre, sudor y lágrimas. Bueno, lo de la sangre es una exageración a no ser que nos cortemos con un papel y lo de las lágrimas también a no ser que pertenezcamos a esa especie de traductores sublimes que le prestan la voz al autor haciendo suyos los sufrimientos que emanan de la magna obra y que se imbuyen tanto del espíritu que bla, bla, bla. Lo del sudor es verdad, eso sí, metafórico y físico en verano. En fin, como los porcentajes son bastante míseros y el libro que has traducido nunca venderá los setecientos millones de copias necesarios para que te rinda, por lo menos te apetece que la gente lo lea y que no hable de ti (porque si hablan del traductor, malo).

Y aquí tenemos el misterio del título de esta entrada. Resulta que el curso pasado (es decir, en otoño del 2010) se publicaron dos libros a los que les tengo mucho cariño porque me parecen muy buenos, muy originales y, no es por presumir, me quedaron la mar de bien (tan bien que hasta me atreví a presentarlos al premio nacional de traducción, que no me lo dieron, pero no me habría atrevido si no estuvieran bien): Dos chicas de Estambul y El instituto para la sincronización de los relojes, a los que les dediqué un par de entradas a cada uno a ver si algún fan se los leía. Pues parece que no se los leyeron muchos porque, según las liquidaciones, de Dos chicas se vendieron en el 2011 doscientos y pico ejemplares y de Los relojes ¡cuarenta y cinco!

¿Cómo es posible que de unos libros interesantes, bien escritos, bien traducidos, razonablemente entretenidos, con cubiertas atractivas, etc. etc., se venda semejante miseria? Pues me van a permitir que se lo explique por si son de esas personas que, en su inocencia, ignoran cómo funciona el asunto (los seguidores de este blog, todos gente culta y con mucho mundo podrían saltárselo). Resulta que en España  se publican unos setenta mil libros al año, y no crean que son setenta mil del mismo, no, son setenta mil títulos distintos, crisis o no crisis. Aquí entre nosotros, unos doscientos títulos al día. ¡La mare de Deu!, dirán ustedes si son catalanes o si hicieron la mili allí, como yo, ¿Y dónde meten tanto libro? Muchos de ellos son MortadelosConocimiento del medio social ciudadano 2, libros profesionales y técnicos (como uno que vi cuyo título me gustó mucho: La lechuga y la escarola), guarrerías cochinas, guías arqueológicas de Costalada de Arriba, poemarios, etc. Con todo, doscientos títulos al día dan mucho de sí.

La editorial manda los libros a (A) las librerías, (B) los críticos y (C) Dios sabe. Si no hablan del libro en ningún medio de masas, vas dado porque hay otros mil cuatrocientos por semana esperando cola. Los libreros, si no les va ni les viene nada, ponen el libro en la mesa de novedades si la editorial lo ha promocionado un poquillo y si cabe, y, si no, al estante. Claro, imaginen el libro de los relojes en un estante. No me creo que la gran masa de lectores vayan a los estantes de “narrativa extranjera” a ver qué hay, van a la mesa de novedades. Hay que ser muy friqui para ir al estante, como hago yo con los de ciencia-ficción. Pero aunque vaya alguien, como el título no le llame la atención no lo va a sacar de allí para ver la ilustración de la cubierta y, como no sea la repera de llamativa, no lo va a hojear ni ojear siquiera. Si el libro no se vende, que no tiene nada de raro, al mes o así se manda al almacén a no ser que sea una librería inmensa (no olvidemos que en este mes han salido unos seis mil nuevos títulos), a los tres meses más o menos se devuelve a la editorial, al poco tiempo se descataloga y a los tres años se destruye porque almacenarlos es muy caro. Es decir, si el libro en cuestión no ha ido bien el primer mes, se acabó, finito. Si por casualidad se vende alguno, la librería pide más ejemplares y puede seguir su vida natural.

Lo que haría falta sería una miaja de promoción, es decir, que las editoriales se gastaran unos duros en jamones para los críticos, por ejemplo, pero, claro, las editoriales grandes los mandan de Jabugo y las pequeñas sólo los pueden mandar de los del Carrefour y así les va. Pero cuando uno se entera de cómo funciona la cosa, y ustedes podrán saberlo si presionan en este enlace y aguantan la musiquilla tan molesta que tiene el vídeo al principio, se le caen los palos del sombrajo. Unos meses antes de que le dieran un premio muy gordo al autor que me asegura los royalties, su editorial española decidió presentar su colección otoño-invierno en esta ciudad.  Por lo visto, todos los años se trincan (o trincaban) a un puñao de libreros y se los llevan un fin de semana de paseo por, qué sé yo, Buenos Aires, Pekín (ahora Beijing) o Estambul (antes Constantinopla), me los pasean, me los ceban y les enseñan sus libros (cuando estuvieron aquí también regalaron cuadernos). Y no se crean que son libreros de los de las macrolibrerías de cerca de la Puerta del Sol (Madrid), esos por supuesto, pero también se llevan a libreros pequeños (me refiero al tamaño del establecimiento, o sea, de la tienda) de ciudades menos populosas y menos capitalinas. Por ejemplo, cuando estuvieron aquí me llevé la sorpresa de encontrarme a un librero de mi pueblo (en realidad es una ciudad) que tenía una librería (claro) bastante decente pero que no era como la del Corte Inglés, precisamente. Los libreros, a quienes el viaje les entregaron, les devuelven agradecidos el beso que recibieron en forma de una presencia patente de los libros en las mesas de novedades. Yo también lo haría, la verdad.

En suma, que por muy bueno que sea el libro, como no entre en el circuito de las mesas o de las críticas periodísticas, nadie se come un rosco. Hay excepciones, por supuesto, pero ésas sí que suelen ser friquis. Todavía me acuerdo cuando salió El señor de los anillos en España, que nadie daba un duro por un libro sobre unos enanitos con los pies peludos. Eran otros tiempos, eso sí, y ahora cualquier cosa con elfos de por medio tiene asegurada una buena salida, pero el principio sigue siendo el mismo: el que no llora no mama. Por cierto, a ver si se compran ustedes algún libro de ésos que he dicho, háganmelfavol, que a mí ni me va ni me viene porque no me van a dar royalties, pero están muy bien. O, si es usted de esas doscientas y pico o cuarenta y cinco personas que los compraron, díganme qué les parecieron.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a ¡Cuarenta y cinco!

  1. Sole dijo:

    No es por echar leña al fuego… ¡pero encima alguno de esos doscientos y pico libros los compramos tu familia!. Con lo cual, si la sangre de tu sangre (como dice la Kalesi) paga los royalties, no debería ni valer, ¿no? Pero bueno, me leí de un tirón Dos chicas de Estambul, lo recomiendo a todo el mundo. El del instituo y los relojes, ya me lo prestarás. Besos

  2. aliciamartorell dijo:

    A ver, yo me compré uno de los cuarenta y cinco, y lo pagué 21,95 euros (mira a ver si te salen las cuentas), pero no lo he leído porque me he acostumbrado a leer los libros dentro de un parato y ahora no me puedo desacostumbrar. Está aquí, para que veas que es verdad: https://www.dropbox.com/s/aic43yhna3axuwv/2012-07-05%2020.50.05.jpg.

    Claro, que las posibilidades de que uno de los otros 44 ejemplares lo haya comprado un pirata son ínfimas, para qué nos vamos a engañar. Lo cual, que me lo voy a tener que leer en papel, no me va a quedar más remedio.

    Yo lo vi en la mesa de novedades, acababa de salir, y me abalancé sobre él, por si se agotaba. Estaba muy equivocada, ya veo. Aunque no lo he leído todavía, la parte del prólogo que dice “sobre la traducción” la leí de pie delante de la susodicha mesa de novedades… y por eso lo compré, que lo sepas. La entrada del blog la leí después.

    A ver si poco a poco se van retratando aquí los otros cuarenta y cuatro…:-)

    • ¿Lo del pirata es una indirecta? Porque yo estoy atado de pies y manos… Tiene narices que una novela valga más de tres mil quinientas pelas. En fin, espero que sea de su agrado (a mí me gustó), aunque la verdad es que es un poco rara. O sea, que no es Los pilares de la tierra. Eso sí, me reí mucho porque tiene bastante mala uva. A lo mejor mi sentido del humor es deplorable, no sé.
      Salud

      • aliciamartorell dijo:

        No, lo del pirata es porque, teniendo en cuenta que la editorial ha decidido que no es un libro adecuado para leerlo dentro de un artefacto (o por lo menos yo no lo he encontrado, y conste que lo he buscado por curiosidad), y que cuando lo decida me querrá cobrar otra vez, no 21,95, pero sí 18 euracos tirando por lo bajo, la única posibilidad que tengo de leerlo digitalmente es un pirata rumboso, pero para qué nos vamos a engañar, los piratas solo digitalizan _Los pilares de la tierra._…

        Me alegro no obstante de que mis 21,95 euros hayan aligerado en dos centimillos tu deuda millonaria con la editorial 🙂

        Alicia

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