Cyperus esculentus

¿Saben lo que soy? Pista: no soy una cochinilla de la humedad (oniscidea)

Aprovechando que el día 23 de abril era lunes y fiesta grande (día de la soberanía nacional y fiesta de los niños a un tiempo, y no me pregunten qué relación hay entre una y otros porque no viene al caso), nuestra amiga Arzu decidió pasar unos días en Valencia, tierra de las flores, de la luz y del amor y patria chica del gato Pumby. Allí, a pesar de que su estancia fue breve, desarrolló una notable afición por ese brebaje llamado horchata, de la que nos informó convenientemente cuando vino a casa a hacernos un breve resumen de su periplo levantino y a enseñarnos las fotos. En ese momento nos planteó una de las preguntas que más horror causan a los españoles cuando las hace un nativo de un país foráneo: “Por cierto, ¿de qué está hecha la horchata”. Cualquier español que carezca de nuestro profundo conocimiento del alma extranjera habría respondido sin dudar: “De chufa”. Así habría provocado la ira de los dioses porque, acto seguido, el extranjero/-a en cuestión preguntaría indefectiblemente: “¿Y qué es una chufa?”. Y, díganme, ¿cómo se responde a eso?

La chufa (cyperus esculentus) resulta ser un tubérculo (cosa que quien esto suscribe ignoraba hasta que el otro día lo miró en la wikipedia por si veía una foto que mostrar a su amiga, tan ávida de saber ella), pero lo habitual es que los españoles respondamos: “Es una frutilla pequeña, una especie de…” y nos quedemos en blanco. De saber que era un tubérculo, como ahora sé, habríamos podido contestar: “Es como una papa arrugá liliputiense”, o bien, “como una patatita diminuta”, aunque también tenga aire de cacahuete (con cáscara) o de cagarruta (esto mejor no decirlo). Un extranjero especialmente sádico podría remover el cuchillo en la herida (metáforicos tanto cuchillo como herida) e insistir: “Y, ¿a qué sabe el tubérculo de la planta cyperus esculentus?”. Y no nos quedaría otro remedio que decir “A chufa” o, en casos como el de nuestra amiga Arzu, “A horchata”. Como verán se pierden los aspectos culturales de las connotaciones de la palabra “chufa”; a saber: cucuruchillos de papel convenientemente mojado y roto de los que se extrae el sabroso tubérculo en verbenas y ferias polvorientas y calurosas mientras poderosos altavoces de tómbolas describen las virtudes de la muñeca chochona o lo que esté de moda ahora.

El nombre de la muñeca me trae a la memoria el fruto (éste sí) del lupinus albus, vulgarmente llamado “altramuz” (del árabe al-tramuz, que significa “el altramuz”), a veces “saladito” en mi tierra y, en general y mucho más vulgarmente, “chocho”. El chocho tiene unas connotaciones ligeramente distintas a las de la chufa, perdón, el altramuz tiene unas connotaciones ligeramente distintas a las de la chufa porque incorpora la idea de cine de verano a su estructura profunda o substancia del contenido. ¿Quién no ha comido chochos altramuces en el cine con el aliciente de usarlos como proyectil dando un mordisquito a la punta y luego presionando la piel para que el fruto salga disparado a velocidad vertiginosa? Ah, qué completo. Por un lado, la bebida refrescante (la horchata) y, por otro, un frutillo para picar (el altramuz). Ahora que lo pienso, jamás en la vida se me ocurriría tomar horchata con altramuces, debe de estar asqueroso. Pues bien, ahora explíquenles a sus amigos extranjeros qué demonios es un altramuz y si salen airosos pueden darse con todo orgullo con un canto en los dientes.

Tampoco hace mucha falta que sean extranjeros. Gran parte de los cordobeses de mi generación nos las vemos y nos las deseamos para explicar al resto de los españoles qué son esas repugnantes azofaifas (ziziphus zizyphus, y no me pregunten por qué el segundo cicifú va con y griega) que se tomaban antaño y no sé si hogaño en la feria de la Fuensanta. Frutilla ésta, pues, también típica de ferias y verbenas.

Tanto la chufa como el altramuz me da a mí que entran en la categoría de los frutos secos (aunque la chufa es, insisto, un tubérculo) por aquello de que no tienen zumo y aunque habitualmente se venden mojados. ¿Y cómo, me dirán ustedes, siendo Turquía país famoso por sus frutos secos no conocen tan exquisitos manjares dignos de la mesa de un Lúculo cualquiera? Pues la verdad es que no tengo ni idea. Aquí consumen grandes cantidades de avellanas, pistachos, cacahuetes y demás, incluidas moras (de morera; o sea, del árbol, no zarzamoras, que no sabemos qué tienen pero están llora que llora), así como pipas de girasol o calabaza, que también mantienen una intensa relación con los cines de verano. Por cierto, con ciertos frutos secos o desecados (mora, ciruela, albaricoque) hacen una especie de plasta que luego se aplasta hasta formar una película de varios milímetros de grosor a la que llaman “pestil” y que está muy rica si con un trocito se envuelve, por ejemplo, una nuez (sin cáscara).

Todo este rollo viene, en el fondo, a las diferencias culturales en el consumo de dichas frutas y frutos y bebidas, refrescantes o calientes, que se derivan de ellas/-os. Un poner, si nosotros consumimos horchata con fruición las tardes de verano, los turcos, en invierno y por la noche, pues dicen que da sueño, toman una guarrería llamada “boza” hecha, en su composición clásica, a partir del mijo (un cereal, pero ¿acaso los cereales no son hasta cierto punto frutos secos? Como no lo sé, pues lo pregunto) y que, según manda la tradición, debe degustarse acompañada de garbanzos tostados (aunque el garbanzo sea una legumbre, los garbanzos tostados son frutos secos). Bueno, al menos también se toman garbanzos tostados en mi tierra. ¡Ah, amigo, pero en Turquía los hay de dos tipos, los blancos y los quemaditos! Pues sí que estamos buenos. En fin, ¿ven a dónde quería llegar? Aunque en todas partes tomamos bebidas extrañas, ni son todas iguales ni las tomamos en las mismas ocasiones.

Imagínense la estampa: nos encontramos en una terracita un día de calor insoportable y se nos acerca un obsequioso camarero: de estar en España le diríamos “Harme ustél favol de traerme una horchata”, mientras que en Turquía le pediríamos un “ayran”, bebida muy refrescante y rica también hecha de yogur con agua y un poquito de sal, para recuperar las sales que hemos perdido con el sudor a pesar que rexona no nos haya abandonado. ¿Podríamos traducir, pues, “horchata” por “ayran” en una novela, por ejemplo? Allá ustedes, yo no lo haría. Cambiemos ahora de escenario: en el corazón del más puro invierno avanzan ustedes contra la ventisca por una desolada avenida porque han tenido que salir a un mandado. ¿Están ya ahí? Pues bien, en España pensarían “¡Qué bien me vendría ahora un chocolatito con churros!”. De estar en Turquía, lo que querrían sería un “salep”, hecho a partir de las raíces de una orquídea que en español, según el DRAE, resulta llamarse también salep. Si se arriesgan pueden tomarlo con una especie de churro turco regado de almíbar llamado “tulumba tatlısı”, pero yo no lo haría porque no hay quien lo baje ni con nata de búfala (lo juro). Por supuesto, en ningún caso me refiero a esa agua de fregar que los anglosajones llaman ostentosamente “hot chocolate” y que aquí también se puede encontrar. En cuanto a cómo traducirlo, vid. supra.

Chocolate y horchata, boza y salep, ¡cuán variopinto y diverso es el mundo en la rica multiplicidad de sus gentes! Y nosotros, traductores, orgullosos puentes entre culturas, todavía incapaces de traducir en su variedad de connotaciones la palabra “chufa”. Hay que fastidiarse.

"Cucha tú la faraona, con el antojo que le ha dado de una horchatita". "¡Claro!, como todavía no se ha inventado el chocolate..."

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Comida, Cultura. Guarda el enlace permanente.

15 respuestas a Cyperus esculentus

  1. julian bluff dijo:

    Hola!

    Yo me acuerdo de Turquía que los calamares fritos te los sirven casi invariablemente con una salsa blanca hecha a base de almendras, También me acuerdo del zumo de cerezas (¿shiraz?) ¡uhmm…! buenísmo, y muy barato, que te vendían en puestecillos ambulantes.

    Me ha gustado mucho el post. Un abrazo!.

    • Como soy muy bueno con la gente que comenta, incluyo los ingredientes de la salsa: miga de pan, nueces (no almendras), aceite y vinagre, un diente de ajo, un poco de agua y de zumo de limón y salpimentar al gusto. Lamento no estar de acuerdo con el zumo de kiraz, me parece bastante vomitivo, pero, para gustos, los colores. Saludos y gracias por pasarse por esta casa, que es la suya.

  2. julian bluff dijo:

    El próximo día que haga en casa calamares fritos, la preparo, a ver que tal. Se me ha olvidado lo del raki. ¡Menudas cogorzas de raki me pillé aquél verano!. Un abrazo (y gracias).

  3. isabelurena dijo:

    Rafael, además de para entrar en calor, ¿sabes para qué dicen los árabes que es bueno el sahlab? (salep) 😀 😀 😀

  4. isabelurena dijo:

    Rafael, ¿y para qué dicen los turcos que es bueno el sahlab (salep)? 😀

  5. Al hacerle leer su entrada a una amiga, quizás en venganza, una amiga va y me dice que y la sobrasada, ¿cómo se explica? He fracasado estrepitosamente. Le cedo el reto a usted, que quizás sepa de algún equivalente o de una buena explicación…
    Ay, qué obsesión… (este blog suyo tiene efectos secundarios, debería haber una advertencia en algún rincón en letra chiquitita).

    • A gente de otros países, no sé. Explicarles a los turcos lo que es la sobrasada resulta relativamente fácil: un embutido para untar (como tantas cosas que tienen para untar aquí) de cerdo. Lo del “de cerdo” evita dar explicaciones extra a los más píos; los menos píos es posible que conozcan el chorizo o algo parecido, así que “chorizo para untar”. Curiosidad: en la pizzería Pidos, cerca de casa, tienen pizza de chorizo supuestamente español (cucha tú, qué curioso).

      • Vale, lección aprendida, la próxima le transmito la pregunta directamente sin devanarme los sesos una semanita, jeje. Aunque la imagen de “chorizo para untar” me da como asquito, pero la sobrasada está bien rica… En fin, al próximo guiri al menos le podré dar una explicación entendible, jeje. ¡Gracias!

  6. Excelente reflexión, yo nunca me hubiera imaginado la colisión neuronal que sufriría si tuviera que traducir horchata o chufa en una novela destinada a un público de una cultura tan diferente, aún más siendo sevillana, donde la horchata solo la vemos de soslayo en las tardes de agosto antes de ir a la piscina a darnos un bañito. La verdad sea dicha, mejor un buen salep, que no se sabe lo que es pero suena muy exótico, que una descripción enciclopédica de una buena horchata, que te da ganas de ir al frigorífico y beberte el primer zumo de tetrabrick que encuentres sin pensar de qué estará hecho.

    Un salduo

    • Es que el nuestro es un oficio muy difícil y muy sacrificado. Con estas cosas siempre me acuerdo de Eduardo Mendoza, que le habían traducido una “mesa camilla” por una “mesilla de noche” (por lo de “camilla”). Por lo menos, no le parecía mal. Saludos.

  7. alicia dijo:

    Cuanto más leo esta entrada más hambre me dá. No sé si son los orejones con nueces o los calamares con salsita. Lo que es la interculturalidad.

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