Chevaliers de la Table Ronde

Lancelot and Hellawes

"Mira, churri, que no es una mesa redonda de las que tú te crees. ¿Por qué no te pones el traje azul?" "¿Y pa eso me he preparao yo tanto?"

Las mesas redondas (usualmente rectangulares) en que participan autores y traductores siempre me provocan un poco de, cómo diría yo, suspicacia, no, prevención, puede. Normalmente las hay de dos tipos. Las clásicas o lógicas en las que se habla de la obra escrita por el autor y traducida por el traductor (evidentemente). Estas mesas suelen organizarse en actos donde gran parte del respetable público acude voluntariamente y está compuesto en un porcentaje notable por miembros de la profesión traductoril, al menos a los que he asistido como espectador. Por ejemplo, en cierta ocasión vino una escritora de España a una mesa redonda con su traductora y asistimos ocho personas (había también un bedel, pero no lo cuento). Si les sumamos las dos de la mesa, diez. Teniendo en cuenta que éramos dos los traductores espectadores y añadimos la traductora-ponente, casi componíamos un tercio  del personal.

En estas mesas se produce un despliegue de elogios y buenas maneras tan meloso que merecería una banda sonora de Julio Iglesias, por lo menos. El autor, que no deja de mencionar que la traducción de sus libros le ha abierto las puertas a nuevas voces y nuevos ámbitos sin olvidar otros mundos que están en éste, se deshace en diversas flores hacia el traductor que le acompaña y recuerda algunos puntos de su libro de especial dificultad, resueltos brillantemente por el otro. El traductor, por su parte, incurre en una inevitable contradicción: por un lado asegura que la brillante prosa del autor es tan deslumbradora que se traduce prácticamente sola y, por otro, afirma sin ruborizarse que una escritura tan innovadora sólo ha podido verterse pobremente a su lengua gracias a ímprobos esfuerzos que, ni de lejos, reflejan la maravilla del original. Impepinablemente, en los ruegos y preguntas el público se interesa por el proceso de creación (el autor se erige en defensor de la traducción como acto creativo; el traductor se ruboriza mientras reconoce que a él le está privado el derecho a reconocerse como creador, categoría sólo digna del autor, maestro de la propia Calíope) y por las relaciones entre autor y traductor (excelentes desde que se conocieron en alguna circunstancia tan divertida y curiosa que arranca las risas de los espectadores). Todos contentos, fotos, libros firmados, etc.

Las otras mesas redondas son las de adorno o de relleno en las que el autor habla de algo, generalmente de su obra, y el traductor de otra cosa, o de lo mismo. Éstas suelen darse durante jornadas y seminarios y, por lo general, a alguno de ellos no estaba previsto invitarle y el público no es, estrictamente hablando, voluntario. Como quien esto suscribe no es autor, sus experiencias vienen más bien por el otro lado. Supongamos un caso hipotético para la primera posibilidad, en la que es el autor quien va de relleno: La ALCESP (Asociación de Lingüística Comparada de Estudiantes de Secundaria de Pozoblanco, que en realidad son los profesores porque a los estudiantes les importa un pimiento la lingüística, comparada o no) prepara su congreso anual e invita al traductor X porque es de allí y sale muy baratito para que hable de su experiencia como mediador entre culturas y de la importancia de las lenguas en el mundo globalizado, etc., etc. El traductor acepta la mar de honrado y empieza a prepararse una ponencia sobre la traducción de Crepúsculo, por si son los mayores, y otra de la de Harry Potter, por si son más pequeños. Mientras tanto, los organizadores se han dado cuenta de que la mesa queda un poco coja (metafóricamente) y que no estaría de más poner también a un escritor. Resulta que los que los niños conocen de oídas (Cervantes y un tal Chéspir), están muertos, y los otros, de los que han visto las películas, piden un caché que supera el presupuesto. ¿Solución? Telefonazo: “Oye, X, que hemos pensado que como eres el traductor del Stephen King, que a lo mejor no le importaría participar si se lo pides tú, que a los chicos les haría mucha ilusión”. Y al traductor no le hace ninguna ponerse a llamar al autor y pedirle el favor de que vaya a hablarle a unos energúmenos por su cara bonita (en este caso del traductor, que es quien pide el favor). Por supuesto, además ahora su participación se reducirá a la de poco más de convidado de piedra, pero, eso sí, por lo menos el presupuesto daba para canapés.

La otra posibilidad es que la misma asociación invite, no sé, al sueco de la friqui… Uy, no, ése se murió, pobrecillo, con lo joven que era. Bueno, a otro sueco. Desde el punto de vista del traductor la sucesión de acontecimientos (timeline en una serie policíaca) es más o menos así: Telefonazo: “Oyes, que habíamos pensado invitar al sueco a que diera una ponencia pero nos parece que la mesa quedaría un poco coja (metafóricamente) sin ti porque gracias a ti podemos leerlo en español con esas magníficas traducciones tuyas que no tienen nada que envidiar al original sino que lo superan en muchos aspectos (aunque yo personalmente no sé sueco)” y más pelotilleo. El traductor se pone el traje y la corbata la tarde del evento, se planta allí y comete el error de preguntar quién va a interpretar al sueco, ya que él va a hablar también. Respuesta: “Pues tú mismo, ¿no?”. El traductor se permite recordar que él no es intérprete, que le da mucha vergüenza y que es un lío tener que interpretarse a sí mismo para que el sueco se entere de algo. Respuesta: “¡Uy! Pues la verdad es que ni se nos había ocurrido porque lo natural, siendo tú su traductor, es que lo hagas tú, ¿no? En fin, vamos a preguntarle a ese niño rubito de ahí a ver si puede hacerlo porque cara de sueco sí que tiene, igual su madre…”. Total, que el traductor, que en el fondo es buena persona, acepta interpretar (malamente, no es lo suyo) al escritor y encima luego tiene que improvisar porque, como ha sido interpretación consecutiva, se han comido prácticamente todo el tiempo asignado y sólo le da para decir que para traducir hay que conocer las lenguas, sí, pero también las culturas. Las preguntas de los ruegos e ídem suelen ir de si es muy difícil escribir o traducir y de si se gana mucho dinero con ello.

Todo esto no significa que no me guste participar en mesas redondas con autores a los que he traducido, todo lo contrario, me lo paso la mar de bien. Pero que no suelen resultar como te habían contado, eso desde luego. La verdad, prefiero estar entre colegas, que ahí hablamos de lo nuestro (de contratos y eso) y luego podemos poner verdes a nuestros autores y todos nos entienden.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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10 respuestas a Chevaliers de la Table Ronde

  1. Reyhan dijo:

    Me parece muy mal que no cuente ud. al bedel señor Carpintero, al fin y al cabo es el organizador de la logística necesaria para suministro adecuado de botellas de agua y asientos, lo cual a veces incluye la no poco ardua tarea de traer unas sillas del cuarto del microondas :D.

  2. dgimirizaldu dijo:

    Eso de las mesas redondas es un mito. No son redondas. De hecho, cuando he ido alguna vez a un sarao de esos, ni siquiera había mesa alguna por ninguna parte. Y, además, no dan de comer ni de beber, sólo hablan. Un fiestón, un planazo.

    • ¡Es verdad! ¡Los poderes públicos nos quieren a todos engañados! ¡Mesas rectangulares, ya! Y canapés de roquefort con nueces (qué le voy a hacer, me gustan mucho). ¿A cuento de qué tanto hablar?

  3. julian bluff dijo:

    O sea (vaya, he empezado esto “on mode” Amudena Grandes o Elvirita Lindo) que cuando uno traduce a un sueco le resulta, luego, casi imposible hacerse el sueco.

    Y bueeeno (sigo en plan literata del foro) ¿qué más decirte?. Mira ¡hala! algo incuestionable, que en nuestro país escribís muchos mejor vosotros, los traductores, que los escritores (y no es coba que lo tengo escrito por ahí en varios sitios). Y eso que…. los nuevos traductores ¡ay, los nuevos!

    Un abrazo!.

    • Ejem, ejem. Gracias por el elogio pero, como todas las generalizaciones, es discutible. Tanto que quizás algún día le dedique una entrada. Gracias por el comentario y otro abrazo de vuelta.

      • julian bluff dijo:

        Tu puedes discutir todo lo que quieras, Rafel. Pero si tuvieras que enfrentarte a la traducción a otra lengua (al turco, por ejemplo) del texto de un/a autor/a español/a actual, seguro que te indiganarías y las pasarías putas para, al final, terminar reescribiendo prácticamente la novela. Vamos a dejarnos de una vez por todas de andar con paños calientes con “sus eminencias”. Y, si no, que espabilen, que ya va siendo hora (o que no publiquen).

  4. Alicia dijo:

    Hola, Rafa, hemos leido tu entrada en calidad de afectados (una estudiante de primaria, uno secundaria, y una madre) y a Gonzalo le ha parecido lo más divertido lo de la lingüística comparada; a Irene le parece que estaba todo muy bien. Y a mí me ha gustado lo de que hagas ds presentaciones, una de Crepúsculo y otra de Harry Potter. Qué dura vida la del conferenciante. Vivan las conferencias en Pozo Blanco.

    • Como pueden ustedes imaginarse, estoy más de acuerdo con Dña. Irene Pando (por eso de que está todo muy bien). Salud y saludos penitentes por aquello de ser Viernes Santo, que estos paganos no conmemoran con una fiesta no lectiva.

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