El escándalo de la crisis

Alcazar Cordoba Roman mosaic 06

Por ejemplo, yo no soy traductor, sino intérprete. Y, como lo hago canela, me llaman "fides interpres".

No se me preocupen porque no voy a hablar de la crisis económica, que parece, parafraseando a Susanita la de Mafalda, que fuéramos la nuera de la crisis, que si la crisis para arriba, que si la crisis para abajo. Voy a hablar (o, más exactamente a escribir) de algo que ha tenido sobre ascuas al mundillo de la traducción estos últimos días aquí en Turquía. El escándalo de la llamada “crisis de la traducción”. Bueno, no ha sido exactamente un escándalo de traducción sino de interpretación o traducción intervocálica oral que podría haber dicho Jakobson. Sí, sí, ya sé que no es lo mismo (es mejor curarse en salud), pero llamémoslo a todo con el simpático nombre de traducción para entendernos, ¿de acuerdo?

Hace unos días el Consejo Superior de Jueces y Fiscales (aquí se ve que van juntos) invitó al  fiscal Felice Casson para que hablara de su experiencia con el asunto de la red Gladio. Claro, se trataba de un tema importante y allí estaban las cámaras de televisión. El problema era que el buen señor es italiano y, por lo tanto, habla italiano, que, a su vez, no es la lengua de Turquía. Se imponía por lo tanto la intervención de un/una/unos/unas mediadores o mediadoras o de ambos sexos juntos pero no revueltos para repetir las palabras en italiano del buen fiscal en el turco correspondiente.

Las imágenes que he podido ver en el vídeo correspondiente no están por orden cronológico, pero yo las reconstruyo más o menos así. En una mesa están el fiscal y dos intérpretes muy jovencitas, una habla, la otra no, la que habla se atasca (mucho) porque no se entera de nada de lo que dice el italiano y consulta con la que no hablaba que a su vez  decide pirarse, la que sigue hablando (eso hay que reconocérselo, genio y figura) se atasca cada vez más hasta que se detiene para pedir disculpas, se bebe un vaso de agua, llora, se disculpa más, el fiscal la aplaude como consuelo y le ofrece otro vasito de agua (agua no faltaba) para que se le pase el disgusto, el personal también aplaude su valor para ver si se pira ella también. Al final el fiscal confiesa que habla francés  y le traen otra intérprete, ésta comme il faut y nunca mejor dicho y todo acaba más o menos bien, excepto para la pobre primera intérprete, que ha dado lugar a que todo perro pichichi se eche unas risas.

Vamos a la polémica. Los organizadores están que trinan porque dicen que habían contratado a una agencia para resolver el asunto de la traducción-interpretación. Los de agencia se disculpan diciendo que la culpa la tienen los jueces y fiscales porque les avisaron de que el buen italiano iba a hablar en italiano (¿?) sólo tres o cuatro días antes del acto. Ítem más, que el cuerpo de intérpretes de italiano de Turquía se compone de ocho (8) unidades en total y que éstos se encontraban en el extranjero haciendo un mandado. Esto es algo que me cuesta creer porque yo mismo conozco a más de un traductor de italiano (no  sé si intérprete, pero sí capaz de interpretar al fiscal); además en Turquía funciona un buen montón de empresas italianas que de alguna manera se tienen que entender con sus colegas locales (o quizás recurran siempre a los mismos ocho magníficos); y hay colegios italianos, por lo menos uno, que tendrán profesores y tal; y… En suma, que no sé cuántos intérpretes habrá con carnet o título o permiso o lo que sea, pero seguro que hay un cierto número que lo habría hecho mejor.

O sea, que estamos otra vez a vueltas con agencias más o menos filibusteras que se dicen “vamos a sacar unos duros”, se buscan unas estudiantes de filología italiana (eso eran nuestras dos amigas), les dicen que va a ser una charla informal entre unos amigotes cuando ellas expresan algunas dudas sobre su capacidad, las convencen, ponen la mano (o la gorra, no sé) y a escupir a la calle. Por supuesto, no sólo se cabrearon con la agencia jueces y fiscales, sino que también pusieron el grito en el cielo las organizaciones de traductores e intérpretes. Las críticas han ido más o menos en dos direcciones: 1) Hay que ver cómo es la gente que se cree que esto de interpretar es un pitorreo y que cualquiera lo puede hacer (bien, mal sí que lo puede hacer cualquiera como se puede ver por el grabado adjunto). Y, como consecuencia de lo anterior, 2) Esto demuestra la explotación a la que están sometidos los intérpretes (y traductores) por parte de las agencias, dispuestas siempre a no pagar una justa remuneración y a reventar los precios contratando al primero que pase por la calle (una calle cualquiera).

Por supuesto, no hay nada que objetar a estas críticas porque son verdades como puños. Sin embargo hay algo que me llamó la atención y que hasta ahora sólo ha comentado mi amiga Betül (que, por cierto, es licenciada en filología italiana y ahora profesora de traducción de inglés después de hacerse un máster en fenomenología porque la vida da muchas vueltas) y se trata de la actitud de las intérpretes. No me resisto a transcribir (traducidas) algunas de las explicaciones que dio la del berrinche:

Se nos dijo que sería en un ambiente de charla y muy simple porque, antes de aceptar, les explicamos (a la agencia) que no sabíamos de derecho. Pero nos llamaban continuamente insistiendo en que podríamos hacerlo […]. No se nos avisó de que era un simposio, ni de la seriedad del asunto, ni de la presencia de las cámaras y nosotras pensamos que se trataría de un trabajo normal de traducción, porque, si no, no habríamos aceptado algo tan serio cuando incluso intérpretes jurados lo estaban rechazando. […] Si ustedes creen que lo harían mejor, adelante, atrévanse y nos reiremos todavía más.

Por cierto, el subrayado es mío, que siempre hace ilusión decir eso. Soy consciente también de que esto son sólo parte de sus declaraciones y una parte interesada, además. Lo primero que me sorprende es que unas estudiantes de filología (tengan en cuenta que en italiano, como en español, empiezan de cero) tengan el valor de aceptar un trabajo de intérprete por mucho que insistan los de la agencia. Y aquí hay algo que mosquea: ¿Por qué tenían los de la agencia sus teléfonos? Se ve que no era la primera vez que lo hacían. O era que sólo se dedicaban a “trabajos normales”. Por cierto, ¿en qué consiste un trabajo “normal”? Por otra parte, siendo fiscal el italiano y sus anfitriones jueces y fiscales, ¿de qué esperaban que hablaran? Incluso aunque se fueran a un bar, cuando se les acabaran los temas del fútbol y del tiempo, es de esperar que algo se dijeran de leyes, por mucho que tengan sangre de reyes/ en la palma de la mano. En tercer lugar, no sé por qué un intérprete jurado (ésa era la denominación oficial, aunque fueran traductores, a lo mejor del latín interpres -etis) lo haría mejor que otro sólo prometido, porque no tiene nada que ver. El último lugar lo ocupa, por supuesto, la chulería. Y aquí no tiene razón nuestra esforzada intérprete porque no se trata de que yo lo pueda hacer mejor o no, es que ella lo ha hecho mal. Por ejemplo, yo no sé cocinar, pero soy capaz de juzgar cuando algunos platillos están mal hechos, no todos, sin embargo, porque si fuera a Bután, por ejemplo, no sabría si la comida está bien hecha.

Y eso es lo que venía a decir mi amiga Betül. Que los de la agencia son unos chorizos está fuera de toda duda. No obstante, hay que tener valor para aceptar un trabajo a ciegas sin tener una cierta preparación. Y, encima, seguro que cobrando cuatro duros, lo que, hasta cierto punto, te convierte en aliado del capital y enemigo de la clase obrera o, cuando menos, en tonto útil. Alguna culpa en todo esto tendrán las intérpretes, digo yo.

Como colofón, un artículo de mi admirado Sergio Viaggio sobre el asunto, ahora referido a España, pero donde también habla de que no es lo mismo traducir que interpretar.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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15 respuestas a El escándalo de la crisis

  1. azoteortografico dijo:

    Plas, plas, plas, plas, plas. Si es que no puedo hacer otra cosa que aplaudir. Lo primero, porque la actuación de las intérpretes es digna de un Emmy a la mejor comedia (yo me quedo con la que se pira al más puro estilo Schettino); lo segundo, porque hay que tener muy pocas luces no ya para aceptar un trabajo de esas características, sino para creerse la milonga (o figurársela, en su defecto) de que entre jueces y fiscales a lo mejor van a hablar del tiempo.

    Yo he aprendido recientemente (por las malas, como suele suceder en estos casos) que no hay que abarcar más de lo que uno alcanza a apretar. Supongo que la lección que deben extraer estas dos criaturas es esa misma, o bien la de «zapatero, a tus zapatos». En mi caso, como filóloga que soy, siempre he tenido claro que puedo llegar a traducir de una manera más o menos solvente; sin embargo, ni dispongo de formación ni de bagaje de ningún tipo en interpretación como para poder resolver la papeleta de verme en esas. Así que ni se me pasa por la cabeza.

    Espero que les sirva de lección a ambas, y a quienes puedan aprender algo de lo que les ha pasado.

    Un saludo,

    Rocío.

    P. D. Sí, soy cordobesa (de loh pieh a la cabesa); aunque nacida en Madrid y con múltiples vínculos familiares y personales con la capital del reino, Córdoba es donde me he criado. Podría decirse que soy algo así como una «gatosiesa». Ahora vivo en el exilio relativo (en la playa de Córdoba; o sea, Málaga).

    • Lo de “gatosiesa” es muy explícito, pero me temo que difícil de traducir. No es muy intención criticar en exceso la audacia de las intérpretes (¡Juventud, divino tesoro!), pero hay que tenerlos cuadrados (dicho obsceno y grosero que jamás he entendido: ¿Por qué cuadrados?). Salud.

  2. Reyhan dijo:

    Es la cultura del “todo vale”, que hace estragos en las profesiones de letras, y que a pesar de mucho dicho castellano del tipo “Tío Liendres que de todo hablas y de nada entiendes” no nos aplicamoos el cuento y al final se nos toma como el pito del sereno. El resultado: dos chicas que no saben italiano van allí de intérpretes y Pío Moa escribe libros de historia (por ejemplo).

    • Vaya, no tenía el gusto de conocer a ese señor, y me parece que voy a pasar. Lo de la cultura del “todo vale” (¿Cuánto, por cierto?) en este caso se ve agravada por la idea general de que si chapurreas algo, eres perfectamente capaz de interpretar. Es decir, ¿que diferencia hay entre una charla de ascensor y una conferencia sobre neutrinos? Si te entiendes para preguntar por el metro ya está. Que lo hagas mejor o peor es otro asunto. Lo malo de esta gente y de quienes los contratan es sólo sirven para desprestigiar la profesión para ahorrarse unas pesetas, a lo mejor es lo que pretenden.

  3. Abu Ilyás dijo:

    A mí me sucedió algo parecido hace poco: un ex alumno de Traducción e Interpretación que apenas ha cursado 300 horas lectivas de árabe como “lengua C” me pide que le revise una traducción que le han encargado, del español al árabe y, cómo no, plagada de errores.

    “Alguna culpa”, en efecto, han de tener quienes aceptan estos encargos y, por supuesto, las agencias que los hacen, pero también, creo, esa “calamitosa preparación” de la que habla Viaggio, porque no se trata aquí de los siempre denostados intérpretes naturales, sin formación, sino de especialistas en ciernes que, en teoría, la están recibiendo (traductológica, valga el palabro, y lingüística, pero también supuestamente deontológica).

    Quien estudia engañado no es de extrañar que, tarde o temprano, ejerza engañando.

    • No cabe sino estar totalmente de acuerdo con tan sabias palabras. Me gustaría aprovechar esta oportunidad que se me ofrece para recomendar vivamente a mi respetable público la última entrada del blog anís del moro sobre la enseñanza del árabe y el marco común europeo de las lenguas. Uno fue/ha sido arabista de formación y sabe bien de qué va el paño. ¿Por qué hay que hacer excepciones con todo? No, es que el árabe/turco/finés/zulú es especial… ¿Por qué?

      • Abu Ilyás dijo:

        Gracias por la reseña, Rafael Bey. Muchas, la mayoría de las entradas de Anís del moro están dedicadas, precisamente, a intentar dar respuesta a esa pregunta o a ilustrar, al menos, por qué es conveniente hacérsela.

        Yeniden çok teşekkür ederim (es que años después de haber estudiado algo de turco por mi cuenta lo he retomado hace poco —pero con profesor— y ando como niño con zapatos nuevos).

        • La pregunta venía porque aquí pasa tres cuartos de lo mismo, sobre todo en las relaciones con la UE. Me hace mucha gracia (por decir algo) porque la ecuación es más o menos así: 1) Los europeos occidentales y los estadounidenses se han creado una imagen falsa y monolítica de nosotros, que somos muy diversos. 2) Nosotros no somos igual que ellos y deberían tener en cuenta nuestras peculiaridades. Lo malo de esta forma de pensar es que se asume que un español es igual que un danés y un lituano que un francés (o, ya puestos, que gallegos y andaluces somos iguales) y que cualquier norma unificadora debería considerar las particularidades de egipcios o turcos pero no las de los luxemburgueses, por ejemplo. Y digo yo, ¿no vendrá uniforme de “una (única) forma”?
          Me alegra sobremanera que haya gente estudiando turco a pesar de que ciertas instituciones me provocan un poco de prevención. Hacen falta muchos traductores turco-español y no sólo de literatura. Salud y que los zapatos nuevos no provoquen rozaduras.

  4. Muy buena reflexión. Es cierto que no conviene cebarse con las estudiantes (si ha sido algo tan sonado todavía estarán muriéndose de vergüenza), pero si de algo bueno ha servido su mala actuación ha sido para hacer ver al mundo que interpretar no es moco de pavo (siempre me ha hecho gracia esa expresión) y a las agencias que intentan aprovecharse de ese tipo de personas que ese “chollo” del que estaban viviendo va a tener que acabar

    • Es decir, que no sólo no es moco de pavo, sino que no hay que pretender pagarla como si fuera el chocolate del loro (a mí me hace gracia ésta). Aclaración necesaria: no me da la gana no acentuar los pronombres demostrativos aunque esté en peligro de muerte si he de comulgar.

  5. Tamara dijo:

    Los propios traductores e intérpretes somos quienes debemos luchar contra esta infravaloración y falta de reconocimiento de nuestro trabajo… Por lo menos, en este caso, han recurrido a una persona que está estudiando una carrera relacionada con los idiomas, porque otras veces no se corre la misma suerte.

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