No todos aman a Petete

San Jerónimo leyendo una carta

Esto de ser el santo de los traductores es un rollo. Otro que se me queja de que le ha tocado traducir un libro muy gordo.

No sé por qué, siempre tiene uno bienintencionados amigos que le hacen el siguiente comentario: “Vaya libros más puro que traduces, ¿no?”. En ocasiones, en lugar de un “¿no?” cuasi retórico es un cómplice “¿eh?”, y en otras la versión empieza por un “Me han dicho que los libros que traduces…”, lo cual identifica claramente al amigo en cuestión como a un no-lector de los libros que has traducido y tampoco hace falta que lo sea (lector, para ser amigo; de hecho, sospecho que un alto porcentaje de mis amigos y conocidos no se leen ni las instrucciones del DVD, cosa que, por otra parte, no parece leerse nadie, etc., etc.).

La respuesta es obvia o evidente: “Estimadísimo amigo del alma, ¿acaso no eres consciente de que no los he escrito yo? ¿Que me limito a transcribir lo que ha escrito otra persona, probablemente bastante pesada y cuyos chistes no tienen demasiada gracia?”. Sin embargo, siempre te mirarán con suspicacia, como si fuera absolutamente imposible que no hayas tenido mano en la publicación del libro en cuestión. ¿Acaso no lo has traducido? Pues será porque te gusta. Al traductor, por supuesto, le entran ganas de contestarle al amigo un par de cosas:

Cosa Nº 1: Oye, mira, yo soy un mandao. Ya me gustaría a mí traducir libros entretenidos como, pongamos por caso, los de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía.

Cosa Nº 2 (del par): ¿Y a ti te gustan los contratos de compra-venta que redactas? Porque haces unos pocos, tú.

Pero se da cuenta de que, aparte de maleducadas, las respuestas no tienen mucho que ver con una afirmación en esencia cierta: los libros que traduce son bastante plomo. Así que el traductor hace examen de conciencia y llega a algunas conclusiones:

-Es verdad que los libros que traduce son una miaja raros. No cabe la menor duda de que no responden al esquema planteamiento-nudo-desenlace, o sota-caballo-rey, o sujeto-verbo-predicado. Además el traductor recuerda que el verbo es el núcleo del predicado y que lo último que acaba de decir-escribir es una tontería falácica.

-Los libros que traduce son generalmente gordos. Eso implica que tienen muchas páginas y, por lo tanto, muchas letras, con lo que son difíciles de terminar en un viaje Madrid-Toledo, por ejemplo. Esto es bastante molesto, porque si te duermes a la mitad (y es imposible no hacerlo si el tiempo de la lectura –véase Todorov, que Mateo Cardona andaba traduciendo– supera las dieciséis horas o así) luego tienes que acordarte de lo que pasaba y los libros no tienen ese previously tan útil de las series de televisión.

Pero, además, en el traductor se produce un efecto totalmente aberrante fruto de la deformación profesional. Vamos a ver, una persona normal, cuando se lee un libro muy gordo, pongamos del Ken Follett o del Harry Potter tiene la tendencia a saltarse párrafos (especialmente descriptivos) o incluso páginas (si son de batallas de Canción de hielo y fuego). Es una reacción natural demostrada por unos estudios de alguna universidad norteamericana, no tienen más que buscar en internet y seguro que encuentran algunos (y también otros sobre cómo el cultivo de champiñones influye en el deshielo de los Polos). Pues bueno, el traductor, por aquello de su oficio, no puede saltarse lo aburrido. Ojo, no estoy afirmando que no lo haga ninguno porque ha habido más de uno que sí lo hacía (sobre todo antiguos y ya fallecidos, así que nadie se ofenda), pero la mayoría de los traductores se leen el libro enterito, de pe a pa, y encima lo escriben en otro idioma distinto al del original y que suele ser el suyo.

Como el traductor se lee el libro enterito, llega a cobrarle cierto afecto (también porque cobra el cheque correspondiente) porque han sido muchos meses de compañía mutua, no olviden que hablamos de libros gordos, y a todo se acostumbra uno. Por supuesto, es un poco como cobrarle afecto a la cabra con la que se está atravesando el desierto del Sahara o el Gobi, pero a cualquier ente podemos encontrarle virtudes si no nos queda más remedio.

Como le ha cobrado cierto afecto, el traductor se ve impelido a defender el libro. La verdad es que esto sí que es absurdo. ¿Quién mejor que el traductor puede comprender que lo que ha traducido es un aburrimiento digno de tortura china en ambos sentidos (es decir, leerlo es una tortura china y al autor deberían someterle a la misma por haberlo escrito)? Pero así es la condición humana: ya puede ser el equipo de mi tierra un petardo absoluto que nadie tiene derecho a meterse con él.

Como el traductor tiende a defender el libro, el personal piensa que él tiene la culpa de su plumbez o, en el mejor de los casos, que le gusta y lo ha traducido por gusto. Y aquí nos topamos con el quid de la cuestión: los gustos. Seguro que hay lectores masoquistas a los que el libro en cuestión les gusta. Todo hay que decirlo, probablemente tampoco de eso tiene la culpa el traductor. Pero lo que está claro es que una amplia mayoría de la población no sería capaz de leerlo, aparte de por el riesgo de esguince de muñeca que todo tocho conlleva. Bien, ¿me pueden decir qué pinta el pobre traductor en todo esto? Si a mí me gustan los bocadillos de calamares con mayonesa y a Blair la de Gossip Girl la horrorizan, ¿qué tiene que ver el cocinero?

“Vaya libros más plomo que traduces, ¿no?”. “Pues, mira, sí, tanto que deberían darme una medalla al valor”.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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13 respuestas a No todos aman a Petete

  1. Sole dijo:

    Es verdad. Yo he sido testigo de algunos de esos comentarios y me he quedado alucinada de cómo la gente se queda tan contenta con su “sinceridad”, cuando no es más que mala educación. Es para contestarles: “¡Seguro que en tu oficina se parten siempre de la risa contigo!”. Además, dejan en evidencia cómo no han leído los libros que has traducido. Son muchos y muy diversos, si algunos no son su estilo, lo serán otros. Eso siempre que lean algo más que las revistas de la peluquería. ¡Venga ya, hombre!

  2. Mateo Cardona Vallejo dijo:

    Gracias por la mención al “alguien”, ilustre colega y maestro. Todorov ya pertenece al pasado: ha ido a engrosar la lista de pendientes de Petete, pues con sus apenas 338 páginas sólo clasifica a artículo del Libro gordo. Pero sí: entre el traductor y sus dos obras (la que lee e interpreta, y la que entrega) se da una suerte de síndrome de Estocolmo, que si no me equivoco es el afecto que se engendra en el cautivo por su captor, por fuerza del tiempo y la costumbre. Si yo hubiera traducido siquiera la mitad de los libros que el Carpintero Traductor tiene en su haber, tendría que batirme a duelo con media humanidad o recurrir a la capa de invisibilidad del Harry Potter citado (y que es idealización de nuestro oficio) para eludir responsabilidades. Que las asuma San Jerónimo… ¡Y encima recibimos tratamiento de mercenarios, faltaba más! Todo lo mejor: un abrazo enorme desde una Colombia intraducible.

    • Vaya, no encontraba el comentario donde se hablaba de la traducción de Todorov. “Alguien” cambiado por nombre y apellido por aquello de combatir la invisibilidad. Tampoco el Carpintero Traductor ha traducido mucho. De hecho, es un traductor bastante lento y poco prolífico comparado con otros. Saludos desde la otra punta.

  3. Maria dijo:

    Me suena a síndrome de Estocolmo…
    Tiempo ha trabajé mucho de lectora para editoriales y en un momento dado me tocó leer 16 (die-ci-séis) libros de Corín Tellado seguidos. Y al final casi eran simpáticos. Aquellas chicas ingenuas que no veían que el amor estaba delante de sus narices.
    La verdad, ahora que traduzco y no puedo saltarme ni una coma, a veces echo de menos la “lectura en diagonal” de mi época de lectora…

  4. azoteortografico dijo:

    Yo también venía a apuntar lo del síndrome de Estocolmo. Supongo que es como todo: el roce hace el cariño, y con los textos también pasa. Yo he traducido verdaderos mamotretos infumables que, sin embargo, han acabado hasta por gustarme (me di cuenta de mi extraña inclinación y dotes por la traducción financiera, cosa harto curiosa porque soy lo más torpe que ha parido madre para todo lo que tenga que ver con las finanzas, a raíz de una traducción más o menos larga).

    De todos modos, con respecto a la opinión de amigos y conocidos, yo me rijo por lo que cantaba Mecano: «Y lo que digan los demás está de más».

    Un saludo, paisano en el exilio.

  5. MJ dijo:

    Para mí ese tipo de “comentarios” son como las preguntas del tipo “¿Y todavía no tienes novio/a?”, “¿Y cuándo vais a casaros?” o “¿Cuándo vais a tener niños?”. La gente no se da cuenta de lo grosera que puede ser (aparte de meticona en la vida de los demás).
    ¿Y qué pasa si los libros que uno traduce son rollos o no? ¿Alguien les ha obligado a leérselos? Yo, que sí los leo (no “obligada”, pero casi), soy la primera que los critico, pero no se lo echo en cara al que los traduce. Si uno pudiera elegir siempre en su vida hacer sólo lo que le gusta seríamos felices por siempre jamás (en teoría, al menos, que el personal es muy masoquista). Pero desgraciadamente, no es así. Los traductores son, simplemente, un ejemplo más.
    No sé por qué tengo la sensación de que siempre habría algún comentario malsonante, fuera lo que fuera que se tradujese…

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