La mesa de la editora (Ubi est Loli?)

Jean Béraud La Lettre

A ver si me deja tranquila el pelmazo éste que, si no, me van a dar las uvas con las galeradas

Tras el descubrimiento de mi diario en un contenedor de basura y su posterior publicación, muchos de los millones de lectores que prestaron atención a mis cuitas me han escrito preguntándome por Loli, la editora de mesa (de libros y no mesas) que aparecía mencionada. En mi afán de satisfacer a mis lectores, llevé a cabo ciertas pesquisas y hoy me dispongo a ofrecerles los resultados. Sin embargo, me veo obligado a hacer unas precisiones previas (pre-pre, cómo se nota que ya no trabajo con Loli): a) casi siempre he trabajado con editoras, por lo que no ha lugar a la disputa sobre el sexo del género gramatical ya que me sale el femenino como el masculino en “futbolista”; b) siento los más profundos respeto (masculino) y admiración (femenino, ¿qué hacer?) por el trabajo de las editoras de mesa y me suelo llevar bien con ellas o eso espero; c) tampoco debemos olvidar a los correctores (aquí me sale el masculino) porque, como me suelo comunicar electrónicamente con las editoras, para mí van en el mismo paquete. Desde aquí quiero mandarles un beso muy fuerte a todas mis editoras (de mesa) y a mis correctores, así como a mi familia y amigos (ya puestos…). De paso, le quiero dedicar esta canción a Loli porque expresa muy bien nuestra mutua relación así como la de ambos con la editora (de sillón) Rottenmeier.

Después de su despido-permiso de maternidad, Loli se reincorporó con gran ilusión a la editorial Sabandija. Por fin ha logrado dejar atrás su contrato de prácticas-aprendizaje y es ahora la empresa quien le paga un sueldo en lugar de ser ella quien aflojara la panoja en concepto de gastos de formación. Con su habitual ánimo emprendedor, se ha sabido rodear de un gran equipo de colaboradores, de entre quienes cabe mencionar a dos correctores magníficos: Paqui, que corrige manuscritos entre los cafés del desayuno y las cañas del aperitivo en el bar que le proporciona el sustento (en forma de comida), y Pepito, que lo hace a la hora del bocadillo en la obra siempre y cuando no le vea el capataz polaco.

En la actualidad Loli está editando varios libros: cinco novelas, tres de autoayuda, dos de iniciación a la pintura al óleo, cinco cuentos infantiles de terror, siete cuadernillos de problemas de matemáticas y una serie de guías de pueblos medievales de los Balcanes. Asimismo, Rottenmeier la ha nombrado directora de nuevas tecnologías de la empresa, lo que significa que se encarga de revisar el paso al formato electrónico de todo el catálogo de la empresa, empezando por su serie de clásicos del sánscrito. Este trabajo le provoca no pocas desazones porque los de informática, en su sano deseo de crear una interfaz intuitiva y amable, a veces se olvidan de que los libros también tienen párrafos, frases, palabras y letras, que son sustituidas por simpáticos emoticonos o arcanos símbolos que Loli, impasible, corrige, como le pasó con aquel verso de Garcilaso que en su versión electrónica rezaba: “El dulce lamen tarde dos pastores”.

No es raro verla sosteniendo una enorme pila de galeradas en el autobús armada con diversos lápices y bolígrafos mientras trata de mantener el equilibrio agarrándose a la barra (¿alguna vez se han parado a pensar que la frase “agárrense con fuerza al pasamanos” es un endecasílabo heroico?). O en el bar, entrevistándose con la correctora Paqui, mientras saborea la tapa de chorizo del almuerzo.

Pero el trabajo de Loli no sólo consiste en esto, llamémoslo así, de la edición “clásica”. También, como si de una madre solícita, que lo es, se tratara, presta atención a los comentarios constructivos de los autores (“Pero, ¿quién se ha creído usted que es, señorita Loli? No cambio ni una coma porque no me sale de ahí mismo. Póngame con Rottenmeier, que se va a enterar”) y a las peticiones, tanto de consagrados veteranos (“Oyes, que te he mandado el manuscrito en unos cuadernos de ésos con alambrillo y quería avisarte de que tienen algunos manchones porque, como siempre escribo con pluma de ave, en concreto de codorniz… Ya, el problema es que no los he numerado, ordénalos tú.”) como de jóvenes promesas de la literatura patria (“Colegui, que te he mandado el archivo con la novela en un html para Linux con un cifrado AES de 256 bits para que nadie me lo plagie. Bueno, la contraseña se me olvidó, pero seguro que tú la encuentras”). También trata con los traductores consolándoles en sus momentos de duda (“Te llamo porque me parece que he metido la pata y en lugar de ‘Ser o no ser’ es ‘Existir o no existir’. Ah, que ya está en la imprenta, pues bueno”), soledad (“Oye, que le he estado dando vueltas y me parece que en la página 436, donde dice ‘No estoy de acuerdo, John’, debería decir ‘Eso no me lo dices en la calle, Sean’ porque el dialecto de Gales del Sur, bla, bla, bla…”) y desesperación (“Pues como no pueda poner una nota al pie, no sé yo si se va a enterar nadie. Sí, sí ya sé que es una novela destinada al gran público, pero…”). También se ocupa de las preocupaciones mefísicas de ambos gremios (“¿Y el contrato?”, “¿Y la transferencia?”, “¿Y los ejemplares justificativos?”, “¿Y la certificación de la tirada?” -esto último es un chiste para connoisseurs-, “Pero, ¿cómo pretendéis que trabaje con estos plazos/royalties/forfaits por cesiones/etc.”). Como además es la encargada de relaciones públicas (la de verdad, el teórico relaciones públicas de la empresa es un sobrino de Rottenmeier que se pasa el día en el bar intentando ligarse a Paqui la correctora), también acompaña a los colegios en sus visitas a la editorial dentro del programa educativo “Ni un día sin Sabandija”.

Cuando regresa a casa tras una jornada laboral muy formativa, aprovecha que tiene que darle el pecho a su hija Vanessa para leerse los manuscritos inéditos que los amantes de las bellas letras le envían animosos a una media de treinta y ocho por día. Después repasa las innumerables circulares que le envía Rottenmeier mientras le prepara a su marido una tortilla de escabeche (porque ha estado acompañando al relaciones públicas y no está como para andar cerca de fogones encendidos, por mucho que se empeñe).

Pasada la medianoche, cuando la niña se ha quedado dormida con su chupete y el marido delante del programa de fútbol correspondiente, llega el momento más satisfactorio del día de Loli. Se desliza silenciosamente en el dormitorio, abre un cajón secreto del armario, saca un antifaz y un uniforme de cuero negro que se le adapta al cuerpo como una segunda piel, abre la ventana y se lanza desplegando sus alas al cielo de la ciudad. Quienes ven su airosa silueta recortándose contra la luz de la luna se preguntan: “¿Es un murciélago? ¿Es un helicóptero?” Y se responden: “No, ¡es supereditora (de mesa)!”.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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13 respuestas a La mesa de la editora (Ubi est Loli?)

  1. Qué bonito fin del cuento. Sí, Loli es, sin duda, una supermujer. Imagino que, a pesar de hacer todo ese trabajo, como es mujer, cobrará un 25 % menos que el Relaciones Públicas que se quiere ligar a la Paqui, ¿no?

  2. dgimirizaldu dijo:

    Después de tanta tribulación, resulta que Loli tiene un amante nocturno. Era un final previsible. 😛

    • No es exactamente un amante, sino que ama a todos aquellos que luchan contra la injusticia y contra los que sirven los churros fríos.

      • Deberías, querido Rafael, escribir una crónica (estilo -propongo- José Luis López Vázquez en la época de las películas de suecas en Benidorm) de la edición España a principios del s. XXI. Tienes buena mano. Como me imagino que ninguna editorial querría publicartelo, si te animas a hacerlo, te prometo que te lo publico yo en Ediciones Co. Do. Co.
        Enhorabuena. Me he reído mucho.
        La sargento Margaret

        • Gracias, pero me siento más como Alfredo Landa en esa obra maestra del séptimo arte titulada Vente a Alemania, Pepe. Eso sí, si me proponen hacer un guión los del Hollywood, me lo pensaría. Mi sueño siempre ha sido recibir un Óscar (me gusta con acento).

      • dgimirizaldu dijo:

        Lo de los churros fríos sí que no me lo esperaba. Ardo en deseos de leer la próxima entrega. 🙂

  3. Mateo Cardona Vallejo dijo:

    Me has hecho reír muchísimo. Voy por mi tortilla de escabeche en cuanto acabe el partido y prometo lavar mi plato… ¡Gracias por todo!

    • Gracias a usted por leerlo. En cuanto al plato, como dice mi hermana: “La limpieza en la persona, muchos bienes proporciona” (utilísimo refrán puesto que como riman “persona” y “proporciona”, lo otro se puede cambiar por lo que quiera, por ejemplo, “estudio” o “morcilla”).

  4. Silvia dijo:

    ¿Qué puedo decir? ¡Soy superfan! 😀
    ¿Habrá segunda parte que nos desvele quién es el archienemigo de Supereditora?
    Silvia

  5. cincosiglosAntonio dijo:

    ¿Y si aciertan quienes dicen que Loli, el otro tipo de editor y el traductor acabarán siendo una y la misma persona?

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