Pata negra

¡Ay, qué guapos que son para su madre aunque no sean ibéricos!

Desde un principio la intención primordial de este blog ha sido la de servir de herramienta didáctica porque somos conscientes de que nuestra misión ha sido y es enseñar al que no sabe. En ocasiones, este espíritu ilustrado nos ha llevado a evitar cuestiones que podrían considerarse polémicas, pero no queremos que se confunda la pedagogía con la cobardía, no señor, y, en consecuencia, vamos a tratar un tema espinoso que da bastante de sí en los llamados “foros” de “internet”. Puede resumirse en las siguientes preguntas: “¿Existe un español o castellano standard?” Y, en caso de que la respuesta sea negativa, “¿A qué español o castellano habría que traducir las obras originalmente escritas en otras lenguas o idiomas?”.

A lo largo de nuestras extensas investigaciones (sic) hemos podido detectar un cierto malestar entre los habitantes lectores de Hispanoamérica, Iberoamérica (incluye Brasil) o  Latinoamérica (incluye la Guayana Francesa, habida cuenta de que México o Méjico en la actualidad no está gobernado por una dinastía francesa) por el uso excesivo de una terminología demasiado española de España o castellana de Castilla que deja de lado usos y costumbres de otras partes del orbe hispano-ibero-latino. A pesar de que no entendemos demasiado bien qué carajo les importa los motivos de brasileños o francoguayaneses, los de nuestros hermanos de América son bien conocidos: el español peninsular les resulta un tanto ajeno, algo que no debería resultar extraño teniendo en cuenta que ellos no nacieron en la Península Ibérica. Y del nombre de la Península se deriva el adjetivo que en ocasiones hemos observado que se aplica al vocabulario empleado en ella: “iberismos”. De ahí que le hayamos dado a esta entrada ese título que se podría calificar, si usamos un epíteto en boga estos días, de “divertido”.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, no lo olvidemos, la máxima autoridad en materia de vocabulario, cuyas decisiones tienen carácter de ley inviolable con posibles penas de cárcel, nos dice que “jamón de pata negra” es el “jamón de cerdo ibérico, de pezuña negra”. Por lo tanto, si se nos permite el chiste ursulino, los “iberismos” serían de “pata negra”. Al parecer, a nuestros hermanos de allende los mares (ultramarinos) les disgusta percibir cierto aroma peninsular en las traducciones. ¿Sólo en las traducciones? Sí señor, o es de suponer que no les parezca mal que, por ejemplo, Miguel Delibes escribiera en castellano de Castilla. Nadie se atreve a meterse con los autores consagrados (con-sagrados). En las traducciones, en cambio, se pretende, se busca, se prefiere, el llamado “estándar” cuya base parece consistir en evitar cuidadosamente las palabras “pitillo” y “coño”. A este respecto, permítasenos una curiosa anécdota: a la mujer/esposa del abuelo de este Carpintero Traductor, gallega que vivió muchos años en Venezuela y que no era en realidad la abuela de quien esto suscribe pero mejor será que no entremos en cuestiones personales,  le parecía muy feo que su marido/esposo usara la castiza interjección “¡Coño!”, que empleaba bastante a menudo, puesto que, en su opinión de ella, resultaba mucho más elegante la expresión venezolana “¡Carajo!”. A este ibero abajofirmante si hubiera que hacerlo, ambas le resultan igual de expresivas, aunque quizás más la segunda por ser menos usual en su tierra y ser el primero una referencia al órgano sexual femenino y el segundo al masculino según la Real Academia. Según la Academia, porque en mi tierra el membrum virilis recibe otro simpático nombre, una muestra más de la diversidad de las hablas locales.

Cabría preguntarse si no se trata de una generalización excesiva llamar a todo eso iberismos, cuando, con más propiedad, son localismos. Sin ir más lejos, cuando nosotros, en nuestro rico dialecto ibero-cordobés utilizamos palabras como “pegolete”, “fartusco”, “chuchurrío” o “saquito”, además de otras que el pudor más básico me impide mencionar, no esperamos que un vallisoletano las entienda aunque seamos ciudadanos del mismo país, pero distinta comunidad autónoma, eso sí. Por lo tanto, tampoco tiene nada de extraño que a nosotros, españoles, nos resulte muy enriquecedor desde el punto de vista léxico, oír a la vecina argentina de mi hermana contar cómo los padres españoles de un niño ídem pusieron cierta cara de espanto cuando les dijo que tendría que ponerle una inyección en “la colita”. Un localismo que pudimos agregar alegremente a nuestro vocabulario pero que malinterpretamos en un primer momento.

¿Existe, pues, un castellano o español “estándar”? Hemos podido observar que entendemos sin mayor dificultad a Borges, aunque nos sorprenda que diga “fierro”, pero no tanto a Bioy Casares, de lo que cabe deducir que el primero utilizaba una variante más, digamos, amplia que el segundo. En cuanto a versos clásicos como “Sola, fané y descangallada”, hemos de confesar que sólo entendemos el primer adjetivo, muestra de nuestra pobreza léxica. ¿Existe, sí o no? Parece que sí.  Entonces, ¿por qué los traductores españoles se empeñan en usar una lengua trufada de iberismos, coño, tío? Al contrario que otros tipos de escritura, el género llamado “literario” usa un lenguaje que en ocasiones recurre a los localismos. Mientras que eso es algo inexplicablemente excusable en un original, resulta intolerable en una traducción. Supongamos que los habitantes del planeta Mongo hablaran un dialecto del inglés mientras que Flash Gordon habla inglés estándar de Manchester. Supongamos que un traductor inconsciente traduce (correctamente) el inglés del héroe con un castellano estándar y el de los secuaces y esbirros del malvado Ming y del propio Ming por un dialecto cualquiera, digamos cordobés. ¿Sería de extrañar nuestra indignación al vernos identificados lingüísticamente con tan poco recomendables individuos?

En ese caso, deberíamos comprender que a los bonaerenses o mejicanos (del Distrito Federal) les disguste que un ruso de Chéjov se exprese en dialecto matritense. Bien es cierto que a todos nos sorprende que los rusos malvados de los filmes norteamericanos hablen con acento ruso incluso cuando se supone que están hablando en ruso (puesto que en el universo de la ficción están hablando en realidad en inglés o, si se trata de un doblaje, en español), pero eso es harina de otro costal. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Pero, ¿y si el ruso en cuestión o ambos es o son un miembro del hampa o del lumpen? ¿Cómo traducir sus graciosos giros si, por necesidad, aunque no sepamos cuál, ese tipo de jergas siempre son locales? Nos encontramos ante un dilema muy peliagudo.

Nos permitimos una propuesta audaz para resolver este impasse. Que la Real Academia cree una comisión que unifique y confraternice todo tipo de barbaridades, palabrotas y jergas juveniles de forma tal que nadie, en todo el orbe hispánico, se sorprenda al leer localismos sino que los reciba con la alegría del estudiante que aprende a resolver raíces cuadradas. O, mejor aún, que se obligue por ley a que las editoriales preparen versiones distintas para cada ámbito lingüístico -geográfico, colaborando así al descenso de la tasa de desempleo.

Una última palabra. Hemos podido notar cierto tono de crítica en algunos estudiantes que nos decían que no entendían “nada” (en ibero “ni patata”, en hispano-ibero-latinoamericano “ni papa”, en Sevilla también) de las entradas de esta bitácora nuestra y suya de ustedes. Amadísimos hijos espirituales nuestros, no se hizo la miel… está pensado este “blog” para quienes no tienen el español o castellano como lengua materna. Por si a alguien le sirve de consuelo (mal de muchos…), a su autor le cuesta un enorme esfuerzo redactarlo en una desenfadada imitación de su dialecto nativo manteniendo al mismo tiempo el registro hiperculto que le es connatural. Le resultaría mucho más fácil escribirlo en castellano estándar (pero no le da la gana). Dicho esto, les dejo y me voy a fumarme un pitillo, o un faso.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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10 respuestas a Pata negra

  1. Celia Filipetto dijo:

    El pata negra muy bueno, como siempre. Te vas a fumar un faso, Carpintero. Pucho es lo que queda del faso después de habérselo fumado.

  2. Me encanta (como siempre). Yo creo que sí podríamos denominar a esos localismos propios “Pata negra”. El problema es que yo soy de Mallorca, y allí no tenemos cerdos pata negra sino “Porc negre”, con lo cual, si hablo con mis compañeros nacidos allí debería decir que hablo porc negre, pero si hablo con gente de fuera, ¿debería cambiar a pata negra? ¿Se me notaría en el acento o sería solo en términos de utilizar palabras diferentes?

    Estoy completamente de acuerdo en este párrafo:
    “Que la Real Academia cree una comisión que unifique y confraternice todo tipo de barbaridades, palabrotas y jergas juveniles de forma tal que nadie, en todo el orbe hispánico, se sorprenda al leer localismos sino que los reciba con la alegría del estudiante que aprende a resolver raíces cuadradas. O, mejor aún, que se obligue por ley a que las editoriales preparen versiones distintas para cada ámbito lingüístico -geográfico, colaborando así al descenso de la tasa de desempleo.”

    No entiendo cómo no lo han hecho ya. A mí me gustaría saber cómo se dicen los localismos en otros sitios, para, así, si me voy a Argentina, saber que no debo hablar de las “conchas” o la gente se llevará las manos a la cabeza. Me parece una falta de cultura que sepamos que “elevator” se dice en Estados Unidos y “lift” en Reino Unido, o que entre ambos dialectos hay diferencias ortotipográficas a la hora de escribir ciertas palabras, pero no sepamos estas cosas (o no nos las enseñen en la universidad o el colegio) sobre los diferentes dialectos del español.

  3. Mateo Cardona Vallejo dijo:

    ¡Hola, Carpintero! Recién encuentro tu blog pero me alegro mucho de todas formas; ya me pondré al día. Soy traductor literario colombiano, del francés y del inglés, nada tan exótico como lo tuyo. Estoy de acuerdo en que se obligue por ley a las editoriales etcétera, pero quiero decirte que lo que nos disgusta a los americanos (que somos todos los que vivimos entre Alaska y Patagonia) de las traducciones españolas es la maldita convergencia mediática, el hecho de que cuatro o cinco pulpos pretendan pulpopolizar la literatura que leemos, y que a nosotros que somos tantísimos nos corresponda leer esas traducciones llenas de gilipolleces, tías y ligues, cuando podrían estar llenas de huevonadas, viejas y conquistas. ¡No te imaginas lo maricón que suena Keith Richards en su autobiografía hablando como matritense! Solo, ese libro ya es un atentado. En fin: entiendo perfectamente tu postura y me encantará volver por estos lares. Igual nos entendemos, ¿no? Abrazo craso.

    Mateo Cardona

    • Estimado amigo Cardona: Me alegro de que haya encontrado este blog suyo y mío y espero que le sea de alguna utilidad. En cuanto a los iberismos, sólo un par de cosas. Tuve la oportunidad de leerme bastantes libros de la editorial Losada con sus traducciones argentinas y no me disgustaba, simplemente me resultaba curioso. Por lo tanto, también me resulta curioso que a otros les disguste leer traducciones en español de España. Por otra parte, y éste es el segundo punto, no estoy en exceso seguro de que a un lector mejicano, por ejemplo, le guste enormemente leer una traducción argentina y viceversa. No sé si me explico, no creo que la cuestión sea español de España y español de América, sino español de mi pueblo y español del pueblo de al lado.
      En lo que respecta a los pulpos que pulpopolizan (bonita palabra) la literatura, por lo general son multinacionales a las que les importa un bledo quién y cómo traduce mientras vendan. De hecho, en España el gremio de editores se pasa el día amenazando a los traductores de que cualquier día se buscan otros más baratos (en referencia a América). ¿Por qué editan en España y en su versión del castellano? Permítame que haga una comparación un tanto fuera de lugar: el árabe que se habla en Marruecos no tiene nada que ver con el que se habla en Siria y el dialecto más diferenciado es el egipcio. Sin embargo, prácticamente en todo el mundo árabe entienden el dialecto egipcio aunque les dé la risa. ¿Por qué? Porque todos los culebrones de televisión son egipcios. Supongo que ésa es la forma de razonar de las editoriales: es posible que un mejicano no entienda el léxico argentino pero el de España, por poco que les guste, sí que lo entienden.
      De todas formas, quiero que sepa que considero un escándalo, un atentado a la moral y, sí, un delito que alguien haya conseguido que Keith Richards suene maricón.
      Un fuerte abrazo,
      El Carpintero Traductor

  4. Alicia Dakota dijo:

    No deja usted de sorprenderme. Como siempre, ha estao uste’ sembrao.

    Un abrazo,
    Alicia Dakota

  5. Jean-Noël dijo:

    Muchas gracias antes que todo por esta entrada muy entretenida.
    Soy traductor del inglés y español al francés viviendo en Perú, y siempre me asombra cuando leo traducciones llegando de España o Argentina. Las entiendo, por supuesto, pero siempre me suenan extrañas a ciertos momentos. Me acuerdo en particular del “puesto de la electricidad” en un libro de Haruki Murakami. Me quede maravillado con esto un buen momento. No creo que haya un “disgusto” a leer una traducción de la península o gaucha, pero sí que no nos suena matural y nos impide incorporarnos de completo en la historia, debido a estas expresiones que no solemos usar a diario. Más aún en mi caso, hispanófono de adopción, digo que hablo peruano más que castellano.
    Eso para la sugerencia de traducir, o mejor localizar, las traducciones al país meta. Sería tan agradable, y de hecho ayudaría al descenso de la tasa de desempleo.
    Recién descubro este blog y lo seguiré con atención.
    Abrazos de por aquí.

    • Tiene usted toda la razón. A lo que yo me oponía era al doblete españoldeEspaña-españoldeHispanoamérica porque en América también tienen sus zonas. De todas formas, tampoco es para tanto. Ya puestos, podíamos decir que no podemos sumergirnos totalmente en ninguna traducción porque los personajes tienen nombres raros y comen cosas aún más raras. Yo pasé muy buenos momentos leyendo a Sartre y a Kerouak en argentino. Un saludo transatlántico.

    • Por cierto, ¿qué será un “puesto de la electricidad”? Misterio…

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