Una lanza por el diccionario amarillo

Con la caca (o "kaka") de letra que tiene este diccionario, ni vela ni san vela... Ojalá me hubiera comprado otro más grande

Varios de los comentarios de la última entrada insisten en que el diccionario pionero de turco-español es “chungo”. Me gustaría hacer unas precisiones al respecto.

Primero: no existe el diccionario (bilingüe) perfecto sino el que, mejor o peor, nos sirve para cubrir nuestras necesidades; siempre y cuando no sean traducir un manual de útiles de espeleología o algo así porque entonces necesitaremos algo más específico.
Segundo: de todas maneras, como había dicho, siempre es preferible un diccionario gordo a uno pequeñito porque es de suponer que el primero tendrá más palabras, o un tipo de letra más grande, que tampoco está mal.
Tercero: apenas uso el español-turco, así que no sé muy bien qué opinar. Sin embargo, no se me ocurre pensar que me voy a encontrar palabras como “anacrusis” o “esticomitia” (estoy leyendo cosas de métrica). De hecho, no están, pero ya me lo suponía. (Sí, en cambio, “caca”: “kaka” y “pedo”: “osuruk”. Obsérvese que con “caca”, se dan dos posibilidades: “pislik”, que sirve para decir “esto es una caca” o, en otro contexto, “eres un mierda” y “kaka”, que se utiliza para la útil expresión “nene, caca”. Pero hay que ser elásticos: a nadie se le ocurriría decir a otro “eres un caca” ni “nene, mierda”, así que, por bueno que sea el diccionario, no nos evita tener que andarnos con pies de plomo.)
Por último, si observan la foto que acabo de hacer con la máquina del teléfono, verán que hay una notable diferencia de tamaño entre el diccionario de bolsillo (español-turco/turco-español) y el otro (sólo turco-español). Les aseguro que en el grande podrán encontrar muchas más cosas (aunque no todo. Por ejemplo, sí está “montera”, pero no “taleguilla”, qué se le va a hacer.)

¿Cuál es el diccionario gordo y cuál el chiquitillo?

Miren ustedes por dónde, resulta que me toca dar una clase sobre diccionarios en el curso de adaptación pedagógica que hacen nuestros estudiantes. Mirando los apuntes que me ha pasado generosamente Mª Jesús, me he encontrado una frase estupenda de Dña. Josefa Martín García (de su libro El diccionario en la enseñanza del español. Madrid: Arco Libros, 1999) que puede que sea una cita de un artículo de un tal Henri Béjoint (no queda claro y no he encontrado el artículo, tampoco tengo ganas de ponerme a buscarlo, la verdad):

El mejor diccionario no es el que contiene la información que se necesita, sino aquél en el que se encuentra la información que se busca.

Se lo cuento a ustedes porque en los put (in y out) de la entrada anterior se han comentado cosas muy curiosas, como lo de tenerle tirria a un diccionario concreto, pero no ha quedado muy claro en qué consiste que éste o el otro (o el de más allá) sea un buen o un mal diccionario. Davidoffberlin, por ejemplo, reconoce que le tiene manía al diccionario italiano-castellano de Laura Tam, pero admite que “luego acierta, claro”. En este caso hablaríamos del síndrome de “tirria infundada”, como él mismo lo denomina. Reyhan, por su parte, tiene el de bolsillo de los Kut y dice “de momento me ha hecho muy buen servicio” (del de Carmen Uriarte comenta, como yo ya decía, por cierto, que “la fuente es muy legible”).

Es decir, como a todas las cosas del mundo (por ejemplo, a un mechero o a un lápiz) a un diccionario podemos tenerle cariño o tirria, independientemente de que sea bueno o malo (es más fácil cogerle cariño si es bueno, por supuesto). Y que sea bueno o malo depende de que encontremos lo que nos hace falta (repasen su Sartre, por favor). O sea, que yo les tengo mucho cariño a mis diccionarios amarillos (antiguamente de otros colores) porque me sirven bien.

También sé seguro que tampoco van a aparecer en ningún diccionario términos filosóficos como “cuchifritín”, “cabronazo”, “tontola[ha]ba”, “cariñito”, “feucho” y demás. Para eso hay que tener una ligera idea de la gramática de la lengua (por ejemplo, todos sabemos que “tuvo” viene del verbo “tuvar” y ahí es dónde hay que buscarlo). Eso, al menos, es lo que intentan mis estudiantes, con pocos resultados prácticos.

Porque, además, y se mire como se mire, un diccionario bilingüe da equivalencias muy poco contextualizadas. A veces los monolingües también. Es como si para “analepsis” dieran como ejemplo “ahí hay una analepsis”. Es un problema que se da poco al traducir, si el traductor es mediamente veterano. Si uno se encuentra con una frase como “Pepe tiene una trompa de dos pares de cojones” (frase que, por otro lado, también tendrá su contexto), es poco probable que lo que tiene D. José sea un elefantiásico apéndice nasal con atributos masculinos, así que tendríamos que usar otra acepción. Si el traductor es novel y no tiene dos dedos de frente, el resultado será, sin duda, divertido.

Lo cierto es que la mayoría de los problemas con los diccionarios no se dan con las traducciones directas, sino con las inversas. Por ejemplo, por motivos que ahora no se me ocurren, quiero saber cómo se dice en sueco, digamos, “capa”, para traducirle a un amigo el famoso chiste de la capa del cura. Por supuesto, mi ignorancia del sueco es absoluta, lo miro en un diccionario en la línea (de fuego) y veo el siguiente resultado: “skiktet”, pero también “lager”. Para acabarla de liar, si escribo “Hermano, para la capa del cura”, responde: “Broder, för lagret av prästen …”, con lo que nos quedamos sin “skiktet”; pero si escribimos “Al cura lo capo yo”, la traducción es “Jag capo till botemedel”, con lo que desaparece “prästen”, que seguro que significaba “cura” (y que “capo” sea “capo” en sueco, me huele a que es de la Mafia). En inglés, para acabar de arreglarlo, me dice “I capo to cures”, que debe de ser el grupo musical de aquéllos tíos de los pelos que no lloraban.

En resumidas cuentas, que intentar traducciones inversas sin tener ni idea es una profesión peligrosa. Lo que yo hago es tratar de pensar en el otro idioma. Claro, me sale una claridad mental de niño de tres años, pero no me complico la vida. ¡Ah, pero yo estoy enamorado de una inglesa y me gustaría decirle aquello del Tenorio de “Ines of my soul, where the sun light the shot, sweet dove”. Macho, mejor dile “yu veri biutiful. Me lov yu”, que seguro que no metes la pata.

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Pero... Pero ésta no es la definición que yo buscaba de "perrería"...

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a Una lanza por el diccionario amarillo

  1. Celia Filipetto dijo:

    Los diccionarios no son perfectos. Y el mejor es, sin duda, el que te resuelve la duda que estás buscando. Respecto del de Laura Tam-LT (IT-ES) está bien porque complemente el de L. Ambruzzi-LA. Ahora bien, el LT tiene unas pifias muy gordas y el de LA está anticuado, pero contiene muchos términos de historia y literatura, que le faltan al de LT. En cuanto al software de absolutamente todos los diccionarios de italiano monolingües y bilingües en CD puedo decir que es bastante malo. Sobre todo comparado con el software de los diccionarios de inglés. De las deficiencias de los diccionarios italianos bilingües y de lo malo del software de las ediciones en CD la culpa no la tiene el chancho sino quien le da de comer. O sea, los editores, que llevan siglos editando el de L. Ambruzzi, por ejemplo, sin invertir en una actualización.

    • ¡Ay, los chanchos, los chanchos y quienes les dan de comer…! Decía un amigo de mi padre que eso de “de la mar, el mero, y de la tierra, el carnero” estaba mal y tendría que ser “de la mar, el langostino, y de la tierra, el cochino”. No tiene mucho que ver con los diccionarios pero siempre me hizo gracia. Eso y las palabras “chancho” y “cochino”. En cambio, “guarro” no me gusta.

  2. Buenísimo artículo, como siempre. Sí, sí, artículo, porque tus entradas bien pudieran ser artículos de esos para enseñárselos a los alumnos de traducción para que se enteren de que no por hablar dos idiomas (medianamente bien “ambosdós”) se puede uno dedicar a hacer traducciones (directas, claro está). Así que, mejor ni pensar en las inversas, que leo yo algunas traducciones inversas que hice en mis primeros años, cuando en vez de siete años en Londres, llevaba solo dos, y me avergüenzo de mí misma por haberme siquiera atrevido a intentarlo 🙂 Por supuesto, a todo se aprende con la práctica, pero es mejor practicar teniendo a alguien detrás que te mire si lo haces bien, porque si no luego vienen las lesiones, y ya sabemos que muchos deportistas pueden acabar su carrera demasiado pronto por culpa de las lesiones.

    En fin, Rafael, espero ya tu siguiente entrada 🙂

    • Sí que da vergüenza ver lo que uno hizo al principio, sí. Y no sólo traducciones. Se ve que la madre Naturaleza nos da en valor lo que nos falta en experiencia. Desde luego no se queda uno tan orgulloso como Filemón Pí cuando veía su certificado de haber sido vacunado contra la viruela. ¡Salud, Curri, y Felices Pascuas! Sigue en la brecha, que aprendemos mucho de ti.

  3. Reyhan dijo:

    Justo los dos que tengo en casa :). También tengo un FONO al que le podría hacer una foto, pero mejor corramos un tupido velo.

    Lo malo del grande es que hasta que no se invente el bolsillo de Doraemon o se popularice el uso de la carretilla en la vía urbana no se puede sacar de casa sin lesionarse uno las cervicales, así que en largas las horas de biblioteca no queda otra que dejarse acompañar por el Redhouse hecho trizas tras décadas de uso que esté más a mano… a riesgo de dejarse la vista, por supuesto (para el que tiene las palabras también en el alifato otomano directamente utilizo una lupa de bolsillo).

    Interesante lo que apunta Celia del formato CD, desde luego creo que si pulen el software sería mucho más práctico que el libro tradicional y además verdaderamente portátil, sobre todo si además se terminan pudiendo comprar como aplicaciones para los MP3s o los teléfonos.

    • ¡Qué ilu tener un bolsillo de Doraemon! Por supuesto, los diccionarios tendrían que ser portátiles e infinitos. Mi pobre Redhouse se desencuadernó hace años, pero ahí sigue, en primera (ahora segunda) línea.

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