De congresos, seminarios, jornadas, conferencias y demás direcciones

De izquierda a derecha: Claudia Aburto, la organizadora del evento; mi amiga Paca López, excelsa poetisa y profesora en Bates; y un tipo que andaba por ahí gorroneando canapés

Como es de bien nacidos el ser agradecidos, me gustaría expresar mi más infinito agradecimiento al Bates College de Lewiston (Maine) por invitarme al festival de poesía y conferencia (¿?) internacionales Translations: Cross-Cultural Exchange through Poetry (aquí tienen la página web, aunque todavía no está lo de este año; siempre pueden curiosear lo del anterior). Tanto la parte poética como la académica tuvieron un nivel y una internacionalidad de aquí te espero.

¿Y qué hacía allí el Carpintero Traductor si no es traductor de poesía y su gusto poético es abyecto? Pues estuvo gracias a un detallito muy frecuente en ámbitos universitarios. Supongamos que usted quiere celebrar un seminario sobre, digamos, física, pues invita primero a tres o cuatro premios Nobel que declinan la sugerencia (siempre se les puede dar un premio o un doctorado honoris causa para que vengan, pero es más jaleo). Entonces lo intenta con famosos como Stephen Hawking, pero ese día precisamente tiene que ir a un mandado. Cuando ya no le queda nadie a quien acudir, llega un colega del departamento y le dice: “Pues yo tengo un conocido que…”. Mi amiga Paca López era esa colega del departamento y yo el amigo en cuestión, así que me invitaron. Y a tutiplén, oiga.

El caso es que mi relación con los seminarios de traducción o traductología es un tanto extraña. Como universitario, aborrezco a los traductores que hacen su trabajo a tontas y a locas y no son capaces de reflexionar sobre su oficio. Como traductor, aborrezco a los universitarios que sólo son capaces de teorizar y de decir cómo habría que hacer las cosas sin meterse ellos mismos en el ajo. Se pueden imaginar los sentimientos encontrados que sufro cuando tengo que afeitarme.

Y eso que la verdad es que este tipo de seminarios son fascinantes. Puede que mi hermana Sole, por ejemplo, bostece en ponencias como “Deconstruir el discurso dominante sobre la traducción literaria: hacia una ética de la homogeneidad cultural, lingüística y estética” o “Quioscos con sobretítulos (supertitles): orientar a los extranjeros en la escena china clásica”, pero tampoco yo podría mantenerme despierto en un congreso sobre hormigas argentinas. Ca uno es ca uno y tiene sus caunás. En nuestro seminario o conferencia (“Reunión de representantes […] de agrupaciones de otra índole, para tratar asuntos de su competencia”) se habló del quechua y del papiamentu, del gallego en cuba, del francés y del español en EE. UU., de dialectos y de traducciones históricas. Todo, como ven, fascinante. Fascinante pero, ¡ay!, en muchos casos no demasiado entretenido, y cuando uno se ha tragado o ha disfrutado de más de una reunión de este tipo, al final las comunicaciones empiezan a tener un tufillo conocido que a veces consigue que pongas el piloto automático y pienses, sin ir más lejos, en hormigas argentinas (seguro que mi hermana piensa en cómo se podría traducir esto o aquello). ¡Ojo! El fallo es de quien esto suscribe, porque los ponentes le han dedicado un montón de tiempo y esfuerzo a sus cosas y despliegan un entusiasmo arrollador (y tú pensando en las hormigas, manda narices).

El verdadero problema de este tipo de seminarios es que las ponencias acaban siendo tremendamente específicas. O sea, te encuentras con un título como “La importancia de las traducciones en la literatura universal”, por ejemplo. La ponencia empieza bien (en este caso por los cerros de Úbeda), sigue centrándose un poco en algunos ejemplos y acaba, y en eso consiste la parte central del escrito, en cómo Garcilaso malinterpretó un verso de Petrarca y en cómo podría haberlo evitado. Desde luego, peor es que hubiera cumplido con el título y se hubiera dedicado a ensartar una serie de tópicos manidos como “las traducciones son la mar de importantes en la literatura universal”, algo a lo que uno es muy aficionado. Por otra parte, no se le puede exigir a nadie que no sea un especialista que le fascine cómo tradujo un soneto swahili de un poeta menor un escritor zulú muy conocido en Sudáfrica atendiendo a las diferentes estructuras sintácticas de ambas lenguas (aunque la verdad es que mi ignorancia sobre el tema es asombrosa). Luego, encima, a nadie le de tiempo a acabar lo que tiene que decir, que suele ser mucho porque para eso se lo han currado tanto.

Una cosa que me impresionó fue lo en serio que los americanos se toman el tiempo. Son, como decía Carmen Rico-Godoy, si mal no recuerdo, pre-einstenianos y no creen en la relatividad del tiempo. En Turquía (o España) las nueve pueden ser las nueve y diez, y las diez y media las once y veinte. En EE.UU. las nueve son las nueve y las diez y media las diez y media. ¡Todavía peor! Veinte minutos son veinte minutos y, si no has acabado tu ponencia, que nadie lo consigue, te fastidias y cierras el pico. Esto, sin duda, tiene sus contrapartidas negativas porque, como los famosos papers tienden a ser leídos (costumbre que no me gusta nada), cuando aparece el tipo con el papelito (se trata de un paper distinto) anunciándote que te quedan cinco minutos (y a ti ocho folios), empiezas a leer a toda pastilla y seguro que habrá parte del público, los más desagradecidos sin duda, que se pondrán a pensar en cómo es posible que las hormigas argentinas sean tan agresivas con lo chiquitas que son.

Como suele pasar en este tipo de saraos, cuando empiezan los ruegos y preguntas el personal se anima tanto, que a veces es lo más interesante. Y no se crean que es todo del tipo “Por cierto, hay un libro que…”, o “Me sorprende que se haya olvidado de mencionar a…”, ni “Le felicito por su ponencia. Por cierto, yo…”. Ésos son comentarios para presumir y que se note que estás (despierto y siempre listo). A veces se tira con bala de forma muy interesante. Hablando de una traducción de Heine que hizo Primo Levi, Mounir Ben Zid dijo, con un par, que la traducción “asesinaba” a Heine. Y Sara Fruner hizo una pregunta retórica con muchísima mala uva: de no ser Primo Levi el traductor, ¿se habría considerado buena la traducción? Todos estuvimos de acuerdo en que probablemente no y que si tú lo traduces así, te enteras.

Si la conferencia estuvo bien, los recitales poéticos fueron la repera. Entre otras cosas porque se buscaron a gente una hartá pintoresca: una rumana germanófona, una estadounidense francófona (a veces), una rusa, una japonesa y una española residentes en EE.UU., etc. Los poetas leían sus obras en la lengua original, algunos los explicaban (ocasionalmente en exceso), y, mientras tanto, se proyectaba en una pantalla un pogüerpoin con las traducciones hechas por los estudiantes de los departamentos correspondientes. Todo con muy buen rollo y mucho admirar tanto a los poetas como a los estudiantes traductores.

La copichuela de despedida fue en el Centro de Arte Olin y habría estado estupendamente de no ser porque esa tarde hizo un tiempo espléndido y en cuanto salimos de la lectura poética se puso a nevar como si fuera Navidad. Marditos roedores. Por cierto, lo del doblaje del gato Jinks da para una ponencia la mar de chula, ¿verdad? “Uso de los dialectos en el doblaje: del sur de los Estados Unidos al sur de España”.

El gorrón de antes con otros dos excelsos poetisos, éstos francoparlantes, Rhea Coté, de Maine, y Danny Plourde, de Quebec

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a De congresos, seminarios, jornadas, conferencias y demás direcciones

  1. Carmen Anisa dijo:

    En primer lugar, gracias por la foto. Ya tenía ganas de ver una en la que estuvieseis Paca y tú, y mejor si era de la sección “canapé” y no “sesión académica”. En segundo lugar, lo del pogüerpoin: a partir de ahora lo escribiré así. Por cierto, soy alérgica a los pogüerpoins (o ¿poines?) Y en tercer lugar, divertidísima crónica. Qué pena que en mi instituto no tengamos pasta para invitarte a dar una conferencia…

    • Tengo entendido que el plural de ese engendro del diablo es “pogüerponis”, como en “El caballito pogüerpony”. En cuanto a lo de las fotos, tiene toda la razón, siempre son mejores con un toque sociológico. Espero que lo entiendan las personas que aparecen en ellas.
      Lamento que su instituto no tenga presupuesto suficiente para invitarme porque, yo, a mesa puesta, lo que sea. Por otra parte, casi mejor, porque en persona soy francamente serio y aburrido, amén de feo (aunque mi madre me diga lo contrario).

      • Carmen Anisa dijo:

        Ah, “pogüerponis”, interesantísimo. Y acabo de leer tu última entrada. Bueno, no sé nada de turco pero me ha hecho ilusión enterarme de esas formas verbales, y de los prefijos, etc, etc. Y me he reído mucho.

        • Así, ya que no puedo ser un pony, podré ser la alegría de la feria. Saber turco me permite alimentar la ilusión de que me llamen los americanos en cuanto ocurra un encuentro en la tercera fase. Saludos estambulinos (aunque la RAE recomienda estambulí, me parece una estupidez porque existe la palabra “estambulina” y no creo que venga de “estar bulina”).

  2. Sole dijo:

    ¡¡Qué va, seguro que la conferencia esa de la deconstrucción me resutaba interesantísima!! ¿Has oído que también se pueden deconstruir tortillas?

    • Señores y señoras, con ustedes… ¡Mi hermana la bióloga! La puse como ejemplo teórico ya que sé que le interesa tanto la deconstrucción como a mí las hormigas (y me interesan mucho como ejemplo de polisistema). La tortilla deconstruída he llegado a comerla. Es curioso, ¿se imaginan una especie de moco con sabor a tortilla de patatas?

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