¡En qué lío me he metido!

St Augustine Teaching in Rome

El buen hombre dando su conferencia y unos por ahí charlando sin hacerle caso

¡Hay que fastidiarse! ¿Por qué no le habré hecho caso al sabio de Ortega cuando comentaba que los traductores éramos unos apocados y a S. Josema Escrivá con aquello de “¡Claro, hombre! Por eso precisamente te han dado ahí!”?

El caso es que está uno traduciendo tan tranquilo (o haciendo cualquier otra cosa) más contento que unas Pascuas (sean de natividad, epifanía,  resurrección o del quincuagésimo día) y resulta que le llaman o le escriben y le proponen que, como se dedica a eso de la traducción, que por qué no da una charla. El primer impulso es decir que sí por aquello de que existen seres humanos, aparte de tu familia, que son conscientes de tu existencia y te sale del corazón el natural agradecimiento. El segundo es contestar que no, por aquello de que eres de natural apocado y, además, ¿de qué vas a hablar? Entonces aparecen las palabras mágicas: “Aunque nuestro presupuesto no es muy allá, te pagamos el viaje y la estancia”, o una cena, o te invitan a un café, da igual porque lo que no vas a hacer es rechazar algo que te pagan con lo mal que está el mundo, sobre todo si se piensa en los pobres chinitos del Domund. Así que, haciendo de tripas corazón, aceptas, te comprometes y ahí empieza el lío.

Y empieza el lío porque preguntas: “¿Y de qué quieren que hable”. “Pues de cualquier cosa, de tu experiencia como traductor y tal”. ¿Y qué quieren decir con eso? ¿Que les hable de las hemorroides de estar tanto tiempo sentado? ¿Qué experiencia? ¿Que empiezo por el principio del libro y acabo por el final? Bueno, igual se puede hacer algo: “Ya desde niño me sentí atraído por la traducción…”. Menudo rollo macabeo, si no sabías hacer la O con un canuto… En fin, ya se te ocurrirá algo. “¿Y a quién tengo que hablar”. “Nada, hombre, a unos estudiantes que se quieren sacar unos créditos de libre configuración”. Menos mal, si cuentas eso de que traducir es muy difícil y que hay que saber idiomas, tienes para cinco minutos por lo menos. “¿Y cuánto tiempo?”. “Nada, media horilla”. ¡Cómo que media “horilla”, será media “horaza”! Pues con lo de los idiomas y la dificultad no voy a tener para mucho. Bueno, les hablo de los libros que he traducido y a lo mejor hasta los compran. ¡Asunto resuelto!

Pero entonces van y te llaman, o te escriben, otro día. “Mira, que hemos pensado poner tu charla en la solemne apertura de la universidad, que vienen el Rey y las infantitas, y de paso queda muy mona con la conferencia del rector, que para eso es especialista en lingüística general y literatura comparada”. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Y vas a decir lo de las almorranas? Y encima no puedes negarte porque te has comprometido, te han pagado un café previo y estás en el programa y… ¿Y ahora qué? ¿No te reías tanto de los traductores metafísicos que decían cosas como “Traducir es como lanzarse a las olas de un mar bravío sin saber cuál será el punto de destino pero confiando en el timonel de la carabela, que, con firme pulso…”. Anda que no te habría venido bien echar mano de algo así. Aunque, si lo piensas un poco y aunque alguno te llame hipócrita… Y, para colmo, con las infantitas delante, que habrá que hablarlas de “grandeza reverendísima” o algo así. Y el plasta del rector ése lingüista, que me lo estoy viendo con la sonrisita condescendiente cuando suelte eso de que para traducir hay que saber idiomas. ¡Ay, qué malo soy para hablar en público! ¡Qué disgusto!

¿Pero tú no eres profesor? Me/se preguntarán ustedes. Pues precisamente. A mí me gusta hablarles a mis estudiantes, que para eso les puedo suspender, pero, ¿a gente que no conozco? Como mucho, les puedo dar una charla a los estudiantes de traducción y hablarles de contratos y cosas así, que siempre dan para comentar lo suyo. ¡Pero es que me han metido en un seminario que se llama “La traducción como proyección metonímica de la alienación en la superestructura globalizada” ¿Y eso qué repámpanos es? Pero no les voy a decir que no ahora que ya han colgado el programa en su página-red.

¡Y media hora! Con lo pronto que se pasa viendo una serie de la tele y lo larga que me va a resultar. ¿Cuántos folios tengo que escribir para media hora por si me atasco y tengo que leer y por aquello de que siempre es mejor ir preparado? Lo miras en internet y te encuentras con que algunos investigadores ociosos han calculado que a un ritmo normal se dicen de cien a ciento cincuenta palabras por minuto. ¡Qué barbaridad! Y yo que me creía que serían una docena. A ver, ciento cincuenta por treinta, mejor ir sobrado, son unas cuatro mil quinientas. Como un folio tiene unas trescientas… ¡Joder, quince o dieciséis folios! ¿Y de dónde me los saco? Si con los nosecuántos caracteres del Twitter ya las paso canutas y son muy pocos…

De todas formas, en estos casos, siempre hay un par de temas bastante agradecidos: 1) La historia de la traducción (lo de los romanos, S. Jerónimo, los traductores de Toledo y esas cosas), pero igual resulta un poco pesado y no tiene mucho que ver con el título que han propuesto para tu ponencia, que lo han cambiado y ahora es “la traducción de los apartes en teatro: mito y realidad”. 2) Los aspectos lingüísticos de la traducción (y así hablas un poco de Nida, que para eso se ha muerto este verano, aunque ya tenía noventa y tantos años). ¿Problema? Que como el personal no sea del gremio, los ronquidos de las infantitas se van a oír en Sebastopol (que está en Ucrania, mire usted por dónde). 3) (Acabo de darme cuenta de que me ha salido un par de tres, la vida es así, no la he inventado yo) Hablar de ti, que es un tema que conoces bastante bien. ¿Aspectos negativos? Que a lo mejor no les importa un pimiento y encima no da para mucho. Aparte de la vergüenza de que tus primeras lecturas no fueron ni Homero ni Dostoyevski precisamente, sino el Pumby,  el Mortadelo y gracias.

Y a eso me refería con el primer párrafo. Si le hubiera hecho caso a Ortega, me quedaría en casa. Y si le hubiera hecho caso al santo, no me reiría de la gente que divaga y dice que para traducir hay que saber no sólo idiomas sino que hay que conocer bien la cultura y tal y cual (para cinco minutos me daría eso, por lo menos). Parece talmente justicia divina.

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Éste, en cambio, me los tiene a todos embobaos

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a ¡En qué lío me he metido!

  1. María Jesús dijo:

    Arrieritos semos, qué dirían los de “hay que saber idiomas” recordando cuando te metiste con ellos…
    Pero, ¡hombre de Dios!, ¿tú te crees que todo el mundo da conferencias así, sin miedo al peligro, como si nada? Me apuesto yo a que, quien más quien menos (excepto gente tan “trabajada” como Vargas Llosa, un poner), todo el mundo tiene horror a la escena nueva, porque eso de los estudiantes es escena vieja sólo después de un tiempo de rodaje, que al principio… (por eso yo el primer día de clase con alumnos no conocidos lo paso también un tanto mal, para ser sincera).

  2. ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Me ha encantado la entrada, la forma de escribir, la ironía… ¡TODO! A ratos me has recordado a mi padre, a otros a un amigo gallego que tengo que habla también con mucha ironía… Maravilloso escrito, sí señor.

    Me gustaría y todo irte a ver, pero es que no me pilla muy de camino, ya ve usté. Pero espero con impaciencia la entrada en la que nos expliques que, al final, tuvieron que quitarte el micrófono porque te habías pasado del tiempo y las infantas y el resto de la sala seguían roncando y no había forma de hacerte parar porque te habías emocionado y acabaste hablando de todo lo que has listado arriba.

    Muchos ánimos,¡y que vaya bien la charla!

    • Dear Curri (tengo que practicar, la próxima charla es en inglés): La verdad es que he exagerado un poco y la charla no la voy a dar en España, así que dudo que vayan las infantitas con Froilán. Lo que quería decir, o expresar, o lo que sea, es el horror de esas invitaciones donde no te dicen exactamente de lo que tienes que hablar. Usted, más que infanta, reina de las ponencias sobre localización, dudo que se vea en semejantes tesituras. Pero como los traductores de libros literarios somos personas muy intelectuales, nos metemos en esos follones de los que no sabemos salir. Voy por el cuarto borrador y de camino al quinto. Se acerca el invierno y sigo sin tener ni idea de qué hablar. Un afectuoso saludo de quien sus manos besa.

  3. André dijo:

    jajaja, buenísima entrada, enhorabuena. Si habla como escribe, no habrá peligro de escuchar ronquidos…

  4. aidagda dijo:

    Lo de dar charlas da mucho miedo pero oye, una que ha tenido que lidiar con muchos ponentes, agradece que al menos la gente piense en qué va a contar. Muchos reciben el encargo y se ponen más contentos que unas pascuas y ni cortos ni perezosos acuden a Mr. Google o su prima la Wikipedia, hacen un corta pega y a dar una charla.
    Hay charlas que no solo aburren, sino que obligan a los intérpretes de las mismas a plantearse un cambio profesional. Pero hay ponentes que se lo curran y da gusto cuando eso ocurre.
    Se nota cuando uno prepara el discurso y se agradece 😉

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