La parte contratante de la primera parte…

Ignatiev signing treaty

¿Cómo c..., digo, recórcholis, pretenden que firme el contrato en esta postura? Como el editor se ha cogido la mesa...

Como estamos en septiembre y el Corte Inglés ha declarado oficialmente abierta la temporada de la vuelta al cole, vamos a trabajar un poco y a hacer unas tareas. Visto el éxito inenarrable que tuvo la entrada sobre la ley de propiedá intelestuar, haremos otra (distinta) sobre uno de los temas siempre presentes en las conversaciones entre traductores de libros. No, no me refiero a si tal o cual autor ha entrado o salido del armario o si se ha liado o no con alguien (que también), ni siquiera al fútbol. Vamos a hablar de, ¡chan, tatachán!: los CONTRATOS (no contraltos, que no es lo mismo).

Lo malo de los contratos de traducción es que en realidad no son exactamente contratos. Es decir, según el DRAE, un contrato es un:

Pacto o convenio, oral o escrito, entre partes que se obligan sobre materia o cosa determinada, y a cuyo cumplimiento pueden ser compelidas.

Mientras que los contratos de traducción son, como decía Andrés Ehrenhaus, si mal no recuerdo, “contratos de adhesión” (¿inquebrantable?). Se suelen poner como ejemplo de algo similar los contratos de la Telefónica. O sea, tú vas a pedir una línea de teléfono y olvídate de eso de que “las partes” hagan un “pacto o convenio”. Te dan un papelico y lo firmas. Si no estás de acuerdo en algo, mejor que vayas comprándote un tam-tam porque, desde luego, no vas a disfrutar del invento del señor Graham Bell. Pues lo mismo pasa cuando vas a traducir un libro. La editorial te da un contrato y tú lo firmas. ¿Que no estás de acuerdo? Pues allá tú, cómprate unos bordados para los puños de las camisas y te haces una fritura. Con la diferencia de que ahora hay competencia entre las compañías telefónicas.

Antes de pasar a algunos detalles particularmente molestos, me veo obligado a admitir que la inmensa mayoría de las editoriales con las que he trabajado han sido muy correctas con todo esto de los contratos. Nunca he trabajado a partir de un apretón de manos ni de una promesa como tan corriente es en Turquía (“¿Es que no te fías de mí?”). Así que mis reticencias en este asunto no tienen que ver con las editoriales sino con lo que se ha dado en llamar el “contrato modelo” en sí. ¿Por qué? Por eso mismo, porque como es un modelo, se toma como modélico y es lo que te plantan todos, sin márgenes a esos pactos tan queridos por la limpia, fija y da esplendor.

Por lo general, lo que la gente piensa es que a los traductores nos molesta que se nos dé un porcentaje miserable del PVP del libro en cuestión. Qué duda cabe, pero también hay otros detallitos que no dejan de… Pero, seamos positivos. Un buen contrato de traducción te permite, ahora que estamos en los días posteriores a las Jornadas del Frente de Juventudes o como se llamen, ser católico, es decir, universal, pero hasta unos límites casi ilimitados:

Cuarto (A) Explotación. Realizada, entregada y aceptada la traducción y pagado el anticipo por el EDITOR, los derechos de la explotación económica de la misma y, en especial, de reproducción, distribución y venta de la misma, total o parcialmente, en forma de libro o a través de cualquier otro soporte, sonoro, visual o para acceso on-line, se ceden al EDITOR, en exclusiva para su explotación en todo el mundo.

Y, por si no te has enterado, se precisa aún más:

[…] en cualquier de los posibles sistemas de comercialización, para cualquiera de las modalidades de edición en soporte papel: tapa dura, cartoné, ediciones económicas o de bolsillo, fascículos, ediciones ilustradas, de lujo, de bibliófilo o cualquier otra que se estimara oportuna para facilitar su máxima difusión. Asimismo, […] a través de cualquier otro medio ya sea mediante soporte magnético, digital, e-book, soportes sonoros, serialización radiofónica, radiodifusión, acceso on-line, etc, siempre que no impliquen transformación de la obra.

¡Toma ya! ¡Ahí es nada! Fíjate, “para su explotación en todo el mundo” y parte de los espacios siderales. Menos mal que al final no salió la idea de una base lunar, que si no, también allí. Y no olviden que precisamente son los derechos de explotación los que cedemos. Eso sí, en todas las formas posibles, incluidos futuros sistemas con rayos gamma y kriptonita. O sea, que si alguien en, pongamos por caso, Costa Rica, quiere publicar tu traducción, pues resulta que no puede a no ser que allí exista una sucursal de la editorial o se le cedan los derechos (de explotación), que ésa es otra. La cosa está en que no puedes renegociar el contrato si la editorial decide publicarlo (el libro) también en México o Argentina, ni tampoco si aparte del libro normal quiere sacarlo en fascículos de ésos que florecen en septiembre y de los que todo el mundo se compra sólo el primero porque regalan algo. ¿Firmaste? Se acabó, todo previsto para siempre jamás, o casi. Santa Rita, Rita…

Los contratos también te permiten ser prolífico con un amplio margen. Vean si no lo que dice un contrato:

El EDITOR podrá efectuar un máximo de 50 ediciones […] con un mínimo de 1.000 ejemplares y un máximo de 120.000 para cada una de ellas, con las reimpresiones que dentro de dichos totales libremente decida el EDITOR.

Me gusta lo de un mínimo de mil y un máximo de miles de millones. ¿Ven ahora lo que decía del amplio margen? ¡Cuán largo me lo fiáis! Esto tiene su truco también y está en lo de las reimpresiones. Supongamos que un libro tonto, insulso y sin gracia (© Gila) tiene un éxito sin precedentes y se vende como churros (que fue lo que pasó con ¿Quién se ha llevado mi queso?, aunque esa historia tuvo muchísima más tela). Un traductor avaricioso podría querer volver a negociar el contrato, ¡ja, ja! ¡Chúpate ésa, que no puedes, listillo! De entrada, lo que haces (si eres un editor listo) es publicar una primera edición de, pongamos, mil ejemplares. ¿Que se vende bien? Reimprimes hasta los ciento veinte mil y sólo entonces, y porque no te queda más remedio, reeditas. ¿Que la faja de “millonésima edición” vende una hartá? Es verdad, así que si tienes dos dedos de frente te lo vas montando entre las ediciones y las reimpresiones, que da bastante de sí (50 X 120.000 = 6.000.000 de ejemplares, que no sé si los habrá vendido ni Camino, ni siquiera ahora con lo de las jornadicas).

Pero bueno, como hay gente que no se fía ni de su padre con esto de los ejemplares, en este caso concreto de que la editorial no vaya a imprimir más ejemplares de los que afirman, aunque tengan para dar y regalar (según dicen, es una práctica habitual en Turquía), el contrato modelo estándar (-t) lo tiene todo previsto para los protestones:

El TRADUCTOR podrá solicitar una declaración de la industria o industrias de artes gráficas donde se realizó la impresión y encuadernación, en la que conste el número de ejemplares fabricados […].

¿Que no te crees lo de las reediciones, reimpresiones y demás? Pide a la imprenta que te den un certificado. Fíjense que no dice que la editorial te lo vaya a dar, no, lo pides tú si quieres y es de suponer que los de la imprenta, que no tienen otra cosa que hacer, te justifican lo que sea. Con todo, eso no te va a librar de una de las cosas más curiosas de las liquidaciones anuales: las ventas negativas. Cuando te mandan la liquidación de ventas siempre hay libros que no es que no hayan vendido, sino que han vendido negativamente; es decir, han debido de volverlos a comprar, porque si no, no me explico eso de las ventas negativas (ni lo del crecimiento negativo de la economía, ya puestos).

¡Ay, que me canso (y me cabreo yo solo, y me aburro)! Me parece que voy a dejar para otra entrada unos elementos la mar de atractivos del contrato de traducción: las cesiones a terceros y las renovaciones. Ya me disculparán, pero es que con esto de las vacaciones tiene uno la cabeza en otra parte y no se centra. Hasta la próxima. Eso es to, eso es to, eso es todo, amigos (© Porky Pig).

Cao Dai three saints signing an accord

¡Este contrato sí que nos ha quedado canela fina! ¡Ojalá todos fueran así!

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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