Enrólate y verás mundo, decían

Viene esto a cuento de las costumbres tan raras que tienen los extranjeros. El primer año y pico en Turquía lo pasé en una residencia de estudiantes tan grande como un pueblo de mi tierra. Diez bloques con seiscientos estudiantes de media cada uno, pues calculen (es muy fácil). El caso es que aquello me dio la oportunidad de ir familiarizándome con las buenas gentes de mi país de acogida (qué bonito esto, ¿verdad?) y sus costumbres. Ahora se me vienen a la cabeza un par de aquellos usos, para mí curiosos, para ellos no, relacionados con la limpieza higiénica. No hacía mucho que había terminado la mili y la residencia era como un cuartel, de forma que yo esperaba algo parecido, pero me equivocaba. Por ejemplo, la forma de interpretar el pudor es bastante distinta. Es decir, en la mili, cuando llegaba la hora de la ducha, nos quedábamos todos en pelota picada y nos metíamos en una especie de pasillo con chorros de agua a presión que te permitían, si me disculpan el jueguecito de palabras, bastante imbécil por cierto, quedarte como los chorros del oro. En Turquía, en cambio, está feo quedarte con las vergüenzas al aire por mucho que todos seamos varones en la ingle con un fruto. El agua se iba bastante a menudo en la residencia y a veces no te quedaba más remedio que ir al baño turco, que me resultó pintoresco, pero no extraño, a lavarte un poquillo. ¡Pero allí iban todos en calzoncillos! ¿Y cómo puedes hacer para enjabonarte ese curioso surco que se forma entre “cada una de las dos porciones carnosas y redondeadas situadas entre el final de la columna vertebral y el comienzo de los muslos” llevando calzoncillos? ¿Eh? ¿Me lo pueden decir? Un compañero me describió una serie de acrobacias gimnásticas para conseguirlo, pero preferí ducharme con agua fría u hozar en mi propia mugre.

La segunda curiosidad higiénica tiene cierta relación con la primera. Para disimular la falta de agua, yo usaba, y aún lo hago por otros motivos, ese interesante producto llamado des-odor-ante. Mis tres compañeros de habitación lo encontraban una costumbre, como lo diría yo, más propia de la opción sexual no heterosexual, o de un constructo cultural que… ¡Vaya, que lo veían de mariquita, en suma! Les pregunté muy finamente cómo hacían ellos para no apestar como cochinos y me respondieron que se depilaban las axilas (o sobacos). Lo cual me pareció a mí que en mi tierra sería interpretado como propio de una opción sexual que no era la heterosexual precisamente. Ahora con lo de los metrosexuales y demás todo ha cambiado y aquí el personal, no todo, no en el tranvía a hora punta, usa desodorante y en España se depila, pero antes no era así. No señor.

Otra costumbre curiosa de la residencia era que, como hacía más frío que pelando rábanos, el personal no se quitaba los pantalones del esquijama así los mataran. El truco consiste en ponerte los calcetines de forma que cubran la parte inferior del esquijama y luego los pantalones de salir, o sea, los vaqueros. Es una variante de lo que en la milicia llamaban, no me pregunten por qué, “marianos” (¿Quizás por la devoción que el Ejército Español siempre ha sentido por la Madre de Dios?). Lo malo es que cuando cruzas las piernas se te ven unos extraños bultos en los calcetines, que parece que llevas ahí el paquete de tabaco, como aquellos compañeros de colegio que nunca le daban un cigarro a nadie. Pero, bueno, ande yo caliente y ríase la gente.

Sin duda, en esto de la higiene y costumbres similares, lo que más nos llama la atención a los españoles, y es motivo de gozo para muchos, es la manía de quitarse los zapatos antes de entrar a las casas. La idea no es mala, unas zapatillas son más cómodas y, teniendo en cuenta el estado de las calles, más limpias. Supongo que tiene que ver con las alfombras, o al revés, que el uso de las alfombras está tan extendido porque van descalzos por casa. Eso me recuerda cierta guía de Turquía que explicaba que los musulmanes se descalzan en las mezquitas porque como luego ponen la frente en las alfombras, sería una guarrería si están llenas de barro, chicles o lapos que otros han llevado hasta allí en los zapatos. Americana tenía que ser la guía, qué cosa más práctica, se ve que no han leído aquello del Éxodo de «No te acerques más. Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada.» Y mira que son píos y repíos, pero no, a lo práctico.

En cuanto a los pies, a la higiene, a la residencia y a la facultad, me veo obligado a referirme a la foto del principio de la entrada. No es que estén prohibidos los pies, lo que se prohíbe es lavárselos en los lavabos (del aeropuerto). Como supongo que todos ustedes saben, los musulmanes se lavan antes de rezar, y no me resisto a citar La religiosidad musulmana, del padre (cura) Félix María Pareja, libro antiguo pero imprescindible para estos lances:

[…] la ablución ordinaria, que consiste en lavarse tres veces las manos; enjuagarse tres veces la boca; limpiarse con agua tres veces la nariz; echarse tres veces agua a la cara con la palma de la mano; lavarse luego los antebrazos, primero el derecho, hasta el codo; pasarse la mano mojada sobre la cabeza y cuello y también, en su caso, por la barba; escarbarse los oídos con el dedo, y lavarse, por fin, los pies, primero el derecho, hasta el tobillo.

Aparte de que me resulta curioso lo de “escarbarse los oídos”, claro indicio de que se le acababan los sinónimos, el padre Pareja describe una actividad que, casi en su totalidad puede realizarse en un lavabo. Particularmente asqueroso resulta lo de “limpiarse con agua tres veces la nariz”, porque cuando tú vas a lavarte las manos después de orinar, sana costumbre, te encuentras cada mocazo verde que les juro que ahora mismo me dan unas arcadas que me muero sólo de acordarme. Menos mal que en los lugares públicos suele haber más de un lavabo. Bueno, volvamos a lo de antes, decía que casi todo se puede llevar a cabo sin problemas en un lavabo menos, claro está, lo de los pies “hasta el tobillo”. Pues se equivocan. También los pies son susceptibles de ser convenientemente lavados si elevas la pierna en un arco extraño quedándote a la pata coja en equilibrio inestable (conviene inclinar el torso porque, si no, te la pegas seguro). Y ahora se preguntarán ustedes, ¿qué más da que se limpien los pies ahí si previamente han dejado pegados unos cuantos mocos? Pues no es lo mismo, porque como se te vaya la pierna te cargas el lavabo y ahí la ablución ritual se convierte en una cuestión de pasta. Tengo que reconocer que aún me resulta, digamos, pintoresco, entrar los viernes en el retrete de profesores, que para eso tengo la llave, y encontrarme a alguien, cualquier catedrático de Historia, por ejemplo, haciendo equilibrios mientras se hurga los dedos de los pies. Me veo obligado a aclarar que a mayor nivel socio-cultural es más raro encontrar semejantes usos. Por lo general, aunque siempre hay excepciones.

¡Ojo! Que nadie piense que tanta higiene me parece mal. Como dice mi hermana Carmen: “La limpieza en la persona, muchos bienes proporciona” (es un dicho utilísimo porque como lo que rima es “persona” con “proporciona”, podemos usar cualquier virtud en lugar de limpieza. Por ejemplo, aunque resulte un poco absurdo, la palabra “traducción”. Prueben y verán. Serán capaces de darle la tabarra a todos sus allegados). Todo esto de la utilización del agua en Turquía para lavarse me parece mucho mejor que el escaso uso que se le da en algunos países al norte del nuestro. Lo de los baños semanales en que se aprovecha el agua de la bañera para toda la familia, por ejemplo.

A lo que iba es que estas costumbres, que a nosotros nos parecen raras y a ellos no, suelen tener algún reflejo en la literatura que luego tienes que traducir y pueden ponerte en un brete. Como lo de los besos, sin ir más lejos. De todas formas, no hay que ser injustos. Cada vez que me leo un libro de, qué sé yo, Stephen King, me encuentro un montón de costumbres raras y no me parecen exóticas (me acuerdo ahora de una serie en que están mirando qué cenar y cuando uno de los personajes dice que sólo tienen huevos en la nevera, el otro responde que no van a cenar un desayuno; dense cuenta, lo que para nosotros sería una cena típica -tu tortillita francesa-, para ellos era impensable). Lo que quiero decir es que los usos de un país no sólo deberían llamarnos la atención cuando no son occidentales porque en todas partes cuecen habas (aunque dudo muchísimo que en todas partes tomen las habas cocidas, o que tomen habas, ya puestos). Como, además, el lector medio no es estúpido, es de suponer que no le extrañará que las cosas se hagan de manera diferente en otros sitios y, de regalo, aprenderá algo nuevo. Y, así, si va al país en cuestión, podrá hacer realidad eso de “donde fueres, haz lo que vieres” sin llevarse las manos a la cabeza.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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Una respuesta a Enrólate y verás mundo, decían

  1. Sole dijo:

    ¡Menos mal que ya no es de “mariquitas” lo de depilarse! Ahora es más bien de deportistas. Quedó atrás lo de “El hombre y el oso cuanto más peludo (o más feo) más hermoso!!

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