Leña al fuego

Así, no ("No me se peleéis, padre mío")

Pues resulta que el amigo Raimundo Rizo escribió una magnífica entrada titulada “Traductor, sospechoso habitual” en su blog Letras de sastre y se lió una buena. En realidad la entrada trataba de los críticos que opinan sobre las traducciones sin tener en cuenta el original porque, claro, no saben la lengua en cuestión o no la saben tan bien como proclaman a veces. Tampoco tienen en cuenta que en ocasiones el original es un petardo de aquí te espero y que los traductores nos tenemos que apañar con la cera que arde.

Hasta aquí, todo normal. Pero de repente, no sé por qué, en los comentarios se empezó a discutir. O bueno, sí sé por qué. Fue porque Pablo Bouvier (perdonen que sea tan chivato) escribió lo siguiente:

Si hablamos de traducción literaria, un servidor cree que sí se puede hablar de autoría o recreación de la obra por parte del traductor o, al menos, en eso se fundamentan los derechos de autor que los traductores literarios intentan exigir o justificar, aunque un servidor, como traductor técnico que es, no esté de acuerdo con dicho concepto.

Por esa misma regla de tres, un traductor técnico tiene una responsabilidad civil muchísimo mayor que un traductor literario, ya que un error en un manual técnico sí puede conllevar lesiones graves o la muerte del lector, mientras que una traducción literaria raramente puede conllevar la muerte del mismo, a menos que sea de aburrimiento…

Y claro, hubo quien se alarmó con eso de que un error de traducción en un manual técnico te puede matar (por ejemplo, yo mismo, que ahora miro de otra manera las instrucciones de uso de los aparatos y me gustaría poder remitirme al original chino o coreano). Pero, para qué nos vamos a engañar, lo que picó a más de uno fue la frase de “los derechos de autor que los traductores literarios intentan exigir o justificar” porque se ve claramente que los literarios ésos no sólo llevan una vida de molicie y pecado, sino que además se llevan la fama mientras que otros cardan la lana. Pero el señor Bouvier seguía, miren, miren:

No es que los autores técnicos no reconozcamos la autoría de nuestras traducciones, sino que desde los poderes fácticos – entiéndase, el propio estado y, lamentablemente, muchas veces por parte de nuestros propios intermediarios – no se nos reconoce la misma. De no ser así, estaríamos cobrando también o, al menos, intentando cobrar «derechos de autor», al considerarse la traducción como nueva creación a partir de un original.

Lo que un servidor dice es que, por esa regla de tres de los derechos de autor, al igual que a muchos traductores literarios no se les reconoce su autoría (lo primero que hacen ciertas editoriales es exigirte que renuncies en su favor a los derechos de autor, a pesar de ser esto totalmente ilegal), a los traductores técnicos tampoco se nos reconoce nuestra enorme responsabilidad, ya que, de ser así y, sin nos pagasen por la responsabilidad civil derivada que asumimos al traducir, deberían estar pagándonos por lo menos diez veces más que las tarifas estándar habituales, o bien pagarnos «por cada copia o utilización de los manuales que traducimos».

Y ahí, ay, ay, empezamos a mezclar las cosas. Como Davidoffberlin lo dejó bastante claro, me limito a copiar su comentario al comentario sobre el que luego comentaré para que no digan que me dedico a pegar retales:

Creo que Pablo confunde conceptos: a quienes traducimos libros se nos contempla como coautores de la obra por unos motivos X (con los que uno estará o no de acuerdo), pero que en ningún caso tienen que ver con la responsabilidad, la calidad o lo que se quiera. Los derechos de autor no están para premiar la “enorme responsabilidad” de nadie, sino que dependen del tipo de producto del que derivan y al que dan lugar. Ergo: cuando un traductor técnico traduce un libro (con ISBN y toda la parafernalia) de la especialidad que sea (cirugía oncológica, por poner algo) tendrá derecho a regalías, aunque no sea literatura. Por eso, por favor, no sigan diciendo traductor literario, porque la inmensa mayoría tocamos todos los palos de la superproducción editorial […].

Así que dejemos claras un par de cosas:

1) Los que traducimos libros (o artículos, tanto monta, sigue siendo “producción editorial”) también hacemos traducciones “técnicas” y no pretendemos que se deriven de ellas “derechos de autor”. El mismo que esto  suscribe ha traducido bastantes textos legales, turísticos y alguno científico. Sentencias, facturas, folletos, certificados médicos, títulos de licenciado… Ya saben, lo típico. Si ahora lo hago sólo para amigos y conocidos (y para mí mismo) es porque tengo otro trabajo aparte del de traductor que es con el que cotizo a Hacienda, que me da el permiso de residencia y que constituye la base de mis ingresos regulares. Es decir, diferenciar entre “traductor literario” y “traductor técnico” es una falacia porque la mayoría de los traductores “literarios” hacemos también traducciones “técnicas”.

2) En la cuestión de derechos de autor, tenemos que atenernos a la ley de propiedad intelectual. Es posible que dicha ley haya sido redactada por Fú-Manchú (“los poderes fácticos”, la verdad es que no estoy muy puesto en teorías de la conspiración) con la intención de hundir bajo tierra a los traductores “técnicos” como si fueran morlocks, pero es lo que hay. Y dice (la ley):

La propiedad intelectual de una obra literaria, artística o científica corresponde al autor por el solo hecho de su creación.

Es decir, que todo lo que no sea “obra literaria, artística o científica” (por ejemplo, una silla o las instrucciones de una sandwichera) queda fuera de la posibilidad de que podamos atribuirle una propiedad intelectual .  ¿Y de las traducciones? ¿Qué dice la ley de las traducciones si es bastante discutible que sean una “creación”? En el artículo 11 (“obras derivadas”) lo deja bien claro:

Sin perjuicio de los derechos de autor sobre la obra original, también son objeto de propiedad intelectual:

1º Las traducciones y adaptaciones

O sea, que aunque mi responsabilidad, incluso penal, sea mucho mayor cuando traduzco una sentencia judicial, cuando traduzco un libro (por pestoso que sea) de forma más o menos irresponsable, dicha traducción también es objeto de “propiedad intelectual”. Vaya por Dios. A lo mejor es porque el original sí es literario, artístico o científico y habría que hacer el pino con las orejas para que una “obra derivada” como una traducción dejara de serlo.

3) En parte lo que ocurre es que la gente tiene una idea un tanto extraña de los traductores “no técnicos”. Por un lado hay quien piensa que somos unos tipos con barba, gafas, fular y pipa que nos hemos leído todos los libros del mundo, que damos clases magistrales en universidades de lujo donde nos sigue continuamente un cortejo de estudiantes y que sufrimos muchísimo porque nos metemos tanto en el texto que… Bah, lo de siempre. Que somos unos engreídos, en suma. A lo mejor sí, no digo que no, pero tampoco creo que a nadie le sirva eso de mucho. No me imagino teniéndome que quitar de encima  a estacazos a Cindy Crawford (o a la de la primera de Transformers antes de operarse) porque le he comentado como quien no quiere la cosa que traduzco libros y ella se ha quedado tan embelesada que se empeña en entregarme su virtud. En parte, la culpa la tiene gente como aquel crítico (al que, por otra parte, le estoy muy agradecido) que decía: “Finalmente, el obligado y merecidísimo reconocimiento al trabajo de XXX. El re-creador, más que traductor, de la obra de YYY al castellano”. Mire usted, le agradezco profundamente sus buenas intenciones, pero lo que me está diciendo es que ser traductor es poca cosa, así que me planta otro adjetivo que parece más chulo. “¿Traductor yo? No lo quiera el rey del Cielo ni la Virgen soberana, yo soy re-creador”. No, amigo, somos traductores, y a mucha honra.

La otra idea (que tiene mucho que ver con el concepto de propiedad intelectual) es que traducimos un libro (digamos, La crítica de la razón pura) y nos recostamos en un sillón fumando un narguilé mientras unos amables eunucos nos echan aire con un abanico de plumas y ya no hacemos más en la vida aparte de endosar los cheques de esas regalías que nos permiten vivir como muy pocas personas en el mundo. Ésta quizás tenga menos base que la otra. De entrada, depende del tipo de contrato: si lo has hecho a tanto alzado, luego no cobras ni un duro más, venda el libro lo que venda. En los contratos normales en que sí se especifica un porcentaje, suele ser tan bajo que el libro lo tiene que comprar la población entera de China y de la India para que empiece a superar el anticipo que te han dado por palabra. Por ejemplo, yo he traducido algo más de veinte libros (creo, casi todos bastante gordos, por cierto) y sólo cobro regalías de uno (Estambul) porque el porcentaje en general es del 0,5 sobre el precio de venta al público (sí, de un libro de veinte euros cobro por ejemplar, en teoría y en bruto, diez céntimos, dieciséis pesetas y algo más de dos reales) y eso no me da ni para tabaco, para pipas sí, pero apenas como pipas, y la verdad es que el tabaco está que no veas. O sea que lo de cobrar los derechos de autor hay que tomárselo con un granito de sal. Me veo obligado a añadir que el pago por palabra en una traducción “técnica” es bastante más elevado que en una “literaria”.

Aquí la culpa la tiene la propia palabra “regalía” que suena a “regalo” y viene del latín “regalis” que significa (según el DRAE) “regio”. Pues de regalo no tiene nada, y de regalo regio, menos. La palabra “royalty”, sin embargo, suena más a flan o a levadura y se adecua mucho mejor a la realidad (tiemblo como un flan cuando no tengo un libro para traducir porque no sé si me encargarán otro).

4) Vale que por una traducción “técnica” no te pagan “por cada copia o utilización”, pero es que lo mismo pasa cuando se escribe. Si yo escribo un libro, sí que puedo cobrar por ejemplar, pero no con un artículo para una revista. Con los artículos te dan un tanto y tú con un canto en los dientes independientemente de lo que venda ese número de la revista en cuestión porque la obra es la revista y no cada una de sus partes. Vamos a ver si me aclaro con  otro ejemplo. Escribir un artículo (o traducirlo, da igual), no una obra completa, es como cuando Curri Barceló traduce (localiza) un juego de los que de vez en cuando retiran de la circulación porque convierten a los niños en monstruos. Supongo que su nombre aparecerá en esos títulos de créditos tan fastidiosos que te salen cuando has matado al último supercanalla. Ésa es una indicación de que, en teoría, se están preservando sus derechos morales (sección 1ª del capítulo III de la ley), que son la base de la propiedad intelectual. Mejor o peor, pero se los tienen en cuenta. ¿Por qué entonces tiene derecho a, un poner, “exigir el respeto a la integridad” de su traducción y sin embargo no le pagan por juego vendido? ¿Por qué no le pagan un porcentaje a cada uno de los que han intervenido en la creación del videojuego? Pues porque como dice la ley en el artículo ocho (“obra colectiva”):

Salvo pacto en contrario, los derechos sobre la obra colectiva corresponderán a la persona que la edite y divulgue bajo su nombre.

Aunque creo yo que sería más correcto haber escrito “con su nombre debajo” y no “bajo su nombre”. No olvidemos que la ley se aplica sobre todo a personas naturales pero también a personas jurídicas. Por lo que se ve, tampoco al escritor del texto del videojuego le van a dar porcentajes de lo que sacan las grandes compañías (que editan y divulgan el juego).

5) Lo de las regalías, lo de la pasta, viene en otra sección de la ley, normalmente muy mal entendida. La sección 2ª del mismo capítulo III trata de los “derechos de explotación”. Mucha gente cree que a uno la editorial le encarga una traducción, le paga y tendría que irse a escupir a la calle, como quien te pide que le traduzcas el certificado de estudios. Pues no, están muy equivocados. Habría que verlo de otra forma: Yo hago una traducción que se puede vender como producto (algo que no ocurre con un certificado de estudios) y, como no tengo canales para venderla, le cedo esos derechos a una editorial para que la venda y, a cambio, ellos me dan un porcentaje. Ésa es la realidad teórica y legal y no tiene nada que ver con que me encarguen o no la traducción. Es como si hago una silla y no tengo tienda y se la paso a mi primo Paquillo para que la venda en la suya y él me da un porcentaje. En este caso de la silla no se aplican los derechos morales, sin embargo. O sea, si me traduzco el contrato para pedir la seguridad social de emigrantes (aunque a mí mismo no me cobro), esa traducción no la puedo ir vendiendo por ahí porque nadie la querría a no ser algún coleccionista degenerado. Sin embargo, si traduzco alguna obra literaria, artística o científica, puede que sí haya quien la quiera comprar (la traducción), aunque sea de muy mal  gusto. Ahí está el truco del almendruco.

Es decir, un manual técnico como el de montaje del ventilador que tengo puesto, que aquí no hay quien pare de calor, (a) no se puede considerar una obra puesto que, si la hubiera, sería el ventilador, y (b) las instrucciones no sólo forman parte del ventilador (presunta obra colectiva), sino que además no son literarias, artísticas ni científicas lo miremos como lo miremos. Lo traduzca o lo escriba. ¿Injusto? Es posible, pero la propiedad intelectual no tiene nada que ver con el tipo de trabajo sino con el tipo de obra. ¿Que como no me ande con cuidado me puedo pillar un dedo con las aspas, lo que “conllevaría lesiones graves”? Una verdad como una catedral. ¿Que se deberían pagar mejor las traducciones “técnicas”? Pues igual, mira, y las “literarias” también, ya puestos. ¿Que los manuales técnicos deberían tener derechos de explotación? Eso es más discutible. Entre otras cosas porque no están concebidos para ser explotados comercialmente sino para cumplir una función específica.

En fin, seguro que se me ocurrirían más cosas si me pusiera a pensar, pero hace mucho calor. Así pues, resumiendo, lo que quiero decir es que me fastidian mucho esas divisiones entre traductores “literarios” y “no literarios” y “técnicos” y “no técnicos” porque todos hemos hecho, hacemos o haremos de todo y porque, en realidad, sólo somos traductores. Con todo respeto, siempre me ha parecido más bonito, no más interesante, que ser proctólogo. Y, por cierto, a ver si los traductores “literarios” nos miramos las leyes que nos interesan, que a veces vamos de listos y nos las dan con queso.

Philippe2+Jean1+paix

Así, sí ("Hala, darse un besito")

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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15 respuestas a Leña al fuego

  1. Alicia dijo:

    Regalito de la casa que viene a cuento: http://www.esponjiforme.com/weblocke/2008/10/senilidad-divino-tesoro.html
    A ver dónde lo abres, que yo lo abrí en una biblioteca silenciosa donde iba por lo de la wifi y casi me echan.
    Es interesado, por si te sale un post, que me río mucho con tus cosas, aunque nunca has provocado que me echen de una biblioteca 🙂
    (vía Berna Wang)
    Besos mil
    Alicia

    • Siempre hay que cuidar el silencio de las bibliotecas. Más de uno podría despertarse. Agradezco el enlace, aunque la entrada me ha dado mucha pena. Igual es que tengo el día tonto (o senil). Un abrazo.

  2. ¡Guau! Me has mencionado y todo. Me has pillado por sorpresa (aún me late el corazón) 🙂

    A ver, vayamos por partes. Estoy de acuerdo contigo sobre que los traductores literarios se “merecen” derechos de autor porque la obra original también los tiene. Al que ha escrito un manual de una sandwichera, no le pagan derechos de autor, por lo tanto, al que traduce ese manual tampoco le deberían pagar.

    En el caso de los videojuegos es algo mu’ turbio. Diría que solo Nintendo menciona en los créditos los nombres de los localizadores, porque los tiene internos. SEGA también los tiene internos pero creo que no los menciona. Square Enix los tenía internos y tampco sé si los menciona o no (¿algún jugador de Final Fantasy por aquí que se haya tragado los créditos?). El resto de compañías, como utilizan (por desgracia) agencias, pueden o no mencionar dicha agencia. He visto (y traducido) casos en los que sí, en los que se menciona la empresa de localización y la emrpesa de testeo, y otros muchos en los que no se les hace ni caso.

    Ahora bien, ¿qué opino yo? Creo que, al menos una mención, debería hacerse. Primero, porque si la localización es buena, los jugadores pueden felicitar al traductor. Segundo, porque si es mala (como ocurrió en Little King’s Story: http://traducistes.blogspot.com/2010/11/little-kings-story-y-el-escandalo-de-su.html) puedes poner nombres y apellidos al que ha destrozado un buen juego. También es una prueba para nosotros de que hemos traducido ese juego (sí, yo tengo una lista de juegos monísima, pero también podría mentir, como mucha gente mientre en su CV).
    Lo de pagar derechos de autor… pues eso, por lo que dices, porque son derechos morales y mi obra seguramente acabe megaeditada antes de salir a la venta (de hecho, he visto algunos juegos de los que yo traduje y no reconozco algunas de las palabras… si queréis que os diga cuales, enviadme un privado y me chivo). Sin embargo, si tenemos en cuenta de que un videojuego es, en parte, una traducción audiovisual, y que las traducciones audiovisuales sí generan derechos de autor y que deberían también pagarse derechos de autor al subtitulador/doblador (cosa que creo que no se hace, o al menos, no se hace en todos los casos). PERO, como bien dices, nadie paga derechos de autor al programador que ha escrito todo ese texto que después yo he traducido, así que, ¿por qué tendría que recibir yo derechos de autor? Sí, me estoy tirando piedras al tejado, pero prefiero luchar por que mi nombre esté en los créditos. Si luego, además, quieren pagarme por derechos de autor, pues mejor. O sea, sí, nos merecemos derechos morales.

    Ah, otra cosa, cuando era tester sí que ponían mi nombre, porque trabajaba dentro de la misma emrpesa (ay, cómo echo de menos esos años). Pero si, por ejemplo, necesitábamos un extra y contratábamos a alguien de forma temporal, el nombre de esa persona no se ponía. Sí, es injusto, pero diría que la industria de los videojuegos no quiere mencionar a gente que no tiene en plantilla. De hecho, existe el caso de un videojuego que testeé allá por el 2005, Freerunning. Sin embargo, cuando ya estaba acabado, justo antes de publicarlo, hubo un follón con el desarrollador, y la empresa en la que trabajaba vendió el desarrollador a otra empresa, y el juego ese se quedó acabadito en la estantería… del desarrollador. Un par de años después, ese desarrollador decidió publicar el juego tal y como estaba, pero el único cambio que hicieron, fue quitar toda referencia de Eidos (la empersa en la que yo trabajaba) de los créditos, incluidos los pobres testers que nos tiramos un mes compitiendo entre nosotros por conseguir más puntos. 😉 Sí, me jodió mucho que hiciesen eso. Me parece fenomenal que acabasen a palos con la empresa, pero no es mi culpa, y una mínima mención de alguien que prácticamente retradujo el juego (porque las traducciones que nos enviaron eran una caca), se hubiese agradecido.

    Veo que hay mucho de qué hablar aquí. Yo solo he comentado dos de los puntos en los que tengo experiencia 🙂
    Estaré a la escucha, que me huelo que esto levantará polémica 😉 Gracias, de nuevo, por la mención.

    • De nada, siempre me ha interesado el mundo de la localización de los videojuegos y me encanta conocer a alguien del mundillo. Quizás no haya sido demasiado claro en la entrada (no me gusta serlo) pero en las obras colectivas en general nadie cobra un ochavo de royalties aparte del que las publica, por eso los localizadores no los cobran. Otra cosa son los derechos morales. No sabía que sólo Nintendo mencionaba a los localizadores en los créditos. La verdad es que a las demás compañías no les costaría ningún trabajo hacerlo aunque luego nadie se los leyera. Como dices, ahí quedaría el nombre para bien o para mal. De todas formas, por lo que he podido ver y por lo que cuentas, lo de los juegos es una auténtica jungla. Leí por ahí la historia de “Vampire, the Masquerade” y era un follón de mil diablos. No es de extrañar que mucha gente se quede atrás, pero eso no justifica que te arrebaten tus derechos morales. Un abrazo

    • Se me olvidaba. Contra todo esto, lo mejor es la unión. ¡Asóciate (a lo que corresponda)!

    • Alucino con el enlace que me has mandado. Pero estoy contigo: la culpa es de los jefes que pusieron a la venta un producto así. Cuando leo una novela mal traducida, no me cabreo con el traductor (probablemente algún jovencito mal pagado) sino con el editor que se atreve a poner en la calle un libro en esas condiciones.

    • Eduardo López Herrero dijo:

      Me pasaba por aquí y al ver que se hablaba del tema de los créditos traductoriles, sobre todo en relación con empresas que me han dado bastante alpiste, no he podido menos que meter cuchara (alentado por el hecho de que el dueño de casa se muestra interesado en conocer a gente del mundillo).

      Square, que yo sepa, siempre ha mencionado prolijamente (en el buen sentido) a los traductores en las listas finales de créditos y también en los manuales esos que nadie lee. Esto ha sido así, al menos, desde el primer Final Fantasy traducido al español, el VII. El primero que yo perpetré fue el VIII, y hasta ahora mantienen esa sana costumbre sin distinguir entre personal de plantilla y externo (yo siempre pertenecí a este último grupo, aunque haya trabajado por lo general en las oficinas de la firma).

      En cuanto a Nintendo, cuando estuve en su cuartel de Fráncfort haciendo un Zelda tuve que librar una batalla campal para que nos acreditaran a los “de afuera”, puesto que el departamento legal temía que algún ambicioso traductor intentara reivindicar sus derechos de autor. Finalmente, logré convencer a la jefa del proyecto de localización (y ella a su jefe, supongo) de que esa decisión no pertenecía a los abogados. De modo que nuestros nombres pueden verse después de cargarse al jefazo, aunque no en el manual (en el que, dicho sea de paso, no figura ni siquiera el director del juego). Pero de esto hace mucho; no sé si habrán seguido así, aunque es casi seguro que aún contratan gente externa.

      De todos modos, ahora hay otros medios para que se sepa de qué traducciones se puede culpar a uno; existen bases de datos como MobyGames e incluso (cosa que me sorprendió cuando lo supe, hace poquito) IMDb. Ver ahí tu “filmography by year” (aunque muy incompleta), al lado de los grandes del otro arte, produce un cosquilleo nada desagradable.

      • Muchas gracias por la información. De todas formas, el departamento legal de Nintendo tendría que repasarse las leyes porque es imposible que cualquier ambicioso traductor reivindique otros derechos de autor que no sean los morales (y el principal es que aparezca tu nombre). No ser invisibles es nuestro primer derecho (y sí que da un cosquilleo agradable).

  3. julesintheattic dijo:

    Fantástico artículo. Mi enhorabuena y respeto.
    Julia

  4. Eduardo López Herrero dijo:

    Rafael, me he sentido muy identificado con tu reacción a aquello de “re-creador, más que traductor”. Cierta compañía de videojuegos (leyendo mi otra entrada no será difícil adivinar cuál) en un momento sintió que no estaba otorgando a sus traductores el “estatus” que se merecían y creó la categoría de “localization specialist”, a la que se acogieron los traductores de la versión inglesa y algún otro. Yo contesté: “¿Especialista en localización? Eso lo hace cualquiera. A mí me pone ‘traductor'”.

    • Siempre me acuerdo de mi hermana mayor y de lo contenta que estaba cuando por fin dejaron aquello de “ayudante técnico sanitario” y volvieron a “enfermera”. ¿Es que tiene algo de malo ser enfermera (o traductor)?

      • Eduardo López Herrero dijo:

        Pues no te imaginas las cosas que hay que ver y sufrir aquí en Japón, encima en inglés transliterado (mi teoría es que, en japonés, les daría demasiada vergüenza).

        Los conductores de cierta línea de autobús son “saabisu purobaidaa” (service providers) y una cadena de supermercados no tiene cajeras sino “guriitingu sutaffu” (greeting staff). Toma ya.

  5. Gracias por la mención, Rafael. Yo también tengo mi cruzada particular contra la idea del traductor de libros como sujeto con “barba, gafas, fular y pipa”: ¡nunca en la vida me he dejado barba!

    • Yo lo intento en verano, pero me sale muy fea, y pica, y da calor. El problema es muy simple: como nos vemos obligados a leer lo que no pasamos por el gúgeltransleichon, nos toman por intelectuales. Y los intelectuales tienen que ser muy finos y muy listos. Así, cuando les preguntan algo, pueden dar respuestas muy largas y nunca dicen “no sé”.

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