Notas lingüísticas de una breve estancia en la capital del principado de Kiev

Un traductor cabizbajo y meditabundo avanza cual cuadro de Eduardo Úrculo, polvo, sudor y hierro, hacia otra más de las iglesias del monasterio de Lavra, allá donde el ciego sol se estrella

Aprovechando unos días entre los exámenes de repesca y la convocatoria graciable o como demonios se llame, Mª Jesús y yo nos hemos ido a Kiev para visitar a nuestra amiga Teresa y, de paso, ver tan interesante ciudad. Como quien esto suscribe y escribe siempre está a la que salta para luego añadir contenido interesante a este su blog de ustedes, he andado, y mucho, fijándome en todo lo que tuviera que ver con el mundillo de la traducción, los traductores y los idiomas. Que luego no digan que no hago mis tareas y que no me preparo las entradas.

Lo primero que pude observar es que Ucrania no es un país muy acostumbrado al turismo. Existe la posibilidad de que sí estén acostumbrados pero que los turistas les importen un pimiento, aunque ése sería otro problema. Todo está en ucraniano, lo cual tiene bastante lógica, y, si acaso, en ruso. Yo me creía que sería por lo de la URSS y Stalin y eso, pero ahora mismo veo en la wikipedia que “En Kiev se habla tanto ruso como ucraniano, un cambio notable desde el pasado reciente cuando la ciudad era principalmente rusoparlante”, cosa que ignoraba. Me resulta bastante curioso porque, a juzgar por la poca prensa en inglés, le tienen una manía a los rusos de agárrate y no te menees, como para andar llamando “tovarich” al personal, que igual te cascan y todo. Luego volveremos un poco sobre ese asunto, pero a lo que iba es que ya podían poner algún cartel en letras latinas porque te puedes perder con mucha facilidad.

Uno hizo sus pinitos de griego en el cole, y eso le permite llegar a la primera e insospechada conclusión: el alfabeto cirílico no es el alfabeto latino, pero tampoco el griego. Yo empecé a mosquearme cuando en todos los anuncios ponía algo de revoluciones por hora (rph) porque no tenía ni pies ni cabeza con publicidad de, por ejemplo, una oferta de vasos de duralex. Luego me di cuenta de que era la abreviatura de grivna, la moneda local (гривня). Es decir, saber leer las letras griegas te ayuda, claro que sí, pero aunque leer “metpo” resulte chupado, no confíes en ser capaz de preguntarle al jefe de estación, bastante poco amigable, por cierto, por “Поҹтовая площадъ” porque en lo que tardas en balbucearlo se te han ido tres trenes por lo menos. Así que no nos pongamos chulitos con aquel notable del bachillerato.

Descifrar un cartel no lo es todo, también tienes que saber llegar a los sitios y de ahí que te veas obligado a preguntar. Y lo malo de preguntar es que te responden. En ucraniano y, si te quedas tal cual, sospecho que te lo aclaran en ruso a ver si te enteras; pero, para mí, tanto monta. A la portera de Teresa, sin ir más lejos, le preguntamos en inglés cómo se iba al metro y nos soltó una parrafada que nos dejó patitiesos. Como vio que no nos enterábamos, frunció el ceño y nos volvió a soltar otra (que es la que yo sospecho que estaba en ruso) sin mejorar en mucho los resultados. Menos mal que luego nos encontramos a un muchacho que tenía don de lenguas y nos dijo eso de “one street, niet; two street, yes” mientras agitaba el brazo derecho en la misma dirección (o sea, hacia la derecha). Más claro que el agua, oye. Y es que el inglés no campa por sus respetos en Ucrania, no. Incluso hubo quien nos preguntó “Do you speak German?”, que tampoco lo speakeamos, pero no está mal preguntarlo por si acaso.

Para aclarar esta curiosa situación de preponderancia del ruso y debilidad del anglosajón hay que hablar antes del dimorfismo de la población ucraniana, tanto sexual (el más curioso), como generacional (el que aquí nos interesa). Los ucranianos “presentan dos formas o dos aspectos anatómicos diferentes” (DRAE) según el sexo y la edad. Los jóvenes los presentan según el sexo. Ellas son, y sé que generalizo y que no debería hacerlo y que siempre hay excepciones, rubias, altas y de buen ver y se desplazan sobre unos zancos altísimos, de unos tres metros, probablemente herencia de cuando Yul Brynner andurreaba por los pantanos de Polonia. Esto de los tacones tiene la ventaja de que nos permite decir a los españoles, siempre tan amigos de desmitificar: “Las ucranianas no son tan altas, pero, claro, con esos taconazos…”. Y te lo aseguro yo, que para eso mido metro y medio, no te fastidia… ¿Y lo del rubio? Será camomila intea o que se lavan el pelo con jabón, ¿no? Ellos, los varones jóvenes, tienen un desenfadado aspecto de entre camionero (con todos los respetos para tan noble profesión) y expresidiario (y casi podríamos quitar el “ex”) que quedaría muy bien con unos modernos y elegantes tatuajes de “amor de madre” o del Cristo legionario (ortodoxo). Hacen unas parejas muy curiosas, la verdad.

En general, y si no te conformas con mucho, te puedes entender en inglés con los jóvenes siempre y cuando no pretendas charlar sobre la crítica de la razón pura. Los mayores se diferencian de los jóvenes en que todos tienen un aspecto soviético que no veas, sobre todo las señoras, que son de un robusto de aquí te espero y con pinta de llevar el manojo de llaves de la despensa del Gulag. Todavía se me pone el pelo de punta del susto cuando me acuerdo de que le preguntamos a una encargada del museo de Historia por el retrete (“The toilet, please?” que tampoco es cosa de dar más explicaciones) y nos respondió con un vigor jupiterino: “Toilet? Underground!”, que no sabíamos si nos mandaba al metro a hacer pipí o directamente a las calderas de Pedro Botero (resultó estar en un pasillo del sótano). Este grupo generacional no parece saber mucho inglés, quizás por aquello del imperialismo y tal. Bueno, tampoco es que sea absolutamente necesario siempre. Estaba tomándome un agüita con gas totalmente torrado y deshidratado cuando se me acercó un señor y empezó a decirme algo así como: “Ми сім братів, ми живемо в хатині в холодній і труднощі” (no sé si estará bien, acabo de pasarlo por el traductor de las gafas), que claramente quería decir que eran siete hermanos y que vivían en una chabola pasando fríos y penalidades, etc. Por si acaso, el chico del quiosco me lo aclaró: “He wanted money”. Ya me lo imaginaba, ya, pero los jóvenes siempre andan deseosos de practicar inglés (“Water? Gas or no gas?”). Mª Jesús se moría de la risa porque yo le hablaba en español a la portera de Teresa, pero, ¿qué más daba en inglés o en español? Si me entendía igual y luego ella me respondía en ucraniano y se quedaba tan ancha… Así que yo le plantaba mis “A los buenos días” y ella me contestaba “Доброго ранку” y los dos más contentos que unas pascuas sin complicarnos la vida.

Con estos viajes es que se da uno cuenta de lo valiosos que son los traductores. Anda que si hubiéramos tenido un intérprete… Como no lo teníamos, nos movíamos en un mundo analógico, es decir intentábamos buscar analogías entre el griego y el cirílico o entre ambos mundos y culturas (¿cuáles?). Un poner; en el metro había un anuncio que ponía, pongamos por caso (es que no me acuerdo): KJBHCNHBF Vnhvdacbnbv, платина, hjgfxgnv. Pues está clarísimo, como la tercera palabra es “platino” y el anuncio era amarillo, tenía que ser “COMPRO, oro, platino, plata”, que tampoco era un vocabulario que nos sirviera de mucho para cinco días porque no tuvimos que empeñar nada, gracias a Dios. Junto al proceso analógico había otro de digitalización o, como se dice técnicamente, de digitoglosia. Es decir, como no sabes explicarte, señalas lo que sea con el índice de la mano derecha (habitualmente), luego te lo frotas con el pulgar mientras guiñas y después haces como si escribieras en el aire (eso quiere decir: “¿Tendría la amabilidad de escribirme en un papelito o similar el importe de ese producto cuya compra podría interesarme, joven y apuesto caballero o joven y bella señorita?”, porque en el lenguaje de los signos no hay género gramatical). Y entre unas cosas y otras, te vas apañando mal que bien.

Y ahora pasamos a la reflexión de Petete: a veces nos viene bien a los del gremio de los idiomas (profesores y traductores o ambas cosas) darnos una vuelta por un país donde no tenemos muchas posibilidades de entendernos en ningún idioma que chapurreemos. Es como volver a la esencia de la traducción, intentar comunicarse como sea y lograrlo. Si no me creen, prueben a comprar un pan en un colmado de Kiev, que los tienen detrás del mostrador y no se pueden señalar. La diversión está garantizada, pero al final ellos te lo venden y tú consigues llevarte tu pan. Se ve que entenderse (el puente, las culturas, etc., etc.) en el fondo es cuestión de buena voluntad, así que no me vengan con zarandajas.

P. D. Conviene no olvidar un hecho demostrado científicamente (por científicos soviéticos, por cierto): los extranjeros están sordos. No nos olvidemos de los gritos y los manoteos sin llegar al extremo de que te tengan que encerrar en el cotolengo y tirar las llaves. ¡Ay, ojalá se pudiera traducir libros a grito pelado!

(Háganme el favor de oírme esto mientras contemplan la foto de abajo)

Славься, Отечество наше свободное, Дружбы народов надёжный оплот! Знамя советское, знамя народное Пусть от победы к победе ведёт!

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Notas lingüísticas de una breve estancia en la capital del principado de Kiev

  1. ¡Muy divertida esta entrada! Cuando mi novio se vino conmigo a pasar unos días en Rusia también le pareció alucinante la diferencia entre los hombres (¡muy bien descritos!) y las mujeres que se ponen los tacones y se maquillan hasta para sacar la basura. Sinceramente, yo que he nacido en Rusia y he crecido ahí, aún no entiendo por qué hay esa gran diferencia, que además creo que sucede en la mayoría de los países eslavos.
    Te recomiendo también visitar Moscú y San Petersburgo.

    • Bueno, yo hablaba de Ucrania. La verdad es que preferiría haber ido a Rusia, aunque de todas formas, la gente creerá que es lo mismo. Me imagino a mis sobrinos: “¿Ucrania? Eso están en Rusia, ¿no?”. Ya tengo tema de conversación para el verano. Leí en un The Economist sobre Ucrania que tenía mi amiga Teresa que lo del maquillaje de las mujeres es porque si no, no se comen un rosco, laboralmente hablando. Como seas fea, tienes poco futuro en la empresa, baby, o algo así. Muy, muy triste.

  2. Félix G. dijo:

    Es un poco largo, pero tiene su miga. Lo escribí para recomendar el sitio a unos amigos.
    Sólo repitieron las raciones, no el error.

    Todo empieza con un “listillo” de paseo con su esposa y la madre de esta por Estambul y dispuesto a practicar con las cuatro palabras turcas que conoce. Al salir de la mezquita de Rüstem Paşa y cerca de sus pórticos descubren el puesto de pescaditos fritos donde comieron con gran placer en un viaje anterior. Es mediodía y el olor irresistible, se sientan los tres dentro en vez de en la estrecha y concurrida calle.
    “Üç” (tres), dice el listillo, señalando un plato de pescaditos. “Ve” (Y) “iki” (dos) “coca-cola” (eso está claro) “ve” (y) “bir su bardak” (un vaso de agua). ¡Qué a gusto comieron las tres raciones!, ¡cuántas sonrisas compartieron con la familia turca (padre, madre, chico y chica) que se sentó a su lado en la calle, y que les reconoció como extranjeros! “ ispanioludz” (somos españoles) les había dicho el listillo.
    Tan a gusto y relajados estaban que decidieron pedir dos raciones más. El signo es internacional; mostrar dos dedos de una mano. Si estás en Turquía y además sabes decir “iki” debería estar todo resuelto… ¡Pues no!
    El chico que vino no entendió. El dueño vino con la cuenta para decirnos que habíamos comido “üç” y teníamos que pagar “üç”. Y por la cara que ponía dejaba entrever que dejáramos de hacernos los listillos e intentar escamotearle una ración. Al ver la situación la señora turca y su hija que hablaban un perfecto inglés mediaron, pero con escasos resultados, la única palabra inglesa que hubiera salvado al listillo, “more” (más) había desaparecido de su acalorada cabeza. Acalorada, pero con una chispa de inteligencia suficiente para “soltar las riendas” y decidir que quizás habían comido suficiente. Pagarían “üç” y se irían en paz. La cosa se empezaba a poner seria de verdad.
    La señora de la familia turca por fin pareció entender, sonrió ampliamente, le dijo algo al encargado en turco y la cara de este se transfiguró. No sabía cómo disculparse, al listillo, se le escapó el más sincero ¡Alá es grande! de su vida, tomó la mano del encargado y le dijo “ben ve sen, arkadaşlar” (tu y yo, amigos). Todos rieron la ocurrencia y confirmaron la naciente amistad entre desconocidos. Comieron las dos raciones extras y pagaron “beş” (cinco). Se demostraba una vez más que “algo superior” (esta vez cerca de los pórticos de la mezquita más coqueta que construyera Sinán) podría desliar los enredos que construimos por nuestras limitaciones los humanos…
    El listillo

    • ¡Qué viajes más aburridos si no fuéramos metiendo la pata con las cuatro palabras que nos aprendemos del idioma nativo del lugar! Todavía me río cuando me acuerdo de mi padre en París presumiendo de una de las pocas palabras que sabía en árabe (cinco, hamza cuscús) y el rollo que le marcó el camarero (que igual le estaba vacilando, y por eso le aconsejamos que usara otra, muy insultante, consejo que no siguió). Gracias por el aporte y salud.

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