Teóricamente, la teoría no sirve para nada (2)

Primero, las confesiones: soy filólogo de formación y profesor de un departamento de filología y traductor de profesión (o profesiones, para ser más exacto). ¿Qué quiere decir eso? Sobre todo, que no estudié traducción e interpretación con la esperanza de que me contrataran ipso facto para traducir el nuevo Total War o en la ONU como intérprete de Obama. Y no estudié esa carrera porque no la había, que si no, cualquiera sabe. En fin, confesados mis pecados, sin propósito de enmienda, aunque a veces me entran ganas, se pueden suponer que a mí lo de las teorías me gusta más que un bony de verano. ¿Y eso? Pues velay, como soy profesor, en algo me tengo que entretener. Sin embargo, tras una profunda observación de mi alumnaje he podido comprobar que, por lo general, los presuntos estudiantes no comparten mis gustos. Eso puede deberse a dos causas principales: a) ellos no son yo; o b) yo no soy ellos. Hay una tercera causa también: las teorías no les interesan porque no les ven utilidad. ¿Por qué no se la ven? Porque no la tienen (inmediata y para ellos, añado). Yo me he pasado bastante tiempo dándole vueltas a este asunto porque, como decía Miguel Sáenz en algún sitio, los traductores nos pasamos mucho tiempo sentados delante de una pantalla de ordenador y nos da por pensar. Como el fruto de tantas meditaciones puede venirme bien en mi faceta de profesor universitario, pues miel sobre hojuelas. ¿Por qué a mi me gustan las teorías y a ellos no?

De entrada, hay teorías y teorías. Les voy a poner aquí abajo el famoso cuadrito que hizo Holmes, en la versión de Toury, para ver si nos aclaramos. Que no es que me lo haya inventado yo, no. Además no sólo sirve para los estudios de traducción, sino que le se puede echar un apaño y adaptarlo, por ejemplo, a la física cuántica, supongo. Aquí lo tienen:

Visto un cuadro, vistos todos. A lo que iba. En mi opinión, los estudiantes de traducción pueden ver como tres grandes campos de la teoría:

1) La teoría teórica: Ésta es tremebunda y, sin embargo, tiene un enorme éxito porque permite citar frases místico-herméticas que son muy bonitas y nadie entiende. Coincide con los palitos “pura-téorica-general” del cuadrito. La hay de dos (sub-) tipos. a) La lírica, que consiste en dejarse llevar y hacer metáforas muy enrevesadas: “Traducir es embarcarse en la galera que surca el mar del lenguaje como un marinero sin patria que busca a su Moby Dick entre las algas de la incomunicación de los océanos globales”. ¿Qué será eso? Chuli, ¿verdad? b) La científica, que siempre empieza con una frase como: “Dadas la confusión y la imprecisión terminológicas actuales es necesario crear un metalenguaje. Así pues, proponemos llamar al fenómeno conocido como ‘traducción’, ‘procesamiento intersemiótico sináptico’ (PIS)”. Sin duda, es tremendamente divertida porque permite unas discusiones en congresos y simposios de agárrate y no te menees, por no hablar de su fertilidad en lo que respecta a artículos y demás del tipo “Precisiones terminológicas sobre la teoría de Fulanito”.

Ambos tipos a veces tiran hacia la filosofía del lenguaje o la lingüística (especialmente el segundo, pero, total, también la filosofía del lenguaje tira a veces hacia la lingüística y viceversa).

Utilidad práctica: comerte el tarro cuando no hay nada interesante en la tele (por ejemplo, Dexter).

2) La teoría catecísmica: llamada también normativa. Ésta puede ocupar varios palitos del cuadro según sea de un tipo o de otro. De todas formas, lo que se pretende es que si la teoría teórica es de pensar (como el Kempis), la normativa te dice lo que hay que hacer (como el catecismo). Mientras que la primera es muy difícil de hacer porque necesita un alto nivel de abstracción, ésta es más fácil. Basta con que te agarres el metalenguaje de los de antes y pontifiques cómo hay que traducir porque tú eres más listo que nadie (ergo, los demás son más tontos). Lo del matalenguaje lo sufrimos mucho los que tenemos que leernos cosas de enseñanza de español a/para extranjeros. La idea principal es que los demás no se enteren y podamos reconocernos los del club. O sea, si me pongo la chaqueta de pana y las botas de suela de tocino, cualquier progre podrá identificarme como su hermano del alma; pues si digo “el aprendiz en el aula de ELE”, cualquier profe que haya sufrido un cursillo del Cervantes podrá saber que soy también miembro de su cofradía. En los estudios de traducción lo que tiene usted que hacer es, simplemente, decir, qué sé yo, que los nombres propios en chino hay que traducirlos porque si no se pierde el significado del campo semántico esencial y que eso se llama “transnominalización”. Y que luego venga otro y diga que no se traducen porque con la transnominalización se produce una adaptación cultural imprevista a la que hay que llamar “esencialidad ajena” y que es algo muy malo y muy feo.

Una subdivisión de este tipo de teoría es la que entra en el palito de “crítica”. De la crítica periodística de las traducciones no voy a hablar porque no existe. La académica es estupenda porque no requiere un gran esfuerzo. Coges cualquier traducción y una lupa y vas mirando todo lo que a ti no te parece bien y explicas lo bien que lo habrías hecho tú. Aunque esto último ni siquiera es necesario (veánse los trabajos de mis estudiantes de postgrado), con que pongas verde la traducción, ya vale. Eso sí, hay que justificarlo. ¿Que alguien ha traducido “almohada” por “pillow”? Pues te rasgas metafóricamente las vestiduras y dices que “pillow” no recoge las connotaciones árabes del original.

Utilidad práctica: cuando alguien te está tocando las narices, puedes echarle en cara que no tiene ni idea  (“¿Seguro que eso se dice así?”. “Pero, pero, ¿tú te has leído el libro de Mengano? Pues te callas, porque deja bien clarito que lo que he hecho está bien”).

3) La teoría enciclopédico-crucigramática: También se llama “estudios descriptivos de traducción”. Son tan ilustrativos como una enciclopedia y tan entretenidos y pedagógicos como un crucigrama (para quien le gustan). Consisten en buscarte unas traducciones cuanto más raras mejor, estudiarlas y explicar lo que se te ha ocurrido sin usar el famoso metalenguaje (¡por fin, gracias a Dios!). Esto permite que te pueda leer cualquiera, pero no lo van a hacer porque, la verdad, a muy pocos friquis les interesan lo más mínimo “Las traducciones al swahili de las tablillas turdetanas de Cádiz en el siglo XVIII”. Eso sí, suele ser la mar de entretenida. Sobre todo porque les encanta hablar de las cochinadas de Catulo (y de Shakespeare, que también era bastante guarro).

Utilidad práctica: el saber no ocupa lugar.

Bueno, pues después de haberlas puesto verdes, otra confesión: me lo paso como un enano con los tres tipos de teorías y otros que hubiera o haya. ¿Que si soy masoquista? Espero que no, pero me sirven para pensar. Para eso los seres humanos somos superiores a otros animales, por ejemplo al escarabajo pelotero.

Si pensar es bueno y la teoría sirve para pensar y en la universidad pueden explicarte la teoría para que la entiendas, ¿cuál es el problema (“er poblema”) entonces? Cuando yo empecé la carrera estaba de moda decir que la selectividad era una barbaridad porque la universidad era cultura y la cultura debía estar al alcance de todos (no olviden la chaqueta de pana y las botas de suela de tocino si lo dicen). ¿Resultado? Que se bajó el listón porque si tiene que ser para todos no te vas a ir por las ramas y que no se enteren más que cuatro. También por entonces se hablaba de lo que ahora está más de moda: que la universidad tiene que responder a las exigencias del mercado laboral. ¿Resultado? Que la teoría se deja de lado porque no tiene una aplicación práctica directa. Entiendo a los padres que quieren un futuro mejor para sus hijos (por cierto, ¿les preguntan su opinión a los hijos sobre lo que es “un futuro mejor”?) y a los estudiantes que después de unos pocos de años de hincar codos esforzándose en tener unas notas dignas (algunos, no todos) esperan salir con el título debajo del brazo y que un buen samaritano les dé un trabajo que corresponda a ese futuro que sus padres soñaban para ellos.

¡Ay, pero así no funciona el mundo!  ¡Qué cosas! Y a lo mejor salimos igual de mal preparados para el mercado laboral y encima somos un poco más burros. ¿Quién sabe?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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