Para ser traductor de primera

Ivan Bilibin 062

¡Pues sí que me ha costado trabajo superar esta entrevista! ¡Con razón me dijo mi madre que me afeitara!


¡Ea, pues ya hemos acabado la carrera! ¿Y ahora qué? Hace poco alguien (creo que el Malapartiana) se preguntaba cuántos artículos habría sobre cómo ser traductor. Ni lo sé, ni me importa mucho. Pero he decidido aportar mi granito de arena a tan apasionante asunto. La verdad es que no estudié traducción e interpretación ni sé muy bien cómo acabé traduciendo libros, así que no debería de ser el más adecuado para opinar, pero como tengo imaginación, pues me lo invento. A mi favor tengo dos cosas: a) acabé la carrera hace unos días (bastantes, miles; o bastantes miles); b) soy traductor. O sea, he conseguido lo que tantos estudiantes quieren. No nos entretengamos más y pasemos a los sabios consejos.

¿Qué se necesita para ser un traductor de libros de primera (acelera, acelera)?

Si quieren saber qué hace falta para ser un buen traductor, váyanse a otro blog, que hay muchos. O foros como ése donde una joven pregunta “¿Que se necesecita para ser un buen traductor?” porque “voy en 5 semestre ya casi 6 semestre”, y, por lo tanto, “quisiera que me ayudarán… Espero y me la puedan contestar”. En fin, esto es lo que hay… Vamos allá, ¿qué se necesecita para ser traductor, pues?

1) Adaptabilidad: Todos sabemos que cuando acabamos la carrera nuestro currículum vitae cabría sobradamente en una de esas hojitas que te reparten los (ciertos) sordomudos cuando estás tomándote una horchata en una terraza, o en una estampa de primera comunión. Así que lo más importante es que demostremos nuestra capacidad de adaptación adaptando nuestras experiencias vitales a un formato curricular. Un poner, tengo entendido que para traducir son importantes los idiomas; por lo tanto, tendremos que insistir un poco en eso. Supongamos que de pequeño fui monaguillo. Cualquier ser humano vulgar podría pensar que no sirve para nada, pero, si lo adaptamos, podremos incluir en nuestro CV “Latín: comprensión: excelente” (si usamos el Europass pondríamos en “autoevaluación” nivel C1 ateniéndonos a eso de “Comprendo discursos extensos incluso cuando no están estructurados con claridad y cuando las relaciones están sólo implícitas y no se señalan explícitamente”, teniendo en cuenta que lo que decía el cura muy probablemente no estuviera “estructurado con claridad”. Si nos preguntan, responderemos que hablaba “de Dios, del pecado y de esas cosas”).  En caso de que en nuestra época monaguillera no tuviéramos suerte, incluiremos en el apartado “experiencia laboral” “Prácticas con enfermos mentales (desviaciones sexuales)”. En el “cargo desempeñado”, “encargado” (y que nos echen un galgo); en “nombre de la empresa”, “SMI” (Santa Madre Iglesia); y en “tipo de empresa o sector”, “Relaciones internacionales y comunicación” y “Sector público” respectivamente. ¿Ven qué fácil?

Otro ejemplo. Hace años estuvimos en Yugoslavia, hace tantos que no sólo existía Yugoslavia entera sino que todavía eran comunistas. Este último detalle me puede servir para clasificarlo como “estudios de teoría política”. Allí tuvimos la oportunidad de familiarizarnos con el servocroata y aprender dos palabras: “polaco”, que significa “despacio” (pensábamos que el guardia se creía que éramos polacos, pero no, quería que fuéramos más despacio; por supuesto, no le hicimos el menor caso) y “jaja”, que significa “huevo” (mira que les dije a mis hermanas que los huevos en el desayuno eran un extra, pero, ¿y lo que nos reímos con mi padre preguntando qué eran aquellos “jajas” que aparecían en la cuenta?). Por lo tanto, “servocrata, hablado, excelente”. ¿Que queremos un huevo duro? Pues “jaja polaco”. No sólo eso. En las tiendas, como no hablaban inglés o francés, señalábamos la mortadela y luego hacíamos como si nos serráramos el índice por la mitad (“De eso, medio kilo”), por lo tanto: “Lenguaje de señas: muy bien”.

2) Buena presencia: Es una verdad reconocida que si eres guapo no te hace falta mucho más. Tenemos adaptado nuestro currículum con varios másteres internacionales, pero eso no nos sirve de mucho si somos feos y vamos en chancletas porque nadie se fiaría de nosotros. ¿Qué hacemos si somos feos? Buscamos en internés una foto de Jonathan Rhys-Meyers, por ejemplo, le damos unos retoques con cualquier programa gratuito y ya está. Lo de los retoques es por si el presunto jefe vio Match Point, que ahí el muchacho no era muy de fiar, precisamente (pero ¡era guapo! ¡Por eso era listo!). Total, vamos a mandar el currículum por correo electrónico y nunca nos van a ver en persona. ¿Y si quieren que vayamos a una entrevista? Respondemos diciendo que se nos había olvidado incluir que por esas fechas estamos de cooperantes con Médicos sin Fronteras en Uganda (lo de los médicos viste mucho. Además, ¿acaso no nos autorrecetamos aspirina cuando nos duele la cabeza? ¿Nunca nos hemos puesto una tirita?). Por supuesto, si nos piden una entrevista debemos olvidar el trabajo e ir por ahí contando que sólo se lo dan a enchufados, que igual es verdad.

Si de verdad eres guapo (o guapa, depende del sexogénero), has avanzado mucho con los idiomas. Con que llegues al nivel Weismuller (“Me, [tu nombre]; you, [el otro nombre]”, ojo, no se confundan) podrás añadir “Gran capacidad de comunicación social en varios idiomas” en el apartado “Capacidades y competencias sociales”. Además, de regalo, ¡siempre tendrás razón! Si metes la pata, sonreirán murmurando “Este chico…”. Si fueras feo, el comentario sería: “Menudo inútil”.

Otro tanto vale para las vestimentas. Y además, qué caramba, que hay que revalorizar la profesión. Así que nada de alpargatas, ni de pantalones de pescar renacuajos, ni de camisetas de Greenpeace, ni de gafillas de ésas que parece que ni tienen cristales ni nada. Vestido de esa manera, como te descuides te dan un duro y ya no son de curso legal. Tú, como Barney Stinson, con tu buena corbata. Ya verás, ya, cuando estés en la piscina y los demás con esos bañadores de flores y tú con tu traje de tres piezas y te llegue una mozuela de muy buen ver, porque llamarás la atención, tenlo por seguro, y te pregunte “¿Estudias o diseñas?” y tú le contestes más chulo que un ocho: “Soy traductor (de libros). Y tú, ¿pintas monas?”. ¿A ver quién se atreverá a decir que eres un ser apocado? (Esta estrategia no se recomienda si tienes la más mínima pretensión de establecer relaciones sociales ni en entrevistas de trabajo).

3) Don de lenguas: Comentábamos antes que las lenguas son necesarias para traducir. También lo son para mentir como cochinos. De lo que se trata aquí es de dominar el léxico específico de la profesión para que todos aquellos que pretendan plantear la más mínima objeción no afectados por tu estampa o la foto del currículum, queden favorablemente impresionados. Puede que no hayas estudiado traducción e interpretación, puede que hayas estudiado dicha carrera pero aprobaras copiando hasta el punto de no enterarte de nada. En cualquier caso, tienes que saber soltar algunas frases para convencer a tus futuros colegas de que eres del gremio. No sé, cosas como “ele-o y ele-té”, o “equivalencia dinámica”, o, cuando menos, “Entweder der Uebersezer läßt den Schriftsteller möglichst in Ruhe, und bewegt den Leser ihm entgegen; oder er läßt den Leser möglichst in Ruhe und bewegt den Schriftsteller ihm entgegen” (esto no conviene decírselo a la de la piscina). Lo mejor es fotocopiar el léxico que viene al final del libro de Amparo Hurtado Albir Traducción y traductología y soltar algunos términos al azar enlazándolos con verbos. Por ejemplo (en este experimento, no realizado ante notario, se han escogido palabras al azar de verdad lo juro): “competencia extralingüística”, “préstamo” y “traducción literal”. Solución: “La traducción literal plantea problemas de competencia extralingüística en los préstamos”. Da igual que no lo entiendas, si lo dices con corbata, te creerán.

El don de lenguas (no “el don lenguas”) sirve también para convencer. No olvides nunca que has adaptado tu currículum a un nivel más alto y excelso de la realidad y puede que haya quien dude de que sea del todo cierto. En este caso, sólo tienes una salida: enfurécete, cabréate, grita, aúlla y vocifera. Con el rabillo de un ojo observa a tu interlocutor por si se ablanda, y con el rabillo del otro vigila la puerta por si tienes que salir dando un portazo. No olvides las palabras mágicas en el clímax baboso de tu rabia: “Jaja polaco”.

4 (era cuatro, ¿no?): Dominio de las nuevas tecnologías: Esto es fundamental. Si has seguido mis consejos, a estas alturas tendrás algún encargo de húngaro o finés. ¿Y ahora qué haces? Muy fácil, gracias a las redes sociales, puedes encontrar amigos que hablen esas lenguas y subcontratarles el trabajo. O bien, si te atreves a hacerlo por ti mismo, puedes meter el texto en el gúgel transleitor y luego arreglarlo en román paladino u otras lenguas vernáculas. Puede que el resultado no tenga mucho que ver con el original, pero ¿y qué? La gente que sabe húngaro o finés no sale de debajo de las piedras. Nadie se va a enterar porque nadie se habrá leído el original. Algún listillo sí que se leerá el libro en la traducción al inglés, porque para eso fue a Londres un fin de semana a ver Evita, que ya hay que ser antiguo, y sugerirá que tu traducción tiene algunas irregularidades. Posibles vías de fuga: a) “El traductor inglés ése me lo conozco yo y hace lo que le da la gana”. b) “Tú es que no entiendes los problemas de competencia extralingüística en los préstamos que plantea la traducción literal”. De todas formas, si te queda bonito, nadie te dirá que tu traducción es mala (ver, por ejemplo, este Trujamán de Juan de Sola).

Las nuevas tecnologías favorecen también que nadie te vea la cara, como he comentado. Eso te permite no sólo trabajar en pijama, sino asimismo escurrir el bulto en momentos de apuro. También puedes crearte una identidad virtual para acompañar el currículum, o fabricarte una falsa correspondencia con el autor para demostrar que tu traducción es perfecta y cerrarle el pico al pelmazo de antes.

5) Fidelidad (o “la sangre es más espesa que el agua”): Lo más difícil siempre es conseguir el primer encargo. Si te has portado como debe ser, tendrás una lista muy larga de familiares en el feisbuk a los que atormentas con vídeos de monos haciendo el simio. ¿Por qué no aprovecharse de ellos? Dile a tu hermana la bióloga que explique a los del ayuntamiento la necesidad de traducir del latín los nombres de todos los bichos del proyecto ése que le han encargado. Sugiérele a tu primo el abogado que convenza al adolescente británico que se tiró borracho como una cuba a la fuente del pueblo de que el juez necesita todos sus documentos en español desde la partida de nacimiento, incluido el carnet de identidad que no tienen. Que ese cuñado que conoce a un tipo del periódico consiga que publique un artículo alabando tu traducción de esa Caperucita Roja en la que el lobo se convirtió en “el pueblo” por un comprensible lápsus y señale sus innegables valores postmodernos.  Que tu abuela le pida traducción de todos sus papeles a los operarios que van a arreglarle la gotera de la cocina. Será el primer paso hacia la fama. Podrás pagárselo cuando tengas que buscar personal de confianza para ese instituto Cervantes del que te nombrarán director (¿o es que nadie de tu feisbuk es del correspondiente partido?).

6) Confianza: Bien sea en Dios, la Historia o el Caos, según la escuela. Cabe la posibilidad de que, a pesar de todo, no te hagan ningún encargo. En estos casos, lo mejor es rezar. Conviene que aproveches tus tiempos de monaguillo y la visita del Papa por si cae algo. No olvides que tu nivel de latín es excelente (según el currículum), que viste El hundimiento en versión subtitulada porque no había entradas para la otra sala, y que el alemán es la lengua materna del Sumo Pontífice (escribirás: “nivel de alemán: bueno”; o B2 según el marco de las lenguas comunes europeas o como se llame, adaptado, eso sí: “Comprendo […] tema […] conocido”. En tu caso, Dios o el pecado). Si de ésta no sales como director de la oficina vaticana de traducciones, es que has tenido mala pata. Y no te olvides de llamarle “Santidad” y no “Majestad”.

Bueno, pues con esto y un bizcocho, podrás desayunar y encontrar trabajo. Te pedirán alguna prueba de traducción y quizás te convoquen a una entrevista, aunque esto último lo dudo. Encárgale la prueba a ese primo tuyo que trabajó de botones en Mojácar y que quiere que le prestes la PSP y vuélvete a la piscina. No te harás rico, pero tampoco vivirás estresado.

¡Y ahora a vivir como un rey!

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Para ser traductor de primera

  1. Es la primera vez que te leo, y no será la última. 😀
    Otros traductores profesionales también aconsejan que la gente de tu entorno sepa a qué te quieres dedicar (en el caso de los intérpretes hay que aclarar que no tienen que ir a buscarte a ningún teatro).

    Por cierto, yo trabajé de botones en Mojácar xD

    • Ya me habría gustado ser botones en Mojácar. Mi hermana vive en Aguadulce y Mojácar es como Nueva York. Si los intérpretes tenéis que explicar, imagínate nosotros los filólogos (¿Y eso qué es? ¿Filósofo, dices? Si eso es de niñas…).

    • Por cierto, hace unos años tuve el placer (y ellos el dolor) de darles una charla a los estudiantes de traducción de Murcia. Insistí mucho en lo de asociarse.

  2. ¡Si es que el mundo es un pañuelo!

    Igual diste la charla antes de que llegara yo, o eso, o no me enteré de que había charla. Creo que en Murcia te hicieron caso, porque en 2008 nació esto: http://ameti2008.blogspot.com/ 🙂

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