El instituto para la sincronización de los relojes/Saatleri Ayarlama Enstitüsü (2)

Sí, sí ya sé que publiqué una entrada sobre El instituto para la sincronización de los relojes nada menos que el 14 de febrero día de S. Valentín (Hoy es el día de los enamorados, tra la la, starring Conchita Velasco, entonces era Conchita). Pero qué quieren que les diga, éste lo traduje después de El museo de la inocencia y encima por aquel entonces leían este blog Paquillo el de la guitarra y los cuatro que le tocan las palmas (lo cual quiere decir casi nadie, gracias por tu fidelidad, mamá), así que la escribí porque El instituto había salido hacía poco y a ver si alguien lo compraba. Me temo que no sirvió de mucho; o sea, que mi gozo en un pozo, a pesar de que a principios de abril salió una nota bastante gurrumina en El País firmada por Miguel Bayón. La verdad es que lo ponía la mar de bien, pero se ve que tenían problemas con el espacio en el periódico. Mejor que nada ya es.

El amigo Bayón se ha ganado como un jabato el jamón que le mandé, porque a su seguro servidor de ustedes le llama “el excelente traductor Carpintero”, que no sé si sería por lo de este blog que están leyendo. Por cierto, ahora se me ocurre que esto es algo de lo que no pueden disfrutar nuestros hermanos los traductores técnicos o como quieran llamarles ustedes. Es decir, si tú entregas una traducción de una sentencia de divorcio, igual el cliente te dice que es pésima y te sienta como un tiro (y probablemente lo diga con la sana intención de no pagarte), pero si eso mismo lo suelta cualquier tipo en un periódico… ¡Qué oprobio! A mí me ladraban los perros por la calle cuando me pasó y los viejecitos del parque dejaban de leer el periódico y mirar a las chicas para señalarme con el dedo y fruncir el ceño. Pero cuando te ocurre lo contrario y te llaman “excelente traductor” en el Babelia te pones la mar de contento y vas por ahí más ancho que largo. Seguro que a la pobre Curri Barceló ni la mencionan en las páginas ésas de los jueves o cuando sea de Ciencia y Tecnología al hacer la crítica del Total War (juego muy recomendable, por cierto). Pues ya sabéis, chicos, a mandar jamones.

Bayón también dice lo siguiente (voy a hacer un corta y pega):

El instituto… es la última obra de Tanpinar, aparecida poco antes de su muerte: sátira que exhibe un estilo que combina sabiamente la solemnidad más irónica y la perplejidad ante lo arbitrario de la vida. Tanpinar es novelista de personajes, y el narrador de El instituto… (un fracasado que se deja llevar al éxito inmoral) le permite, al socaire de una divertida burla de la burocracia y de lo que hoy llamaríamos ruido mediático (invención, auge y caída de una institución absurda pero irreprochablemente burocrática y enchufista), meditar oblicuamente sobre la imbecilidad y la desdicha. Novela arbórea, con saltos entre cien personajes y diversas épocas, dejará patente al lector español la inopia en que estamos sobre los logros de una literatura necesaria en Europa.

La idea de El instituto para la sincronización de los relojes es que un tipo con más cara que espalda decide proponer a las instituciones correspondientes la creación de un instituto oficial para que todos los relojes estén en hora, con la sana intención, declarada, de colocar en él a sueldo del estado a todos sus amigos y conocidos (y a los de los capitostes, fifty-fifty). ¿A que nos suena? Institución inútil, parientes colocados, tú con un sueldazo… El sueño de todo buen ciudadano español. ¿Ven cómo los turcos y nosotros no somos tan distintos? Me apuesto algo a que este libro lo publican en Suecia y no les entra en la cabeza, aunque, a saber…

Pero hasta llegar al ISR (vamos a llamarlo así) el prota pasa por una serie de vicisitudes y penalidades (de ahí los “saltos entre cien personajes y diversas épocas” que menciona Bayón) y que un crítico literario turco muy, muy listo (Berna Moran) opinaba, con razón, que representaban el paso del Imperio Otomano a la República de Turquía. Bueno, si quieren saber más, me dejaron escribirle un prólogo al libro. No estoy sugiriendo que se lo compren ustedes, no, nada más lejos de mi intención, pero sí que se lo suelten como quien no quiere la cosa a algún primo en el sentido más estricto de la palabra y que luego hojeen su ejemplar si les place. A todo esto, todavía tengo mis dudas sobre si el prota-narrador es un imbécil o un jeta de cuidado. Me parece más probable lo segundo.

Vamos a hablar un poco de la traducción. Parte de los problemas los mencioné en la otra entrada, especialmente que Tanpιnar usa un vocabulario arcaico incluso para los años en que se escribió la novela porque claramente no era muy partidario del turco moderno. Allá él. El lío es que ahora su novela resulta bastante difícil de leer para, por ejemplo, mis estudiantes. Los que me han hecho algún comentario al respecto siempre me dicen lo mismo (ellos dirían “los mismos”): que cómo lo he podido traducir con lo difícil que es el vocabulario. La respuesta es muy fácil: tirando de diccionario, que para eso existen. Había algunas palabrejas que ni diccionario ni nada, pero para eso están internés y la diabólica habilidad de documentación de los traductores hábiles (y excelentes). Y además los traductores de libros tenemos otra ventaja de la que carecen nuestros hermanos técnicos: a veces traducimos muertos (¿Se acuerdan del niño de El sexto sentido? Cuando le decía a Bruce Willis: “En ocasiones traduzco muertos”. ¡Qué susto!). O sea, que si he metido la pata en algo, no creo yo que venga Tanpιnar a protestar. Total, tampoco sabía español y en España casi nadie sabe turco… Ahora que lo pienso, con otros autores también podría… Mejor me callo.

Lo malo de traducir El instituto es que a veces no tiene ni pies ni cabeza, o eso parece. Sobre todo los dos primeros capítulos y las descripciones de la sede central. Aprovecho la ocasión para dar un sabio consejo a los jóvenes aspirantes a traductores de libros (Si no sabes, aprende; si sabes, enseña; si no sabes ni enseñas, búscate un puesto en el ISR): Hay que leerse muy bien los libros antes de ponerse a traducirlos y apuntar las posibles dificultades en un cuadernito ex profeso para luego no tener problemas importantes. Yo no lo hago, la verdad, pero siempre me arrepiento. Ya saben: del médico, lo que dice; del cura, lo que hace; del abogado, ni lo que dice ni lo que hace; del carpintero traductor, lo que debería hacer y deja para otro día. En fin, el lío de los dos primeros capítulos acaba quedando claro según vas avanzando con la novela, pero la sede del Instituto, ¡ay! La cosa es que no sabes si no te enteras porque el narrador es idiota (altamente probable) o porque eres un cateto (igual también altamente probable). Total, que no me quedé satisfecho hasta consultarlo con dos buenos amigos y grandes lectores. Y no, resultó que no era tan cateto, porque todo es como los espacios imposibles de Escher. ¿Qué se creían? ¿Que no he visto Origen/Inception?

Y lo bueno de traducir El instituto… Ah, lo bueno de traducir este libro es descubrir a fondo por qué le gusta tanto Tanpιnar a Pamuk. ¡Qué mala uva se gastaba el tío! ¡Quién lo hubiera dicho viéndolo ahí con el gato! Y eso teniendo en cuenta que de entre los “cien personajes”, que me fío de Bayón porque no los he contado, sólo hay uno verdaderamente malo. A todo esto, viendo la frase anterior me he acordado de otra del mismo Bayón sobre otro libro:

y, cómo no, el lío del “solo” sin tilde, que lleva a invertir en deducción más tiempo que un futbolista en peluquería.

Que tiene más razón que un santo. Son ganas de enredar, caramba. Por eso no hago mucho caso de lo que dikta la Academia.

Bueno, resumiendo en suma. A pesar de que me llevó más tiempo y trabajo del debido con tanto diccionario, me lo pasé bastante bien traduciendo este libro. Y ahora me dirán ustedes: “Claro, porque llegaste a tenerle cierta simpatía empática al autor”. Pues igual, miren. Como todos sabemos, nuestros hermanos técnicos traducen mucho mejor los certificados de estudios cuando empatizan con las asignaturas cursadas.

Pero, ¿todavía están en esta pestaña en lugar de recomendarle el libro a todos sus amigos y parientes? Hay que ver…

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a El instituto para la sincronización de los relojes/Saatleri Ayarlama Enstitüsü (2)

  1. Alicia dijo:

    Buenas tardes, Rafael.
    Quiero decir que yo se lo recomiendo a todos mis amigos. Lo único malo de este libro es el título, que suena algo así como a novela polaca. Aunque la leí hace un tiempo, lo que me sorprendió es que me resultaba familiar….Efectivamente, como Ud. mismo ya ha captado en el Prólogo con su fina sensibilidad, parece una novela picaresca y por eso nos puede ser cercana: el relato en primera persona, desde un presente acomodado (uf, un spoiler), los personajes y sus delitos contados desde un forma objetiva, sin juzgar…. La diferencia es que el engaño es un tanto improbable, pero en la actualidad vemos tantos engaños que parecen inventados por un novelista que fantasea…..

    Los personajes, yo creo que no es que sean malos, en realidad son bastante amorales, si piensas que el fraude a la hacienda pública es amoral (citaría muchos personajes de los periódicos que deben pensar lo mismo). Pero el autor los ve con cariño. Debía tener un gran cariño a la gente, con sus debilidades y defectos, no sólo a su gato. Los personajes son geniales, una vez te acostumbras al tono de la novela. A mí me encantó el capítulo de la señora espiritista (ahora no lo localizo). Desde ahí me rendí al encanto de la historia y la disfruté mucho.

    En definitiva, es una novela de mucha actualidad, que por su tono humorístico te hace reconciliarte un poco con la realidad tenebrosa que estamos viendo y te consuela al pensar que, después de todo, cualquier tiempo pasado no sólo no fue mejor, pudo ser simplemente igual.

    Ojalá traduzca más cosas de este autor. Un abrazo muy fuerte desde este mundo de turbulencia social

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