El museo de la inocencia/Masumiyet Müzesi

Este es el último Pamuk que he traducido, de momento. Ahora ando, y, como decía Gila, a veces me siento, con Cevdet bey e hijos, pero de aquí a que lo termine y luego lo publiquen, a lo peor han tirado la bomba y estamos en un lugar mejor.

El museo de la inocencia fue el parto de la burra. El pobre Pamuk estaba tan contento escribiendo su libro (supongo) después de terminar Estambul cuando se montó el follón del proceso porque había declarado a una revista ¡extranjera! que habían matado a tantos y cuantos. Proceso, amenazas de muerte, cursos en los EE.UU. de Norteamérica, el premio Nobel (éstas dos últimas son cosas buenas)… Como pueden suponer, se le atascó una miaja. Pero por fin lo acabó, tres años después de lo previsto, pero lo acabó. Un triunfo de la voluntad. Yo los habría mandado a todos a freír espárragos y me habría dedicado a dar suculentas conferencias y a presumir de premio.

Pero aquí hablamos de traducciones, así que nos vamos a limitar a eso. Como el libro se retrasó tanto, en las editoriales andaban comiéndose las uñas (supongo también). De forma que en cuanto la novela estuvo lista, nos la mandaron por correo electrónico. No sé si lo he dicho antes, pero le tengo un cierto odio o un odio cierto a traducir archivos informáticos. Reconozco que son más cómodos en muchos aspectos, pero no me permiten echármelos al bolsillo para enseñárselos a los amigos, ni que vuelva a hojearlos tiempo después para ver qué dudas tuve. Esto se puede hacer, sin duda, pero la verdad es que ni se me pasa por la cabeza.

Pero este caso fue aún peor, como me temía, porque nos lo dieron a los traductores con la orden de ponernos a ello, ¡ar!, al mismo tiempo que el autor lo enviaba a la editorial. Como pueden suponerse, cuando íbamos por la mitad nos mandaron unas correcciones. Y no, como hago yo, con una listita de ésas de las fes de erratas antiguas con dos columnas con “Donde dice…” “Debe decir…”. No, no. Fue con el archivo íntegro de la novela con instrucciones para que le diéramos a la tecla de “comparar documentos”. Claro, en cuanto le di, se me llenó todo de rojos y de esos letreritos tan molestos porque habían cambiado los espacios entre líneas, que si un punto allí, que si acullá una negrita, que si aquí se ha eliminado qué sé yo. En suma, que no sabía uno lo que se había cambiado de verdad en el texto. Menos mal que todo se arregló más o menos con una visita a la editorial. Por cierto, ¿por qué los de la editorial se empeñarán en escribirnos en inglés si se supone que traducimos del turco? Misterio. Y digo que se arregló más o menos porque hasta que no tuvieron el libro definitivo en papel y ya no hubo marcha atrás estuvimos que si sí que si no. ¿Es que no se dan cuenta de que los traductores de literatura somos seres superiores que estamos todo el día filosofando y sufriendo en una nube poética y, por tanto, torpes con los ordenadores?

Dirán, con razón, que soy un pesado y que siempre estoy con lo mismo. Pero es que cuando nos mandaron el archivo original (sin correcciones) parte de la manada empezó a hacer comentarios fervientes y una colega llegó a decir:

Dear friends and colleagues from all our different countries!

Let me too congratulate our writer and all of us: the wonderful novel which we were waiting for so long is finished after so hard and so great work. All of us can imagine how happy now is our writer. All of us understand this happiness – indeed, to do your favorite work, the Work of Your life, is one of the greatest happiness in the world. As well as to be loved and to be appreciated for your favorite work.

Que me parece un poco exagerado desde el principio, porque no sé las costumbres ortotipográficas de su pueblo, pero en el mío se ponen dos puntos (uno encima de otro debajo) al principio de una carta y no una exclamación. Y, además, ¿cómo sabes que es una “wonderful novel” si no la has leído? Ni que fuera un día de luz y parto mejorado (lo digo por lo de la burra). ¿Y lo del “Work of Your life” con mayúsculas o no? Que no sólo es la mayor felicidad del mundo mundial, sino que además te facilita ser amado y apreciado… ¿A quién le estaría tirando una indirecta con eso de diferenciar entre “amor” y “aprecio”? No, mujer, no, a mí me consta que mi madre y mi mujer me aman (o me aprecian) por otros motivos aparte de mi trabajo, espero. Y además, ¿qué le importa a ella lo que hagamos o dejemos de hacer los demás “en nuestros países distintos”? No sé, igual es que era un poco pelotillera, porque, si se fijan un poco, hay pelotas vocacionales que, por si acaso…

Bueno, dejemos a mi entusiasta colega. Me puse manos a la obra yo también muy entusiasta a pesar de lo gordo que es el libro, porque el grosor de la obra se refleja en la cantidad que aparece en el cheque posterior, aunque no es un cheque sino una transferencia y lo cierto es que daría igual traducir muchos libros finitos que uno gordo, no, mejor, es más entretenido muchos finitos… Vaya, que se me va el santo al cielo. La verdad es que lo de los libros gordos es un inconveniente, porque empiezas tan contento y pasan los meses y los meses y aquello no se acaba ni para atrás, y todavía no he llegado a la mitad, y me quedan tropecientas páginas, y a ver si para Navidad o Nochevieja, o Reyes, o la Semana Santa… Escollo número uno, pues. El segundo era que el libro va muy bien, con capitulitos cortos, hasta uno larguísimo de una fiesta. Tú te has cogido tu ritmo, un capítulo por día, o por semana, o como sea, y te cae el capítulo ése que sigue página tras página. Lo bueno es que por fin se acaba. Número dos. El tres es el de siempre. Pamuk habla de un montón de objetos que no has visto en tu vida y eso dificulta mucho la comprensión y la elección del vocabulario. Me acuerdo como de un dolor de muelas de un pulverizador de insecticida que me trajo por la calle de la amargura porque no lo veía (con mi tercer ojo, el de la mente, no me sean cochinos). Era de aquéllos cilíndricos con el depósito al bies y un mango para empujar. Lo vi cuando me lo enseñó el autor. Y, aunque sea una tontería, no verlo hizo que me costara mucho trabajo decidirme por la palabra “pulverizador”. Y unos pirulíes que salen… ¿Cómo coño córcholis iba yo a saber que cuando Pamuk era chico en Turquía había nada menos que pirulíes (que serían del Bósforo y no de La Habana)? Pues, hala, documéntate, macho, o pregunta, que preguntando se va a Roma (en turco dicen “a Bagdad”).

La verdad es que a pesar de los inconvenientes previamente aludidos me lo pasé bastante bien traduciendo este libro. Me permitió usar un vocabulario anticuado a propósito en ciertas ocasiones (como “maniquí” en lugar de “modelo”, que ya nadie lo dice) por aquello de que la novela tiene un aire sesentero y setentero. Y luego es que Pamuk tiene unos detalles que me parto de la risa, como el fino análisis psicológico de las colillas de los cigarrillos de la chica, o la visión de un golpe de estado como algo molesto porque hay toque de queda y tienes que volver pronto a casa, o las bragas como última defensa de la virtud de las jóvenes… ¿Qué me dicen de esas pelis de cantantes metidos a actores que pasan todas las tardes en algunos canales de la tele (turca) y que tanto se parecen a las de Marisol (la vida es una tómbola, tom, tom, tómbola),  Rocío Dúrcal, Manolo Escobar y demás que torturaron nuestra infancia?

Ay, que se me saltan las lágrimas (de la risa). ¿Ven? Ventajas de ser traductor, como tienes que leerte el libro con lupa, te lo pasas como un enano, o, por lo menos, encuentras detalles que a otros se les escapan y luego presumes. En cuanto a críticas y opiniones, no fueron malas, aunque la mayoría se queja de que el librote es un poco más gordo de la cuenta. A Jose Carlos Llop le pareció más interesante la relación del prota con su novia que con su amor eterno, en lo que le doy la razón en parte. Por cierto, la crítica salió hace unos días en el ABC, que ya se lo han tomado con parsimonia. También decía que el libro no parece haberse vendido, pero según las liquidaciones el año pasado se vendieron unos veinte mil, que me da a mí la impresión de que no son pocos para una novela que no es de suecas con síndromes. Les dejo también otra dirección bastante curiosa donde hablan del Museo, un blog de un programa de la radio Universidad de Salamanca (Buscando leones en las nubes). Veo que la entrada también es de hace unos días, ¿estará teniendo el libro una segunda vida? ¡Que vengan las regalías!

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a El museo de la inocencia/Masumiyet Müzesi

  1. Gracias por la referencia al blog de mi programa en Radio Universidad. Resulta curiosa esta reciente coincidencia en las referencias en los medios al Museo de la Inocencia. La mía, en cualquier caso, es absoltuamente casual. Como puede imaginarse, sacar adelante, siendo como soy un mero aficionado (ajeno al universo literario), un programa de esta índole (seleccionado fragmentos de libros, poemas, textos breves y, por otro lado, músicas más o menos acordes al espíritu de las palabras leídas) es una tarea ardua, de demorada realización. Desde mi idea inicial de dedicar un programa al libro hasta su realización práctica en estos días, han pasado muchos meses. Coincidencia puramente fortuita, en mi caso, pues

    Espero, no obstante, que de verdad el libro renazca a una nueva vida… regalías incluidas…

    Un saludo

    Alberto San Segundo

  2. carlos dijo:

    Estimado Rafael, hace como un año que nos mandamos un mail y ahora me encuentro con la agradable noticia de este sitio y con la grata sorpresa que estás traduciendo Cevdet bey e hijos, uno de los dos que me falta leer de Pamuk, el otro La maleta de mi padre.
    Bueno espero que se termine pronto , cruce el Atlántico y llegue a Montevideo.
    Un abrazo, Carlos

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