Noches del mes de junio (© Gil de Biedma)

A la pobre Mª Jesús la pillaron infringiendo las leyes de copyright y vean lo que pasó. Luego la obligaron a hacer un examen de francés

Anda uno que no le llega la camisa al cuerpo con eso de las leyes anticopia, así que le he colocado lo del copyright al título para que nadie me diga nada. ¡Ah, noches del mes de junio! ¡Y días también! ¡Qué sofocos! ¡Qué galbana! ¿Y eso?, se preguntarán ustedes. Porque todo aquél que ha estudiado más allá del jardín de infancia sabe que junio es mes de exámenes, mes de cosecha de calabazas o de la íntima satisfacción de deber cumplido. Mes de horripilantes pesadillas en la que nos presentamos a un examen de matemáticas y se nos ha olvidado todo. En mi caso, además, las pesadillas de junio se completan con oníricos retornos anuales a la mili en los que intento convencer al oficial de guardia de que ya la hice en su momento.

Como a lo largo de mi carrera he conseguido avanzar un par de metros, los que van del banco a la pizarra, no sólo he hecho muchos exámenes, sino que los sigo haciendo, aunque ahora desde el otro lado del espejo (¿al revés?). Es decir, que los preparo para que los hagan otros. No voy a entrar en la tortura fumanchunesca que supone leer lo mismo, la misma novela mal escrita, que decía mi padre, veinte, o setenta, o doscientas veces, dependiendo del número de alumnos. Tampoco en el agobio que me entra por si llego tarde, por si pillo a alguien copiando y se pone gallito o por si hundo en la miseria el futuro de algún joven prometedor. No, no voy a entrar en nada de eso porque he hecho mío un adagio pronunciado por mi amigo Miguel (me descubro ante ti, oh, sabio entre los sabios):

Menos suspensos en junio son menos exámenes en septiembre.

Aunque aquí hacemos las recuperaciones de septiembre en julio (Noches del mes de julio, etc.). Por si no lo sabían, una de las características que convierten a Turquía en un país único es su desmesurado amor por los exámenes. Hay exámenes para todo, particularmente de idiomas. Reválidas continuas en el cole, exámenes (varios en número) de selectividad, para hacer el postgrado, para ser funcionario, para subir de categoría, para hacer el doctorado, para cualquier cosa que se imaginen. Les juro que incluso hay un programa de televisión que se llama “La vida es un examen”.

Nosotros, encima, nos lucimos, porque como a) somos españoles (nosotros) o trabajamos en el departamento de español (nuestros compañeros turcos) y b) estamos en Turquía (todos), no nos sirven para nada cualesquiera exámenes que podamos hacer de turco (nosotros) o español (nuestros compañeros). Así que no nos queda más remedio que desempolvar el inglés, francés, alemán o italiano, según tengamos una ligera idea de uno u otro, encomendarnos a Dios o Alá y presentarnos con nuestro lapicito con la goma en la punta a ver qué tal. El último al que tuve que presentarme fue el tofe ése de los americanos porque me lo convalidaban y me quedé boquiabiertamente pasmado por la eficacia estadounidense en lo que se refiere a preparar exámenes de idiomas. ¡Qué virguería!

Y lo sé porque yo mismo he preparado bastantes exámenes de lengua. En realidad, teniendo en cuenta que mis estudiantes son turcos que estudian filología española, se podría decir que todos los exámenes que hago son, hasta cierto punto, de lengua. Ahora a eso lo llaman ELE (español como lengua extranjera) porque lo hemos copiado del EFL (English as a Foreing Language). Tiene su lógica: como se trata de enseñar español, lo copiamos del inglés. También hay que decir cosas raras como “aula” en vez de “clase” (“ejercicios para el aula de ELE”, por ejemplo), “aprendiz” en lugar de “estudiante” (de lo que se deduce que tendría que decir que el carpintero de la esquina ha contratado un estudiante o alumno), o “enseñante” por “profe” o “seño” (“Enseñante, enseñante, es que estuve malito”). Yo me niego a decir esas cosas y así me va, claro (soy extraordinariamente feliz). Porque a veces se oyen monstruos como “el enfoque por tareas en el aula de ELE”, que nadie sabe qué es ni para qué sirve pero así te pueden dar un montón de cursillos, ora gratuitos, ora no habitualmente.

Resumiendo un poco mis experiencias como examinando y examinador, he concluido que existen diversos tipos de exámenes de idiomas que, a pesar de sus naturalezas distintas, pueden combinarse en uno solo verdadero y son todos igual de incordio. Hagamos un breve repaso:

1) El examen de bolillas (llamado por los del aula y el enseñante “de opción múltiple”) o de rellenar.  Deben su popularidad al hecho de que, aunque pesados de preparar, son facilísimos de corregir. Con el tiempo te vas haciendo tu banco de preguntas y no tienes más que repetirlas contrapeadas porque nadie se va a acordar (en el caso de que repitan curso). Los de bolillas se corrigen con una máquina, incluso, que ya me gustaría que inventaran una para las redacciones. La única diferencia está en que en los de bolillas te ponen posibles respuestas (y hay que hacerlos a lápiz) y en los de rellenar no (a boli, nunca rojo porque pondrás de mala uva a quien lo tiene que corregir).

Desde el punto de vista del profe tienen el peligro de que lo pongas demasiado difícil y te cargues a todo el mundo. Desde el punto de vista del estudiante-aprendiz, que a veces las preguntas no tienen ni pies ni cabeza. Qué sé yo, por ejemplo te encuentras con frases como “ai am a voy an dis is a………”. Dis is a ¿qué? Si puede ser cualquier cosa… Así que rellenas el hueco con “cau” (que significa “vaca”) y seguro que está mal. En los de bolillas lo malo es cuando todo puede ser. Pregunta: “Por la tarde ……….. ir al cine”. Respuestas: a) me gusta; b) me gustaba; c) me gustaría; d) me habría gustado; e) ninguna de las anteriores. Aquí falla el truco habitual de pensar en cuáles no pueden ser la respuesta correcta y la que queda es la buena. Son tan malvados como aquellos tests en los que te ponía “Maceta es a …….. como …….. es a mechero bic”. ¿Y qué tienen que ver una maceta y un mechero? Lo mismo con las preguntas de estos exámenes.

2) El examen de redacción. Estos, al contrario que los anteriores, es un sufrir corregirlos y es muy fácil poner las preguntas. Por ejemplo, vas en el tranvía y se te ocurre una idea:”Les voy a poner una redacción para que me digan si les gustaría o no que les colocaran un silo de misiles nucleares en la azotea de su casa”. Lo malo que tienen para los estudiantes es que te crees que son facilísimos, pero no. “Claro que no quiero que me pongan un silo de ésos en la azotea, si todo el mundo sabe que son subterráneos, si fuera en el sótano…”. Pues, anda, listo, a ver cómo te sacas un folio de explicaciones. “Los misiles son malos porque matan”. Me parece a mí que no va a bastar con eso. Busca, busca.

Otro problemilla es que tendemos a pensar/razonar (¿?) en nuestra lengua materna y a escribirlo tal cual en la extranjera y resulta que no, que no son iguales. Así pues, pensamos, por ejemplo, “Este roscón está para chuparse los dedos” (gracias, Pablo), y si lo plantamos tal cual en inglés, igual hasta se creen que es una insinuación obscena e indecente, que no lo es. Se trata de una mala costumbre que sufro a menudo con mis estudiantes porque, para corregir una redacción, tengo que leer el español pensando en turco y como un turco. Les doy un ejemplo más bien tonto. En turco el verbo va al final de la frase y mis muchachas, no hace falta que les recuerde la superioridad femenina en letras, allá que me lo colocan. Pero, además, es que lo planteas todo de otra forma. Yo qué sé, te pueden escribir algo así como: “Mi novio, ayer, como llovía y hacía frío a pesar de haber empezado la primavera, y mira que le dije que se anduviera con ojo, que no estaba el día como para tonterías y que él va muy loco con la moto, se partió la crisma porque se resbaló”. ¡Pero, alma de Dios! Si tu novio se ha escalabrado, ¡dilo lo primero! Otro tanto con las oraciones pasivas. Como en turco es muy fácil, pues, hala, todo en pasiva. “El libro, en tu casa fue encontrado por mí” que diría algún estudiante en vez de “Canalla, ladrón, te pillé”. Y, no se rían, que a todos nos pasa igual, nos creemos que con decir lo mismo con las palabras en otro idioma ya está. Pues no.

3) El examen de traducción. Por supuesto, no me refiero a los exámenes de las facultades, departamentos o asignaturas de tan digna disciplina, sino a esos encantadores exámenes de latín, griego o árabe con los que se pretende que demostremos nuestra competencia léxico-gramatical en dichas lenguas (Lefevere dixit). Dos puntualizaciones se me vienen a la cabeza. Primero, cualquier parecido entre lo que se hace (¿perpetra?) en semejantes pruebas y la traducción es pura coincidencia. Segundo, te das cuenta de que el hecho de que se permita el uso de diccionarios sólo es una refinada forma de añadir escarnio a la tortura.

¿Por qué no tienen nada que ver con la traducción? Porque tienes que decir lo mismito que dice (valga la redundancia) el texto o, ¡ay, mísero de ti, ay infelice!, te juegas llevarte un cate. Con esto yo tengo una teoría proustiano-freudiana y es que nos reímos tanto cuando ponemos barbaridades en los traductores automáticos y le damos a la tecla porque, inconscientemente, nos acordamos de aquellas presuntas traducciones que hacíamos de las lenguas clásicas. Sigo sin entender como no existe el delito de leso latín en el código penal.

Lo del diccionario sí que tiene delito. Que te permitan usar diccionario supone que te vas a encontrar, mínimo, con frases coloquiales del tipo “oro parece, plata no es”, “ajo y agua”, o “anda ya, vete a tomar viento” (“walk, go and take the wind”, no he podido resistir la tentación de lo del traductor automático), o algo menos coloquiales, como:

La buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice ni por su aptitud para alcanzar algún  determinado fin propuesto previamente, sino que sólo es buena por el querer, es decir, en sí misma, y  considerada por sí misma es, sin comparación, muchísimo más valiosa que todo lo que por medio de  ella pudiéramos realizar en provecho de alguna inclinación y, si se quiere, de la suma de todas las  inclinaciones. (© Kant, no he encontrado quién lo ha traducido. Se recomienda leerlo sin respirar, es mucho más divertido).

Que tampoco son mancas estas frasecitas (la respuesta correcta es “la gallina”). No puedo resistirme a poner otro ejemplo genial de texto que te puede caer en un examen de traducción, por ejemplo en el de intérprete jurado, éste sacado del libro de lengua del C.O.U. y, a su vez, del código civil:

El ascendiente que heredase de su descendiente bienes que este hubiese adquirido por titulo lucrativo de otro ascendiente, o de un hermano, se halla obligado a reservar los que hubiera adquirido por ministerio de la ley en favor de los parientes que estén dentro del tercer grado y pertenezcan a la línea de donde los bienes proceden.

Que dicen que tiene no sé cuantísimas interpretaciones. Así que por mucho que mires y remires el diccionario, no te va servir de nada. Es de cajón, si sirviera de algo, ¿iban a dejarte el diccionario en un examen? No me sean ilusos.

Y con esto creo que he dado un repaso exhaustivo y certero a los exámenes (escritos) de idiomas, condición ineludible para que luego se te olviden. ¿O es que existe alguien aparte de los profesionales que recuerde algo del latín que no sea “Ora pro nobis” o “nec verbum verbo curabis reddere fidus interpres”? Y no vale lo que sale en Astérix.

¡Ah, los exámenes! ¡Qué alegría cuando apruebas! Por cierto, ¿alguien podría explicarme para qué sirven en realidad aparte de para poner notas?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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