La maleta de mi padre/Babamın bavulu

La maleta de mi padre

Ejem, ejem. Estimado amigo D. Rey de Suecia y señora (reina), queridos colegas, niños y niñas. ¡Oh!, ustedes disculpen, es que estaba preparando el discurso del Nobel y… Por cierto, al rey ya sé que es de usted, pero ¿ilustrísima señoría o qué? ¿Lo sabe alguien? Digo yo que si los rectores son magníficos, un rey debe de ser por lo menos estupendísimo. Es que esto del protocolo y el proctólogo…

La maleta de mi padre fue el primer libro de Pamuk post-Nobel. De hecho, en España se siguió el truco de su editorial en Turquía para publicar el discurso de Suecia (“La maleta de mi padre”, precisamente).  Como el discurso del Nobel es público y los derechos son de la fundación Nobel, también los de la traducción al inglés, pues algo había que hacer. Así que con otros dos discursos (uno que dio en Oklahoma y el del Premio de la Paz de los libreros alemanes) quedó un volumen más que decentito de teoría de la novela y de la literatura en general. No, mejor que decentito. Y, sobre todo, el discurso que da título al libro.

¿Saben lo que pasa? Que el discurso del Nobel de Pamuk me fastidia un poco por lo siguiente: en el primer trimestre del curso 2002-2003, aunque no estoy muy seguro de la fecha, vino a dar una charla a la facultad; le pregunté qué tal le iba y me contó que se había muerto su padre. El mío se había muerto pocos días después que el suyo. Como ven, podíamos ser perfectamente primos (hermanos) como sugería en una entrada anterior, hasta en lo malo. Y el discurso de Pamuk me recuerda inevitablemente a mi padre porque él habla del suyo. Mecachis en la mar.

Volvamos a lo nuestro. Como supongo que la fundación Nobel debe de sacarse unos duros de la retransmisión de esas cosas, el texto era un secreto secretísimo. Total, que andábamos todos preguntándonos qué diría (menos tres o cuatro listos, que estaban seguros de que iba a hablar de tal y de cual). Y nos quedamos de piedra cuando empezó hablando de una maleta de su padre. Al principio se ve que estaba nervioso porque le temblaba la voz y esas cosas que supongo que te pasan cuando tienes que dar un discurso así, ante de tanta gente importante (¿Llevan pañales? ¿Cómo se aguantan? ¿Les prohíben beber desde el día de antes como si se fueran a operar?). Luego fue calentándose y siguió bien. Y allí estábamos Mª Jesús y yo, delante de la tele (a ver si se creían ustedes que estábamos en Estocolmo) como si fuera nuestro niño que le están dando una medalla en el colegio por buena conducta y aplicación. Y cuando llega a lo de:

Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás. Escribo para que se escriban libros parecidos a los míos y yo pueda leerlos. Escribo porque estoy muy, muy enfadado con todos ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta pasarme el día entero en una habitación escribiendo. Escribo porque sólo puedo soportar la realidad si la altero. Escribo para que el mundo entero sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros, todos, nosotros, en Estambul, en Turquía. Escribo porque me gusta el olor del papel, de la pluma, de la tinta. Escribo porque más que en cualquier otra cosa creo en la literatura y en la novela. Escribo porque es una costumbre y una pasión. Escribo porque me da miedo ser olvidado. Escribo porque me gustan la fama y la atención que me ha proporcionado la escritura. Escribo para estar solo. Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para ver si acabo de una vez esa novela, ese artículo, esa página que he comenzado. Escribo porque eso es lo que todos esperan de mí. Escribo porque infantilmente creo en la inmortalidad de las bibliotecas y en cómo mis libros están en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo, es increíblemente hermoso y sorprendente. Escribo porque me resulta agradable verter en palabras toda esa belleza y esa riqueza de la vida. Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz.

(copyright de un montón de gente, entre otros el propio Orhan Pamuk, la Fundación Nobel, Mondadori y yo mismo, así que no vayan copiando el fragmento como si fuera suyo, háganme el favor, que me meten en un lío)

A mí me se me hizo un nudo en la garganta que me costó un montón de carraspeos quitarme de encima. No es que sea muy llorón, por lo que esas cosas me dan más vergüenza todavía. Me acuerdo de que viendo La gran familia ya mayorcitos empezó a llorar mi hermana Mª Carmen con lo de “¡Chenchooo, Chenchooo!”, y acabamos los tres hermanos como magdalenas (la del cuadro, no la del té) y muertos de vergüenza propia y ajena. Así que apechugué el discurso como un hombre. Al día siguiente, comentando la retransmisión con mi amiga Mine Yazıcı, profesora de traducción de inglés, me contó que en su casa se habían hinchado de llorar todos los presentes. ¡Demontre, que era la primera vez (y la única) que le daban el Oscar, digo, el Nobel a alguien que hablaba lo mismo que ellos! A todo esto, luego los listos del paréntesis de antes se pusieron pesadísimos con que debía haber hablado de que si la libertad y la democracia y el pueblo unido jamás será vencido… ¡Pues cuéntelo cuando le den a usted el premio, hombre! A ver si no va a poder hablar uno de lo que le dé la gana (en Suecia).

Por cierto, no sé si fue Javier Marías, Pamuk y él son amiguetes, quien escribió que le fastidiaba enormemente lo del “Nobel turco”, como lo llamaban cada vez que hablaban de él, como si se lo hubieran dado (sólo) por ser turco. Más razón tenía que un santo. Seguro que a Hemingway no le llaman “el Nobel estadounidense” (de América del Norte excluyendo Canadá y México, pronúnciese “Méjico”). Pero bueno, a todos nos vino bien la propaganda. Incluidos un servidor y ACEtt, la asociación de traductores de libros más listos y apuestos de España y alrededores. Ese año había presentado una propuesta de taller para las nosecuántas jornadas en torno a la traducción literaria en Tarazona y Mario Merlino, haciendo muy bien, aprovechó para darle un poco de pisto al asunto (“y también participa en nuestras jornadas el traductor del Nobel de este año”, etc., etc.).

Total, que toda la historia de lo del Nobel fue muy emocionante aunque el día que se lo dieron anduvimos de cabeza en casa porque llamaron de un montón de programas de radio a preguntar y encima me comprometí tontamente a escribir un par de cosas antes de que cerraran las ediciones de los periódicos del día siguiente. Por simpatía (“Relación de actividad fisiopatológica entre órganos sin conexión directa” que dice el DLFDE) yo me llevé también mi dosis pequeñita de fama, aunque no tanta como la de David Bisbal, ni hablar. Lo malo fue, como nos decía Buket Uzuner, que los traductores de Pamuk perdimos el nombre y apellidos, como esas señoras que dicen “soy la señora de Pérez”. A partir de ese momento fui “el traductor de Pamuk”. La verdad es que se me ocurren títulos bastante peores, así que no me quejo.

Los otros dos discursos eran (son) “En Kars y Frankfurt”, que pronunció, cosa curiosa, en Frankfurt, y “El autor implícito” en Oklahoma. He visto que al autor ése también hay quien le llama “implicado”, pero en la traducción no pegaba mucho. Desde luego, me parece a mí que no es  “autor insinuante”, como decía algún periodista. Aunque no tenga nada que ver, Gerard Genette opina que lo del autor implícito es una gilipollez y da unas razones bastante convincentes. Allá cada uno con sus gustos, que en eso no me meto.

En fin, que La maleta de mi padre es un librito muy, muy recomendable para toda esa gente a la que le gusta saber cómo se lo montan los escritores y las vueltas que le dan a la cabeza para escribir sus obras. Si los traductores ya nos comemos bastante el coco, imagínense los autores, que tienen que ir a los programas culturales de la tele a contestar preguntas del tipo “Oyes, ¿y cómo es que te dedicas a escribir?”, “¿Y se gana mucho con esto?”, “¿Y tiene usted novia?”, “Y cuando duerme, ¿pone la barba por encima o por debajo de la sábana?”, y demás. Que hay que pensar mucho para ser intelectual, hombre, que no te dan el carnet en una rifa.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a La maleta de mi padre/Babamın bavulu

  1. Juan dijo:

    Pues mire usted, caballero: creo poder decir que si fuimos muchos los que disfrutamos con La maleta de mi padre (del padre de Pamuk, se entiende), seremos legión los que disfrutaremos, llegado el día, con una hipotética entrega de sus crónicas o reflexiones sobre el porqué de la traducción. Seguro que, siendo Carpintero, se le ocurre un buen título.

    Este blog es estupendo. Muchas gracias por alegrarnos tantos días.

    • ¿Alguien sabe cómo los comentaristas pueden recibir las respuestas? Porque respondo y respondo a los comentarios y para mí que nadie se entera. En fin…
      Muchas gracias al Sr. de Sola por su comentario, que ha logrado que me ruborice como una jovencita de antaño. Quiero decir que ha escrito (espero que sea el mismo) unos estupendos trujamanes sobre los diccionarios y la fluidez. Dos cosillas: primera, me alegro de alegrar, el Maalox anda muy caro; segunda, aunque hay muchos rollos por ahí, las reflexiones de escritores y traductores me gustan tanto como una buena explicación de un relojero sobre el mecanismo de un Rolex.

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