Armas de traductor

El traductor en ciernes aprestando sonriente sus armas ante un original repleto de juegos de palabras y aliteraciones

Helo, helo por do viene/ el infante traductor/ caballero a la jineta/ en caballo corredor.

Pues resulta que en mi última visita a Moulinsart, el capitán, preocupado por los violentos embates de la profesión traductoril, me preguntó por las armas que usa el traductor para masacrar los textos (originales). Como en una entrada anterior hablé de los diccionarios y la documentación en general, paso a analizar otras armas de destrucción masiva para ilustración y ejemplo de la juventud:

Dedo en ristre, el doctorando y pronto traductor se dispone a meter la pata con una "máquina de escribir". Probablemente se quemará con el cigarro al darle a la "palanca" para pasar "el carro".

1) La lanza: Según atestiguan las pinturas de la cueva de Altamira y algunos hallazgos de Atapuerca, al parecer los traductores antiguos (llamados por lo común “comedores de salmorejo”) utilizaban como arma principal un artefacto conocido como “máquina de escribir”, que consistía en una máquina con la función principal de escribir o de ser utilizada como arma arrojadiza. Entre sus ventajas se contaban varias; por ejemplo, tenía una teclas duras de narices, como te equivocaras ibas aviado, para hacer copias había que usar algo llamado “papel carbón” que también servía para pringarse los dedos (y como te equivocaras ibas todavía más aviado). Estas ventajas, que permitían ejercitar los dedos y la virtud de la paciencia, tenían sus contrapartidas. Por ejemplo, según películas y novelas, si matabas a alguien y para despistar escribías una nota en tu máquina (“A sío la chacha”, porque no siempre va a ser el mucamo), te pillaban enseguida porque cada máquina escribía a su manera y encima podían averiguar si eras hombre o mujer por la fuerza al teclear. Esto, siendo hombre, era una gaita porque si le dabas al punto con cierto vigor le hacías unos agujeros al papel que quedaba muy oreado y muy chulo al contraluz, pero que no sé yo.

Luego se inventó otro artilugio a partir de un teclado de máquina de escribir, una caja enorme y ruidosa llena de cables y cosas raras y una especie de tele. A esto lo llamaron “máquina de ordenar” y superaba en mucho a la de simplemente escribir porque tenía (tiene) unos y ceros mientras que con la máquina el uno lo hacías con una ele minúscula (no muy pequeña, minúscula) y el cero con una O mayúscula. Otra de sus bondades es que puedes jugar a juegos extremadamente violentos en los que te imaginas que matas al autor, al editor o al jefe de departamento y así descansas de tanto traducir.

Pero lo principal para el traductor es que con la máquina de ordenar borras, cambias, tachas y demás sin atentar contra los arbolitos con los que se fabrica el papel y que son los pulmones de nuestro planeta. ¡Todo sea por la ecología! Además, te puedes conectar a algo que se llama “inter-red” donde puedes encontrar todo tipo de porno, pero también enciclopedias varias, diccionarios diversos, foros de pirados como uno mismo, e incluso cuadernos de b-bitácora como éste que están leyendo (“¡Señor Yáñez, hágalo constar en el cuaderno de bitácora!” “¡Aye, aye, capitán Sandokán!”). Asimismo se pueden utilizar varios teclados en un solo teclado. Por ejemplo, mi computordenador tiene un teclado turco al parecer defectuoso puesto que dice “por defecto”, pero toqueteando un poco puedo hacer que las teclas de las letras turcas escriban letras españolas (¡Magia!). Es muy práctico, porque cuando manejas varios ordenadores (el portátil, el grande, el de un despacho, el del otro despacho y el de ese compañero de ahí) no sabes qué teclado estás usando, lo cual te garantiza gratas y divertidas sorpresas.

2) El caballo (corredor o no): Por esas curiosidades de la vida, los traductores trabajamos habitualmente en posición sentada. En los países de occidente, dicha posición se adopta por lo general en unas monturas que llamaremos “sillón” o “silla”, según tengan unos cómodos brazos para apoyar los ídem o no, que para gustos los colores. La montura es muy, muy importante y se le da la debida atención en los foros por lo que he podido ver. Los traductores tendemos a padecer de hemorroides (para esto viene bien el típico flotador de rosco) y de dolores de espalda. ¿Por qué dolores de espalda? Porque el traductor de libros comme il faut (traductor CIF), al sumergirse en el mundo de la obra dejándose seducir por la tersura de la prosa y los sentimientos que transluce (la obra), tiende a ir sumergiéndose también en el monitor de la máquina ordenadora con la aparente intención de comérselo o tragárselo. Para solucionarlo, el taller del Dr. Mengele inventó unos modelos de sillón llamados “ergonómicos” con unas palanquitas para que se agite como si tuviera cuartanas. Estos sillones suben y bajan, y a veces el respaldo va para atrás y para adelante, de forma que nunca (jamás) estés a la altura adecuada y tu trasero pueda ir reculando hasta tenerlo más bajo que las rodillas mientras vas acercando inexorablemente la cara a la pantalla. Quédase así el traductor hecho un higo, o mejor, un acordeón en manos de una dama eslava, para más risa y dolor de vértebras. Pero aún queda lo peor: estos sillones ¡tienen ruedas! Así, cuando quieres incorporarte, el sillón se desplaza hacia atrás y te quedas todavía más doblado. A estas alturas (nunca mejor dicho), puedes besar la barra espaciadora con toda comodidad.

3) Armas cortantes: La máquina ordenadora no puede hacerlo todo y por eso se la alimenta con papeles que otra máquina impresiona o impresa. La función de dichos papeles es que sobre ellos podamos corregir, tachar, eliminar, añadir y, en última instancia, reusar por el otro lado de forma que tus estudiantes puedan leer el informe médico de tu proctólogo mientras tú, todo inocente, consultas en la otra cara de la hoja esos apuntes que has tomado para clase (anécdota que bien podría ser cierta). Para garabatear dichos papeles hacen falta unos instrumentos manuales a los que llamaremos, porque así se llaman, lápices, bolígrafos o rotuladores. Cada cual tiene su función.

a) Boli-grafos (de “bola” y “escribir”): se pueden encontrar en negro y azul por un lado (el azul es mejor para firmar contratos porque no parece una fotocopia en blanco y negro), y en rojo y verde por otro. También los hay de colorines y olores, pero no vienen al caso. Aquí tenemos uno rojo, uno azul y un rotulador de punta más o menos gorda. El boli azul tiene

Boli-graphos

diversos usos, como el de no funcionar justo cuando te hace falta y permitirte ejercitar tu vocabulario más vulgar. El rojo sirve a) para corregir ejercicios y exámenes (cuando empecé a dar clases usaba uno verde porque leí en algún sitio que provocaba menos estrés en los alumnos, pero luego me enteré de que me llamaban “el tío del boli verde” y regresé a lo tradicional. ¡Rojo! ¡Prohibido! ¡Sangre!) y b) para señalar en el papel esas últimas dudas de la traducción que te hueles que no te va a quedar más remedio que consultarle al autor, el cual probablemente no se acuerde de qué diablos quiso decir. ¿Y el rotulador? Merece párrafo aparte:

(Quod erat demonstrandum) Supongamos que eres una traductora que apenas sale de casa y al piso de enfrente se muda un rubio aceptablemente guapo y aceptablemente tonto. Para impresionarle, le descubres tú profesión (“Uy, eso debe de ser muy difícil, ¿no? Con lo que me lío yo con el inglés”) y que eres la única traductora de ese gran ensayista de Manganilandia. Primer error, vas camino de verte metida en un lío. ¿Por qué? Porque acto seguido te pide que le pases un libro (“Parece interesante”), tú aceptas rápidamente y le dices que se lo quede. Segundo error: ahora te pide que se lo dediques como si fuera una canción de la radio. Acabas de fastidiarla. Te molesta dedicar libros que no has escrito (y, si los hubieras escrito, también): ¿Qué demonios se pone? ¿“Atentamente suya”? Claro que no. ¿“A mi vecino más querido”? Vaya cursilada, y además, casi no lo conoces. ¿“Ji, ji, ji, al vecino más guay del universo”? Vamos que no tienes quince años… Para empeorar el asunto, la página donde se cometen semejantes atrocidades está casi toda en blanco. Y aquí, ¡chan, chacha, chan!, viene en tu auxilio, en el cinto la espada y en la mano el azor, este rotulador de punta gorda acertadamente llamado Signpen. Porque todos sabemos que cuanto más gorda sea la punta, menos hay que escribir. Pones la fecha, un abrazo o un beso según el grado de intimidad pretendido, una firma bien ampulosa, y no te da la página para más. ¡Salvada por la tecnología!

b) Lápiz, o lapicero según el diccionario de la LFDE (limpia, fija y da esplendor como el Netol), aunque antiguamente no era lo mismo: También los hay de colores y tampoco vamos a detenernos en ellos. Además, ignoro el motivo, los rojos funcionan mucho peor que los bolígrafos del mismo color. Los hay mecánicos, pero no son como los auténticos, con una barra de carbón metida en un palo. En la ilustración podemos ver varios: uno de carpintero (ja, ja, qué risa, qué regalo más original), dos en distintos estados de descomposición, uno mecánico, y el genuino lápiz amarillo-negro que me

Hace años que no compro un lápiz. ¿Suerte o cleptostilofilia? (amor a la sustracción de lápices, digo yo).

recuerda aquella descripción de Jardiel Poncela (“Era alta, muy rubia; llevaba un traje amarillo. Parecía un lápiz Fáber”). Los lápices sirven para apuntar las dudas en el libro y para corregir los borradores. Lo cual no deja de ser una estupidez porque, si no lo vas a borrar en la vida, ¿para qué usas un lápiz y no un bolígrafo? Misterios de la Naturaleza.

Ah, pero yo, para corregir los borradores, no uso un lápiz cualquiera, sino un súper lápiz regalo muy agradecido de mi amada esposa al que no le miré el dentado (al regalo). Helo aquí:

"EL" lápiz (-ero)

Gracias a este magnífico lapicero, las páginas del borrador acaban de esta guisa:

¿Ven qué bonicas? Es que somos unos indecisos. Y, por cierto, si lo ven les felicito por la vista. Bueno, tenemos lo principal: la máquina ordenadora, la montura y las armas de mano. Con eso y un bizcocho…

4) El escudo: Un añadido útil al armamento del buen traductor son unas hojitas de papel en blanco, o cuadriculadas, o con rayas, unidas por diversos procedimientos a las que llaman “cuadernos”, aunque son mejores los “cuadernitos”. El tamaño de estos ingeniosos inventos permite que los llevemos en un bolsillo de la chaqueta y que podamos usar sus hojas para escribir con un boli-grafo (azul o negro) lo que se nos ocurra en el momento más inesperado. Por ejemplo, en el metro, asido a la barra: “¡Ah! ‘sturfgt er

Cuadernillos o cuadernicos. El pequeño es para apuntar las chorradas que se me ocurren para este blog (los dos rojos son también casos de cleptoquaternifilia).

birnz’ lo podría traducir por ‘dame un duro’ en lugar de ‘necesitaría vuestra ayuda económica'”, que queda mucho mejor, de aquí a Lima. O bien: “Por Dios, que no se me olvide comprar patatas”. Pues hala, ya lo tienes en negro (o azul) sobre blanco y no se te olvidará. Siempre y cuando te acuerdes de mirar el cuaderno, que ésa es otra.

Éstas son las armas principales del traductor (que se me ocurran) aparte de su sorprendente don de lenguas, su sutil inteligencia, su afilada intuición, su extraordinario savoir-faire, su gallarda apostura y sus inmarcesibles virtudes morales.  ¡Oh, se me olvidaba! Y el texto que tiene que traducir, claro. Aunque puede que no tenga tanta importancia. ¿Alguna pregunta más, capitán Haddock?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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