La imposibilidad de la traducción (2)

Hay veces que los comentarios que se hacen a estas entradillas te hacen perder la tranquilidad espiritual y te obligan a pensar. Es algo que no me gusta porque si pienso me duele la cabeza y porque no creo que haga falta, como explicaré en su momento. El caso es que la amiga Curri Barceló dice lo siguiente:

Me he perdido un poco con eso de “En un lugar de la Mancha de Velázquez”. Pero el resto, me hace reflexionar y pensar que sí, que existe la imposibilidad de la traducción si la miramos desde ese punto de que cada palabra causará un efecto diferente en cada idioma. Diría que es, también, por la historia que cada lengua tiene detrás. Si yo cojo una palabra de otro idioma porque no tengo ningún vocablo para denominar algo, estaré cogiendo el vocablo, pero no todo aquello que lleva detrás. No sé, da mucho qué pensar. Eso sí, no dejaré de intentar traducir vocablos y dejar bagajes sin traducir.

Dejemos de lado lo del Quijote de Velázquez, porque simplemente me acordé de un pensamiento de aquel filósofo llamado Jaume Perich en el que se quejaba del mal estado de las Artes en España y ponía como ejemplo que uno de los cuadros más famosos de Goya, Las lanzas, fuera de Velázquez. Resuelto esto, dejamos también para más adelante lo del octosílabo y el pentámetro yámbico porque tampoco era un ejemplo demasiado bueno, que digamos.

La verdad es que tanto Ernesto Sábato como Curri Barceló tienen razón. Claramente los conocimientos musicales de D. Ernesto son muy superiores a los míos, pero no creo que me haga falta saber música para hablar de traducción y, ya puestos, tampoco pensar porque para eso están los teóricos de la traducción. Siempre he tenido la impresión de que los teóricos (de cualquier cosa) son unos señores a quienes pagan para que piensen lo que nosotros elucubraríamos con enorme gasto de analgésicos y luego lo escriban para que podamos decirle a cualquier víctima propicia: “¿Ves como tenía razón? ¡Esto es lo que yo he dicho siempre!”. Está claro que cada lengua tiene una íntima relación (¿relaciones íntimas?) con la cultura del lugar donde se habla. Está claro también que aparte del significado diccionaril, la lengua (las lenguas) tienen unas connotaciones que no podrá apreciar del todo quien no haya mamado esa cultura. Por ejemplo, cuando el amigo Luis Cernuda decía que la palabra “andaluz” le gustaba “Por lo callado de su ritmo,/ que deja un eco cuando se ha dicho” y “Por todo lo que en ella tiembla,/ hiriendo el pecho como saeta”, podemos estar casi seguros de que lo dice porque era, mire usted por dónde, andaluz, y posiblemente un castellano, sin ir más lejos, no opinaría lo mismo. Otro ejemplo: la boca de fresa por la que se le escapaban los suspiros a la princesa, en turco sería una boca de cereza porque es la metáfora clásica que usan para los labios. Oiga, pero es que la fresa tiene esa forma de corazoncito de pitiminí y es dulce y a la vez ácida y es la única fruta que tiene las semillas por fuera y… Eso le parecerá a usted, para los turcos los labios son de cereza y ya está.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, podemos llegar a aquello de Robert Frost de que la poesía es lo que se pierde al traducir y a la frasecita de que la traducción es imposible. Pero el hecho es que traducimos, mejor o peor. ¿Qué podemos hacer entonces? Menos mal que se inventaron los teóricos de la traducción y no nos hace falta partirnos la cabeza. Rápidamente viene en nuestra ayuda gente como D. Eugene Nida, D. Hans Vermeer o D. Sergio Viaggio y su padre espiritual D. Mariano García-Landa. Hagamos un batiburrillo de todos ellos a ver qué nos sale. Hijo mío, ¿tú qué quieres conseguir? ¿Que lo del andaluz hiera el pecho de un inglés como una saeta? Pues lo llevas crudo, mejor que digas otra cosa. Tienes que hacer como el señor Nida, que quería convertir a los esquimales al cristianismo y se daba cuenta que la imagen del cordero no les decía nada de nada porque en su pastelera vida han visto tan estúpido animal. ¿Solución? ¡Cambiémoslo por una cría de foca! También es blanca, inocente, boba a más no poder… ¿Lo ves, lo ves? Ya son más de las tres. Mutando todo lo mutable de los mutantes, has conseguido tu escopo y el espacio hablístico intendido. ¡Toma!

Por eso decía lo del pentámetro yámbico. Me acordaba de un libro de García Gómez que se llama Árabe en endecasílabos. La literatura clásica árabe tiene esas famosas casidas, que a los occidentales postrrománticos nos parecen un rollo macabeo porque son todas parecidísimas y, en nuestra opinión, monótonas. ¿Qué hizo D. Emilio? En un intento de reproducir la experiencia estética que se supone que sienten los árabes al leerlas, las tradujo en endecasílabos españoles. Que corresponden (no el octosílabo, ya lo sé), si mal no recuerdo, al pentámetro yámbico inglés y a eso era a lo que me refería. ¿Y el contenido? ¡Y qué más da! En este caso, no tiene tanta importancia como la forma. Ah, pero si hago eso pierdo lo del andaluz y el cordero… Hijo mío, no puedes pretender tenerlo todo.

Pero, pero, pero, entonces sí que se pierde y tenía razón Sábato con lo de los armónicos. Bueno, pero ¿y lo que se gana? De entrada ganas el leer a alguien (entendiéndolo) que antes no podías. ¿Que hay malas traducciones que te quitan las ganas de volver a abrir un libro de, digamos, Chéspir en todo lo que te quede de vida? Pues sí, pero también hay algunos originales para echarlos de comer aparte. Y no sólo eso. Tampoco los originales nos dicen a todos lo mismo. El Quijote no me dice a mí lo que a un lector de su época, y no sólo porque usa un vocabulario que a veces no entiendo como lo de los duelos y quebrantos (con lo que un extranjero contemporáneo que leyera una traducción contemporánea lo entendería mejor), sino también porque a) no me he leído un montón de libros de caballerías antes de leerme El Quijote y b) me le leído un buen montón de libros escritos después e incluso me lo estudié en el cole antes de leérmelo. Ahí precisamente está la gracia del cuento de Borges “Pierre Menard, autor del Quijote”. Mi experiencia como lector no es, no puede ser, la misma que la de otro y, si me apuran, tampoco lo será en distintos momentos. Entonces, ¿a cuento de qué tanta tabarra con que una traducción no dice exactamente lo mismo que el original? Pues claro que no. Tampoco el original, listos.

Tendríamos que verlo de otra forma. Como decía aquella alumna mía, esto de la originalidad es un dilema, porque también una traducción es original en sí misma. O, ya que he mencionado a Borges, no me voy a privar de citar un fragmento de “Las versiones homéricas”:

La superstición de la inferioridad de las traducciones -amonedada en el consabido adagio italiano- procede de una distraída experiencia. No hay un buen texto que no parezca invariable y definitivo si lo practicamos un número suficiente de veces. Hume identificó la idea habitual de causalidad con la sucesión. Así un buen film, visto una segunda vez, parece aun mejor; propendemos a tomar por necesidades las que no son más que repeticiones. Con los libros famosos, la primera vez ya es segunda, puesto que los abordarnos sabiéndolos. La precavida frase común de releer a los clásicos resulta de inocente veracidad. Ya no sé si el informe: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, es bueno para una divinidad imparcial; sé únicamente que toda modificación es sacrílega y que no puedo concebir otra iniciación del Quijote. Cervantes, creo, prescindió de esa leve superstición, y tal vez no hubiera identificado ese párrafo. Yo, en cambio, no podré sino repudiar cualquier divergencia. El Quijote, debido a mi ejercicio congénito del español, es un monumento uniforme, sin otras variaciones que las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista; la Odisea, gracias a mi oportuno desconocimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorized Versión de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la saga vigorosa de Morris o la irónica novela burguesa de Samuel Butler.

O sea, las tan denostadas e imposibles traducciones nos permiten una riqueza que ni siquiera pueden alcanzar los lectores cuya lengua nativa sea la del texto original. Suponiendo que los griegos actuales entiendan a Homero, que no lo sé. Puede que esto sea una exageración, pero me sirve como argumento, así que no me parto más la cabeza.

Resumiendo:

1) Es verdad que cuando traducimos no podemos expresar (¿connotar?) todo lo que le dice el original a un lector ideal de la lengua y la cultura en que se escribió. Presten atención al astuto pretérito indefinido “escribió” y al adjetivo “ideal”.

2) Sí podemos optar, a modo de decisión estratégica, por mantener lo que creemos más importante. (En “los suspiros se escapan de su boca de fresa”, ¿dejamos la aliteración o la sacrificamos por el sentido? ¿De verdad a un extranjero le importa que los labios sean de fresa o de cereza? ¿De verdad nos interesa a nosotros por qué suspira la princesa? ¿De verdad se cree que el caballero se va a interesar por ella si no toca su clave sonoro?).

3) En cualquier caso, para quien no sabe la lengua del original, una traducción siempre será una ganancia por la sencilla razón de que no puede leerlo. Y si podemos leerlo y no nos da la gana, pues también.

4) La posibilidad de múltiples traducciones de un mismo original es un valor añadido que además nos puede servir para presentar ponencias a congresos y demostrar lo bien que lo traduciríamos nosotros y lo mal que lo han hecho todos los que nos han precedido.

En conclusión:

a) Siempre hay gente amable que ya ha pensado lo que piensas tú pero no sabes explicar como es debido. (Los llamados “teóricos”.)

b) Digamos que se pierde algo al traducir, ¿y lo que ganas?

c) Entonces, ¿para qué darle tantas vueltas a la cabeza con lo de que la traducción es imposible si vas a ligar lo mismo o menos que antes?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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