Más de lo mismo

Por esas cosas que tiene la madre Naturaleza, mis hermanas son capaces de hacer un canutillo con la lengua o de darle la vuelta. Yo no. No es cuestión de aprenderlo, ni de práctica. O puedes, o no. A cambio, yo sé mover las orejas. Resulta que la susodicha madre Naturaleza nos proveyó con unos músculos bajo la piel que se nos han hipertrofiado y que previsiblemente servían para espantar las moscas. Pues a mover las orejas sí se puede aprender. Te cuesta más o menos tiempo de poner caras raras, pero aprendes.

Todo esto viene a cuento de la traducción. Según algunos traductores sublimes, traducir, especialmente literatura, es poco menos que hacer un canutillo con la lengua: no todos tenemos la capacidad necesaria. En mi opinión es como mover las orejas: se puede enseñar y aprender; te costará más o menos esfuerzo y te saldrá mejor o peor, pero es algo al alcance de todo el que sepa al menos dos idiomas. O puede que no, todos somos buenos en algo y no tiene por qué ser lo mismo o el mundo sería muy aburrido. Por ejemplo, aunque los dos tenemos el mismo sistema fonador, yo sé turco y mi sobrino Alfonso no. Por otro lado, aunque tenemos el mismo número de miembros superiores e inferiores, él juega muy bien al tenis y yo no sabría darle a una pelota con una raqueta del tamaño de una catedral. Un detalle más, por seguir con esta metáfora alegórica: a pesar de ser más joven, mi sobrino suele perder cuando juega con mi cuñado Antonio porque este último tiene más experiencia. ¿Ven? Un poco de talento, condiciones físicas, aprendizaje y experiencia es todo lo que se necesita para cualquier cosa. Observen que no niego por completo el talento (como sí lo hacían en el ejército cuando nos enseñaban aquello de voluntad de vencer, capacidad de acción y libertad de ejecución; o sea, querer, saber y poder), pero sin lo demás, no vale para nada.

Lo digo porque me he leído un Trujamán de Juan Jesús Zaro sobre un artículo de Rakefet Sela-Sheffy que mencionaba David Paradela, el del blog Malapartiana. Vaya cadena, ¿eh? Es lo que tiene internet. La Sra. Sela-Sheffy ha tenido la santa paciencia de comparar cómo se ven a sí mismos una serie de “grandes” e “importantes” traductores literarios y otra serie de traductores “técnicos” más “profesionales”. Aquí tenemos la oportunidad de encontrarnos con la primera tocada de narices. Los traductores literarios no se consideran profesionales, algo que desprecian. ¡Chúpate esa mandarina! O sea, uno mismo, yo, no es que sea traductor a tiempo completo y el permiso de residencia y la seguridad social los tengo gracias a la universidad, pero en cuanto firmo un contrato me considero un profesional. ¿O es que seguimos con la ficción de que a las Olimpiadas sólo van amateurs?

Esta maldita manía tiene tres consecuencias graves que se me ocurran ahora mismo, aunque hay más, y que pueden formularse de la siguiente manera: (1) Traducir es un arte y no puede enseñarse (y no todos valen para hacerlo); (2) Como soy un artista, sólo traduzco lo que me gusta; (3) Como sólo hago lo que me gusta, para mí el dinero no es importante (y si además eres tísico, canela, te pueden dar el primer premio “Dama de las camelias”). Pueden darse cuenta de que todo esto tiene que ver con el maldito Romanticismo, mecachis en la mar.

Vamos a una época que me gusta más, al Renacimiento. Hace unas entradas hablaba de la familia Bellini por lo de Los turbantes de Venecia. Pues bueno, el paterfamilias, Jacobo, tenía un taller el tío para que sus hijos, su yerno, primos, amigos, conocidos y demás familia, aprendieran a pintar. ¿Se le ocurre a alguien decir que no eran artistas porque aprendieron a pintar y no nacieron siendo unos genios? La verdad es que eran un poco nepotistas, pero algo aprenderían, por mucha predisposición genética que tuvieran, digo yo. Pero no, traducir, como es un arte, es una especie de experiencia mística. No es sólo que sea un poco intuitivo, que en mi opinión lo es, sino que es sólo intuitivo. ¿Cómo se va a aprender?. Y podemos fastidiarla, encima, y que resulte que si aprendes es imposible hacerlo, menudo lío:

[…] I do not believe in a theory of translation whatsoever. […] I have certain guidelines, but the trouble is that many of them contradict each other, and since I try hard to be faithful to all these principles at once, it turns out that I look at the work of translation as a mission impossible by definition.

Vamos con el segundo punto: A todos nos parece estupendo que, digamos, Miguel Ángel da Vinci fuera un gran artista e hiciera obras por encargo que no por eso desmerecen en cualquier capilla Sixtina que uno tenga en el salón-comedor. Sin embargo, hay quien piensa que el artista, como tiene que ser profundamente original, sólo puede producir aquello que le sugiere, como mucho, la correspondiente musa. Esto, que tiene que ver con el punto anterior, me recuerda al padre de Groucho Marx, que era sastre y decía que la cinta métrica era para los enterradores. Así le salían los trajes al pobre. Pues eso, trabajar de encargo es algo propio de sastres o enterradores, aunque ambas profesiones tengan su lado artístico. El verdadero artista de la pista sólo traduce aquello por lo que siente empatía, como decía en otro Trujamán Mª Teresa Gallego. Es que traducir es como comer, sólo aprovecha y sienta bien lo que te gusta. Si yo tuviera que traducir algo que no me gustara, vade retro, no podría salirme bien porque se me embotaría la inspiración y, presumiblemente, me pondría a pensar en los peces de colores. Esto es una verdad como un puño. No se engañe nadie, no, traducir lo que no te gusta es un plomo. Como hacerle un traje a un tipo desagradable. Como enterrar a un difunto con una familia histérica/histriónica. Como dar clase a una veintena o más de mozos y mozas con las hormonas primaverales. Como …………….. (hagan el favor de incluir aquí una experiencia desagradable de sus respectivas profesiones). El verdadero traductor-artista exige sentir en lo más profundo del corazón lo que está traduciendo, entonces le saldrá algo de chuparse los dedos:

[…] I have never translated a book that I was not a hundred percent happy about. One way or the other, the repertoire of experiences in all the books I have translated have been composed of things that in certain respects are directly linked to my life.

Ánimo, ya hemos llegado al tercer punto: En esto de las metáforas artísticas la versión traductoril, más que pictórica, es sobre todo musical. En cuanto alguien empieza a mencionar la música interna del texto/autor/idioma, me saltan todas las alarmas y empiezo a chillar “¡Peligro, peligro!” como el robot de Perdidos en el espacio (la serie, que uno tiene sus años).  Poco importa que Mozart compusiera por encargo, la verdadera música es inaprehensible. ¿Cómo va a poder hacer eso un mercenario? Por Dios, no seamos ridículos.

You listen to the music of the language and reconstruct the text. This is a kind of rewriting which I do through the ear.

Porque la verdadera traducción es merlinesca y lo demás son zarandajas:

Translation is […] a story consisting of alchemy, wonder, almost magic.

Así pues, existen dos tipos de traductores (literarios): el artista y el mercenario (que cobra y a quien no debería llamársele traductor) y, como todos sabemos, los mercenarios son tipos malencarados y sin escrúpulos, menos los del equipo A que hacen el bien ayudando a los débiles. Es posible que en tiempos artistas como Mozart le cobraran un pastón al monarca de turno por componerle un gorigori, pero, ¿ahora? ¿YO? No voy a prostituir mi arte, vamos, anda. Y Mozart se murió más pobre que las ratas, lo que certifica su calidad como artista. Morirse no, lo de ser pobre. Se ve que no hay que confundir el arte con el trabajo y que en lo de la inspiración y la transpiración es más importante la primera. Bueno, todos sabemos que lo de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” era una maldición de dimensiones bíblicas. El buen traductor no necesita pan, ni chorizo, vive del aire. O de la otra profesión, que te permite comer y te deja el tiempo suficiente para traducir. No quiero que se vea como una crítica porque es mi caso, pero por lo menos lo reconozco. Existe una expresión despectiva que me saca particularmente de quicio, la de “trabajo alimenticio”, como si fuera algo malo. Pues claro que sí, todo trabajo es alimenticio, o sea, lo que te pagan puede servir para comprar alimentos, vaya, pero puedes comprarte otra cosa, si quieres, como ropa, por ejemplo… Se me va el santo al cielo,  menos mal que aquí hay un señor que me lo devuelve a la tierra:

[I] translate neither for livelihood nor for prizes. When I identify with a writer and […] admire him, I want to translate him, whether they pay me or not.

Di que sí, hombre, con dos pares y más chulo que un ocho. Se puede decir más alto, pero no más claro (para los que sepan inglés): “whether they pay me or not”. ¿O no es el dinero la madre de todos los vicios? Estoy absolutamente convencido de que si me pagaran una traducción como es debido (bonito caso de oxímoron “traducción pagada como es debido”) iría de inmediato al camello más cercano a gastarme la paga en droga. Que es lo más probable que hagan los que pretenden que se les pague por traducir.

¡Ay, Virgen santa del perpetuo socorro! ¿Cómo nos va a tomar nadie en serio si seguimos con semejantes tonterías? No se puede aprender a traducir, traduzco sólo aquello por lo que siento empatía, me lo paso tan bien traduciendo que no me importa si me pagan (o no). Hace unos años participé en una mesa redonda en la universidad del Bósforo que fue por esos derroteros. Había quien soñaba con los personajes de la novela que traducía, quien lloraba de felicidad, quien le prestaba su voz al autor (sic) es de suponer que para entonar un aria sublime, quien opinaba que incluso pagaría por traducir… Yo, por supuesto, me callé como una monja de clausura (me parece estúpido que digan que son las prostitutas quienes guardan silencio) hasta el punto de llamar la atención. ¿Qué podía haber dicho? ¿Que traducir es como cualquier otro oficio, que requiere talento pero también aprendizaje? ¿Que el verdadero traductor traduce lo que le echen le guste o no? ¿Que lo hace por dinero porque (a) nadie vive del aire y (b) porque los trabajos hay que pagarlos y cobrarlos? ¿Que nada de lo anterior implica que se traduzca peor? Una solícita colega que había estado ilustrándonos cómo convertía el torpe texto del escritor, pobrecillo, en una sinfonía de color, sabor y música, se me acercó solícita al terminar el acto y me comentó: “No has dicho nada”. No me acuerdo de lo que le contesté, pero sí de que me sentía como si hubiera asistido a una asamblea de extraterrestres. Aunque, a saber, a lo mejor los extraterrestres no son tan artistas.

¿Saben lo que creo? Que los arrebatos extáticos, las músicas celestiales y las alquimias, son reacciones de lector, es decir, muy loables pero algo distinto, y puede que previo, a lo que es traducir en sí.

P. D.

Todos sabemos que Miguel Sáenz es un traductor de primera, algo que incluso está reconocido “oficialmente”. Una prueba de sus dotes de traductor consciente, original y brillante es esta traducción del poema “Spellbound” de Janet Minor. Observen que no sólo mantiene el contenido, adaptándolo, por supuesto, al español, sino también la rima, y lo hace todo en decasílabos. Pues bueno, este difícil ejercicio de traducción aparece en el libro Cómo escribir y publicar trabajos científicos de Robert A. Day, la cosa más prosaica y menos literaria que uno pueda echarse a la cara. Libro muy recomendable por sus otros valores, eso sí. No creo que a D. Miguel se le cayeran los anillos por traducirlo, a pesar de su dedicación a la traducción literaria.

“Spellbound”, Janet Minor:

I have a spelling checker,
It came with my PC,
It plainly marks for my revue
Mistakes I cannot sea.

I’ve run this poem threw it,
I’m sure your pleased too no,
Its letter perfect in its weigh,
My checker told me sew.

Traducción al español de Miguel Sáenz:

Hortografía

Tengo un programa de ortografía
Que vino con mi computadora;
Me señala, para que la vea,
Cualquier equivocación traidora.

Lo e aplicado a es te poema mío
Y me ha gustado mucho con probar
Que todo es en el y reprochable,
Porque el por gama no puede fallar.

Anuncios

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Traductores. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Más de lo mismo

  1. María Jesús dijo:

    Creo que es una de las entradas que más me ha gustado… pero yo, claro, comparto tu opinión… No me puedo ni imaginar qué pasaría si a un médico le diera por ir hablando de la música de una operación de cadera (aunque seguro que algún cretino anda por ahí haciéndolo)… Por no hablar de la magia de conectar un cable o conseguir que las tuberías de una casa funcionen sin hacer ruidos, que, la verdad, me parecen cosas más importantes y son, hoy por hoy, mucho más difíciles de conseguir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s