¡Daaame un punto, que tú nunca me daaas! (2ª parte)

De entre los teóricos de la traducción, uno de los que me cae mejor es André Lefevere. Este señor, ya fallecido, por desgracia, tiene la extraña habilidad de conseguir que sus textos académicos resulten muy entretenidos. A mí eso me parece, al menos, aunque puede que me pase como al del chiste que grita “¡Piedras preciosas, piedras preciosas!”, su

Que yo sepa, es el único libro de Lefevere traducido al español. El título tira un poco patrás, pero es muy entretenido, palabrita del niño Jesús

amigo le dice “Idiota, son ladrillos”, y él contesta: “Pero a mí me gustan…”. Además, Lefevere tiene una cierta dosis de mala uva que me resulta muy agradable y que consigue que me identifique con él.

Lefevere era de ese grupito de gente a los que llamaron la “escuela de la manipulación” porque decían que toda traducción es una manipulación, no necesariamente en el mal sentido, lo cual es verdad. También le incluyen en eso que llaman “estudios descriptivos de la traducción” que consiste en estudiar las traducciones en la cultura de llegada porque creen que las traducciones pertenecen a la literatura de la lengua a la que son traducidas, lo cual también es verdad. Si no me creen, observen que cualquier escritor español (o turco) dirá que sus mayores influencias son, por ejemplo, Shakespeare, Homero, Tolstoi, Yukio Mishima, Kafka y Ossian, y seguro que no se los ha leído a todos en su lengua materna. Como D. André dice en una frase que cito mucho: “para los lectores que no pueden contrastar la traducción con el original, la traducción es, sencillamente, el original”. No olviden subrayar bien el “es”.

Bueno, pues hablo de Lefevere porque tiene un artículo que viene bastante al caso en este asunto del poco valor que las instituciones académicas le dan a las traducciones. Se titula “La literatura comparada y la traducción” y lo tengo en la traducción de Neus Sanz en el libro que hizo con Mª José Vega (La literatura comparada: principios y métodos, editorial Gredos). Lo que nos viene a contar Lefevere es lo siguiente:

Érase una vez un mundo donde todos andaban tan contentos estudiando latín y griego. Entonceees llegó una princesa muy guapa que se llamaba Madame de Staël que escribió un libro que se llamaba De l’Allemagne. Tanto ella como sus amiguitos eran muy cosmopolitas y unos románticos empedernidos. Pero luego llegaron otros románticos nada cosmopolitas a los que les dio por pensar que su pueblo era el ombligo del mundo y que creían que la lengua que hablaban en su pueblo la tenía un genio en una botella. Le llamaron “El genio de la lengua”. Como todos los que estudiaban presumían de latín, el genio tramó que la lengua genial tenía que estudiarse mismamente como el latín. Entonceees, dice Lefevere:

A los conservadores, pareciera, no les gusta la traducción porque ven en ella una amenaza potencial de lo que están tratando de conservar, y no un posible enriquecimiento.

Pos ea, la cosa se puso tan mal que:

[…] los románticos extendieron el lugar privilegiado que la Biblia había disfrutado como texto sagrado a otras obras canónicas de la literatura, que, por tanto, no debían ser sometidas a ningún cambio.

Lo cual hizo muy feliz al malvado genio y muy desdichados a los pobres traductores que seguían a Madame de Staël creyendo que también en las otras literaturas podía encontrarse algo digno de hincarle el diente. ¡Ajá, pero no acaba ahí la cosa! ¿Qué se habían creído, lindos niños?:

Por incomprensible que parezca para el sentido común, los comparatistas han preferido, durante mucho tiempo, escribir libros en la lengua A sobre el uso de, por ejemplo, metáforas en libros escritos en las lenguas B y C, sin preocuparse lo más mínimo de si esos libros eran accesibles en la lengua A, y, ciertamente, hacerlos accesibles no estaba entre sus preocupaciones.

Ah, pero ni por esas podía el genio evitar que la gente se viera obligada a leer traducciones, así que ideó un curioso truco:

[…] insistir en que sólo un escritor genial podía o debía traducir a otro escritor genial. Con ello […] rebajaron la categoría de los traductores, pues, aunque se reconocía su honestidad como artesanos, no podían, bajo ningún concepto, ser considerados escritores geniales.

Y además:

Cuando se estudiaban las influencias de una literatura sobre otra, se describía a los autores como si se hubieran leído en el original.

Y así el genio malo y sus amiguitos fueron felices y comieron perdices y Madame de Staël y sus cosmopolitas se quedaron con un palmo de narices.

Por cierto, Lefevere no lo cuenta así, pero es que este blog es para todos los públicos. En fin, la última astucia del genio lleva a que exista gente a la que se le ocurren perlas como la que me encontré hace tiempo en la revista Cuadernos Cervantes, en el número 40 para ser exactos:

Igualmente interesante es acercar al estudiante a un autor de su país, sumergirle en su propia cultura en español, mediante una buena y adecuada traducción: Faulkner/Borges; Gide/Cortázar; Cavafis/Valente, y otras tantas espléndidas y exactas asociaciones autor-traductor.

Es tan enternecedor que me están entrando ganas de abrazar una toalla lavada con mucho suavizante del osito ése. O sea, que si estoy aprendiendo una lengua, lo que tengo que hacer es leerme a los autores de mi país (que seguro que no los he leído porque soy un cateto) traducidos a la lengua que estoy aprendiendo por un “escritor genial” de la lengua que estoy aprendiendo (en lugar de leerme sus obras, que seguro que no me entero porque, como he dicho antes, soy un cateto).

No hay más leña que la que arde. Las traducciones son malas porque desvirtúan el genio de la lengua. Así de simple. ¿Que quieres leer una traducción? Pues léete una hecha por un escritor como es debido, que si no cualquiera sabe, igual hasta te vas al infierno de patas. Eso, además, te permite presumir diciendo esa bonita frase de “La traducción de Quevedo es mucho mejor que el original de Plutarco”. Uso a estos dos señores para que nadie se mosquee, puesto que creo que fallecieron hace algún tiempo. Para ser algo más modernos, si alguien no se ha leído el original (como yo) porque su francés no va mucho más allá del frère Jacques, frère Jacques (como el mío) y quiere quedar como un tío listo, tendrá que afirmar rotundamente: “¡La traducción de Cortázar es mil veces mejor que el original de la Yourcenar!” prestando atención a lo de “la” Yourcenar. Todo esto dicho con el infinito respeto que le tengo a muchos autores que también son o han sido traductores. Clara Janés, por ejemplo, que para eso acabo de cerrar un libro suyo de estupendas traducciones de Yunus Emre.

En dos (quince) palabras, las traducciones no son de fiar y además no alimentan al genio de la lengua. Muy distinta es la situación en lo que se refiere a los trabajos sobre ínclitos escritores en la lengua patria que puedan conducir a nuestro país al más alto puesto en el concierto de las naciones. Como la tesis de mi amiga Teresa, pongamos por caso, que se empeñó el director en que prepara una edición de un poeta gongorino menor que descansaba en el olvido y que, según ella, “merecía ser olvidado”. De hecho, nunca acabó la tesis. Así de importante era el buen hombre. Hasta eso será más válido que una traducción, porque cualquiera con un buen diccionario, etc., etc.

Por cierto, a esta entrada se le hace un apañillo, se le ponen unas cuantas citas de otros autores, se le añade una bibliografía abundante, se adorna con un puñadito de notas al pie e igual te la publican y te dan puntos y todo. Así mismo (un poner), por si quieren leer algo del amigo Lefevere:

Lefevere, André (1992): Traducción, reescritura y la manipulación del canon literario. Salamanca: Colegio de España, trad. de Mª Carmen África Vidal y Román Álvarez, 1997.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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3 respuestas a ¡Daaame un punto, que tú nunca me daaas! (2ª parte)

  1. María Jesús dijo:

    Por no hablar del componente ególatra-nacionalista que esos buenos románticos amigos del genio tienen… ¡Ah, no hay nada como “mi” lengua, “mis” autores, “mi” literatura…! Y, por supuesto, sólo “mis” autores pueden traducir bien y merecen ser leídos por “yo y los míos”…

  2. Celia dijo:

    Lo de las notas y el apañico no es mala idea.

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