¡Daaame un punto, que tú nunca me daaas!

Últimamente me he topado varias veces con un asunto que no me agrada en exceso y que en cierta medida tiene que ver con las traducciones. Me refiero a los puntos en la universidad. Por ejemplo, el otro día comentaba aquí que he publicado alguna cosilla sobre Pamuk basándome en el libro de Nüket Esen y que no me avergonzaba de haber conseguido unos puntos. Hacía poco había surgido el tema porque una compañera me comentó que en nuestra universidad han cambiado los baremos (lo que no tendría nada de raro porque no coincidían con los del Consejo de Enseñanza Superior -YÖK-). Y hoy me he encontrado por casualidad un artículo bastante airado en El país de José Adolfo de Azcarrága sobre el borrador del Estatuto del Personal Docente e Investigador. La verdad es que, a pesar de lo razonable que pueda ser su cabreo, ya existían los criterios de la ANECA, que tampoco son mancos.

No sé cómo funcionará el asunto en otras profesiones, ni tampoco en España, pero aquí ser profesor de universidad tiene mucho de parecido a una carrera en pos de los famosos puntos que te permitirán acceder (a) al funcionariado (si eres ciudadano turco) y (b) a mejores puestos (y mejor sueldo y jubilación). Este sistema promueve dos tipos de profesor: el que está tan a gusto como está y le importan un bledo los baremos; y el que se pasa la vida haciendo cuentas a ver de dónde puede arrancar un puntillo. Cuando uno es joven e inocente se cree que los académicos publican cuando tienen algo que decir. Muchas veces no es ése el caso, sino que publicas cuando te hace falta para ascender. ¿Triste? No necesariamente, puede ser un aliciente para publicar y no implica necesariamente que sólo se escriban heces fecales.

No quiero entrar en las trampas que se hacen para quedar mejor, sino analizar un poco dónde quedan las traducciones en todo esto porque no deja de ser curioso. Por ejemplo, en la Universidad de Estambul, la mía, sólo se valoran, con distinta puntuación según los casos, las traducciones de “libros científicos y de originales de obras raras”. Lo de “raro” no precisa en qué consiste, pero no hay que ser un Einstein para deducir que se refiere a obras otomanas, en árabe o persa. Por si no había quedado claro, un poco más abajo se especifica que lo que de verdad vale son las “traducciones con explicaciones y comentarios”. Por supuesto, quien esto suscribe intentará que le reconozcan el prólogo de El instituto para la sincronización de los relojes, aunque no tiene muchas esperanzas puesto que se trata de una novela y no puse notas al pie ni bibliografía, conditio sine qua non para que se te reconozca lo que sea como académicamente digno. A lo que voy es a lo siguiente, y lo he dicho muchas veces: se te dan puntos si traduces un artículo sobre El Quijote, pero no si traduces la novela. ¿Absurdo? Bueno, tiene sus motivos. Se supone, nos decía Hans Vermeer, que una publicación científica tiene que hacer avanzar la ciencia y abrir nuevos horizontes. Si traduzco una publicación científica, al fin y al cabo estoy contribuyendo al avance de la ciencia en mi país; si traduzco una novela, no (o es discutible).

La ANECA española dice:

Las  traducciones y ediciones  acompañadas de aportaciones propias relevantes en forma  de estudios preliminares y anotaciones, y publicadas en colecciones especializadas, podrán ser  valoradas, a  juicio del  Comité, como monografías. Las revisiones de textos para su publicación y las traducciones de obras contemporáneas serán valoradas  en el apartado de “Otros méritos de investigación”. Sin embargo, si van precedidas de estudios preliminares y acompañadas de anotaciones fruto de una  investigación personal, pueden recibir una valoración equivalente a la  de “capítulo de libro”.

O sea, más o menos lo mismo. Lo importante son los “estudios” y las “anotaciones fruto de una investigación”. Repito que lo veo lógico o, por lo menos, comprensible. Sin embargo (aquí está el pero), no entiendo por qué a los profesores de conservatorio, que en Turquía están integrados en la educación superior, sí se les valoran las interpretaciones y las obras que componen y a los de los departamentos de traducción no se les tienen en cuenta sus traducciones. Es decir, si soy profesor de piano y compongo una sinfonía o la interpreto como solista me dan, respectivamente, cincuenta o cuarenta puntos (que también es injusto que sólo te den diez puntos más por componerla). Si soy profesor de traducción literaria y traduzco En busca del tiempo perdido, no me dan ni las gracias. Eso es lo que más me fastidia.

¿Qué consecuencias tiene esto? De no hace muchos años a esta parte se han abierto por los cuatro confines del mundo un sinnúmero de facultades y departamentos de traducción. Dichas instituciones necesitan personal docente, para que te contraten te hacen falta puntos y las traducciones no los dan. ¿Conclusión? Que todo quisque se lanza a publicar textos sobre traducción porque las traducciones en sí no se valoran. Esto provoca una inflación tremebunda de textos teóricos, metateóricos y, en algunos casos, meteóricos, que nadie tiene tiempo de leer y, mucho menos, de asimilar. Tesinas, tesis, ponencias, conferencias, artículos, libros y demás, condenados al olvido a excepción de unos pocos que se convierten en clásicos. Sólo porque hay que publicar, y no lo que se hace, sino sobre lo que se hace. Claro, luego el personal dice eso tan falso y desagradable (no es sólo desagradable por ser falso) de que los profesores de traducción no han traducido en su pastelera vida.

Por otra parte, estamos tan acostumbrados a que las universidades sean escuelas de formación profesional que, de remate, vienen las pretensiones de que sólo los licenciados en Traducción e Interpretación están cualificados para traducir, y eso ha encendido el debate sobre los colegios profesionales de traductores. (Conviene aclarar que es algo que nunca llegará a ser realidad en el ámbito de la traducción literaria porque siempre habrá editoriales que prefieran pagar cuatro perras al primo de alguien que estuvo de Erasmus en Londres que una cantidad más decente a un traductor cualificado.) No pretendo sugerir que todos los que se dedican a la práctica profesional sean unos pedagogos maravillosos ni que los académicos más teóricos no puedan enseñar cómo se hace algo. Sería tan ridículo como pretender que soy escritor porque doy clases de filología o que no tendría que darlas porque no soy escritor. Como decía el padre de Gila: “Son amores distintos”.

Pero la lógica que expongo lleva un poco a ese resultado. ¿Para qué van a traducir los profesores si no les reporta nada profesionalmente? (La nevera y el lavavajillas van en un capítulo aparte.) ¿Y para qué vamos a enseñar traducción si no les aseguramos los garbanzos a nuestros licenciados? Uso el plural porque es lo que creo que piensan las instituciones y no los profesores individuales, o eso espero creer. En resumidas cuentas, un tipo aburrido en un ministerio piensa que lo fundamental para ser profesor es la investigación pura y dura y que la práctica no cuenta. Otro opina que todo lo que se enseña en las facultades tiene que ser práctico. A un tercero se le ocurre que para bajar las cifras de paro universitario hay que cerrar el paso en una profesión a todo el que no haya estudiado la carrera. Y esto último sin contar que de algún lado tendrán que haber salido los profesores de traducción que ahora dan clases en la carrera. Es de suponer, visto lo que cree el primer tipo, que se valorarán más los filólogos que los traductores. Y que no se mosquee nadie porque el que esto suscribe es ambas cosas. “Pero, oiga, es que yo… Es que estoy convencido de que para ser un buen filólogo en lenguas extranjeras hay que ser traductor…” “¿Seguro?” “Sí.” “Pues no lo veo yo tan claro.” (dice el primer tipo)

¿Y por qué no se valoran las traducciones en la universidad? Pues porque la idea general es que se trata de algo que se resuelve con un buen diccionario. A nadie se le ocurriría pensar que con un bisturí bien afilado y un libro de anatomía operar un apéndice es coser y cantar. De una traducción, sí se piensa. Se me viene a la memoria una anécdota que me contaron y que agradecí profundamente. Un tipo que me provoca un profundo desagrado le dijo sobre mí a un amigo: “¿Ése? Ése no ha hecho más que traducir a Pamuk”. Y mi amigo le contestó: “¡Y nada menos! ¿Te parece poco?”. Mientras se siga pensando como el desagradable caballero, no llegaremos muy lejos. Seguro que si fuera neurocirujano nadie diría: “¿Ése? No hace más que pegar neuronas”.

Me permito incluir un soneto de Antonio Córdoba Barba, catedrático de análisis matemático, que tiene bastante que ver con esto y que me  gusta mucho. Es de sus Tontetos y ripiolemas:

ÍNDICE DE IMPACTO

Conviene publicar un disparate,

Tan obsceno que ofenda de ipso facto.

Te darán un gran índice de impacto,

Los ingenuos que miren tu dislate.

No importa si es con cuerdo o botarate,

De citas mutuas sellarás un pacto.

Aunque sean banales y sin tacto,

Juntas harán lucir tu escaparate.

No intentes un problema complicado,

Si el ritmo frena en tus publicaciones.

Pues debes mantenerlo acelerado.

En alza tengas siempre tus opciones

De rozar el poder en el poblado,

Con índices y citas a montones.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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