Me llamo Rojo/Benim Adım Kırmızı

001 portada BAK esp

Pongo en grande la foto de la cubierta de Me llamo Rojo porque me parece una de las mejores que se le han hecho a Pamuk (a pesar de ser la de la edición de bolsillo y de que el escaneado no quedara tan bonito, se ve mejor el fondo). ¿Y eso por qué? Pues porque resume perfectamente de qué va el libro. Una miniatura de un asesinato, del libro Hüsrev y Şirin, enmarcada en una perspectiva de un cuadro occidental (para ser exactos la ventana de la Santa Bárbara de Robert Campin, que está en el Prado, pero al revés). Y de eso trata el libro, de asesinatos y del contraste entre la pintura otomana y la occidental, y de la perspectiva. Perspectiva de la pintura y perspectiva literaria, porque en cada capítulo habla uno (o una). Por cierto, hay que ver qué curioso es lo de los gazapos de imprenta porque la cita que aparece en la cubierta (“Encontrad al hombre…”), en el texto está de una forma distinta (“Encontrad a ese hijo de puta…”). ¿Por qué será? ¿Se equivocaría el tipógrafo?

Me llamo Rojo es uno de los libros que he traducido, cómo lo diría yo, de manera más concienzuda. Antes de remangarme y meterle mano tuve que tomar algunas decisiones estratégicas. Con estrategia me refiero a la competencia que Dña. Amparo Hurtado Albir, que Dios guarde, define como: “competencia esencial que afecta a todas las demás ya que sirve para detectar  problemas, reparar errores ocasionales o deficiencias en alguna de ellas, así como para planificar y evaluar el proceso traductor y los resultados parciales obtenidos, actuando como reguladora de las demás; tiene un papel decisivo en la toma de decisiones” (Traducción y traductología, pág. 634). Para que vean que no me lo he inventado yo. Como a veces uno se lo piensa, me di cuenta de una “deficiencia” fundamental que tendría que “reparar” para evitar “errores” en este caso no ocasionales: No tenía ni repajolera idea del mundo en que se movían los miniaturistas otomanos del siglo XVI. Es decir, me gustaban y me gustan las miniaturas y en casa tengo alguna; ¿quiénes y cómo las hacían? Ni corto ni perezoso, me fui a una librería y me compré el estupendo libro de Metin And, del que aprendí muchas cosas sobre el funcionamiento de los talleres otomanos, las escuelas y otras zarandajas.

La segunda decisión estratégica tenía que ver con cómo traducir todo eso, y no me refiero si a mano o a máquina. Así que pensé un poco, me llevé el índice derecho a la sien correspondiente (la derecha), se me encendió una bombillita encima de la cabeza y se me ocurrió una idea como a Viki el vikingo. Si la novela iba sobre ilustración de libros, ¿qué otra novela había que tratara más o menos de lo mismo pero en occidente? ¡El nombre de la rosa! Pero El nombre de la rosa ocurre en la Edad Media y mis otomanos eran del siglo XVI. ¡Y qué más da! Los procedimientos seguirían siendo los mismos, ¿no? Así pues, gracias a la inestimable ayuda de mi cuñada, me hice con una serie de vocabularios y léxicos sobre la fabricación y la ilustración de libros en la Edad Media europea. Uno de ellos era el Vocabulario de Codicología de Pilar Ostos, Mª Luisa Pardo y Elena E. Rodríguez. Como, según el diccionario de la Academia, “códice” es el “libro anterior a la invención de la imprenta” o un “manuscrito de cierta antigüedad” y ambas cosas podían aplicarse a los libros de mis otomanos, me vino al pelo.

Otra decisión más o menos estratégica tuvo que ver con un pequeño detalle. Me fijé (a veces lo hago) que en el original nunca se emplea la palabra “miniatura” ni sus derivados. Siempre es “nakş”, “nakış” o “nakkaş”, ésta última para los artesanos. “Nakış”, que en turco se refiere a los bordados, los frescos y otros tipos de, digamos, adornos, viene de una palabra árabe que significa (según el diccionario de F. Corriente) “hacer abigarrado, colorear, esculpir, cincelar, grabar”, etc., pero también “pinchar los racimos para acelerar la maduración de los dátiles”, que no tiene nada que ver con el tema del que estamos hablando. “Nakş” en árabe también se refiere tanto a la pintura como al dibujo y por eso los otomanos usaban ese término (y derivados) para todo lo que tuviera que ver con las miniaturas de los libros.  Pero los “nakkaş” no eran los únicos que estaban metidos en el asunto de la ilustración de libros. Por lo que se deduce de la novela, los “nakkaş” eran, sobre todo, dibujantes, pero también había otros, entre ellos Maese Donoso, el muerto que quiere que encuentren al hijo de puta de su asesino (y no destripo nada porque la novela empieza con el capítulo “Estoy muerto”), que coloreaban la miniatura, doraban los fondos, etc., y que se llamaban “müzehhip” (del árabe “tezhip”). Lo malo es que ambos grupos entraban en la categoría de “pintores”. Es decir, tanto los “nakkaş” como los “müzehhip” eran algo más que monigoteadores y pintamonas respectivamente. Se me ocurrió inventarme una oposición relativamente falsa entre “ilustrador” e “iluminador” que además me permitía usar los verbos “ilustrar” e “iluminar”, además de pintar, dibujar, etc. Digo relativamente falsa porque en el DRAE una de las definiciones de ilustrar es “Adornar un impreso con láminas o grabados alusivos al texto” y de iluminar  “Dar color a las figuras, letras, etc., de una estampa, de un libro, etc.”, que es precisamente lo que hacían mis otomanos, así que miel sobre hojuelas.

Podría hablar bastante más de este asunto, pero me estoy hartando y supongo que ustedes también. Así que paso a otro que, por cierto, traté en un Trujamán. Lo que quizás me traía más de cabeza con la traducción es que no se hacen ustedes idea de lo difícil que puede ser traducir una descripción de una imagen sin verla. Vale, de acuerdo, lo que uno traduce y lo que se leen, son palabras, pero… El libro de Metin And, a pesar de lo bueno que es, no me servía de nada porque es sobre miniaturas otomanas y en la novela se pasan el día hablando de miniaturas persas. Se dan cuenta del lío, ¿no? Ni una de las leyendas de las que hablaban aparecía en el libro de And. Marditos roedores. Pero entonces tuve una experiencia místico-maravillosa. Bueno puede que no tanto, pero sí pintoresca. Bajaba a casa de vuelta de clase (para los que no lo sepan, Estambul está lleno de cuestas y conviene trazar los itinerarios para ir siempre cuesta abajo dentro de lo que cabe), me metí por un callejón donde a veces un viejo extendía la manta para vender libros ídem y veo que tiene un libro soviético en azerí y ruso sobre miniaturas de no sé dónde porque no entiendo cirílico. Lo abro y allí, con unas fotos horrorosamente desenfocadas, estaban las imágenes que ilustraban las descripciones de Me llamo Rojo. Como pueden suponer, me lo compré. Ahora las habría buscado con el gafoootas como hice con el libro siguiente, pero por entonces no lo usaba para buscar imágenes, no me acuerdo por qué. Vaya suerte que tuve, ¿eh? El Señor escribe derecho por caminos infinitos o algo así.

En general, la traducción fue bien recibida. Ni la gente me señalaba por la calle ni me ladraban los perros. Ahora, después del Nobel, hay tantas opiniones en internet sobre el libro que no tengo fuerzas para buscar lo que se dice de ella. Por casualidad me he encontrado una que venía a decir que la traducción era mala porque en cierto momento usaba la expresión “llorar a moco tendido”. Da bastante rabia que descarten una traducción de casi seiscientas páginas por una frase, pero si es sólo eso… Otro decía que captaba muy bien la forma de hablar de los derviches, aunque no tengo ni repajolera idea de cómo hablarán los derviches.

No sé a quién se le ocurrió la idea, pero decidimos presentar la traducción en el Instituto Cervantes. Me preparé una cosa estupenda con diapositivas y demás, pero Pamuk me dijo que no, que mejor leíamos un fragmento, él en turco y yo en español y que me tranquilizara porque ya vería lo bien que salía. El abajo firmante no las tenía todas consigo porque en estos casos suele ser un fragmento en el que has metido la pata cuarenta veces, pero no, tenía razón el tío, quedó muy bien y los presentes que sabían ambos idiomas, algunos de ellos colegas, me pusieron por las nubes. Andaba yo más ancho que largo. Por cierto, a pesar de lo que luego dijo el entonces director de la institución, la sala estaba llena a rebosar y había mucha gente de pie. No por mí, por Pamuk, claro. En esa presentación pude también aprender algo muy importante: el grado de estupidez al que puede llegar el ser humano. En el turno de preguntas hubo dos ejemplos notables. El primero fue el de uno que, con todo su cuajo, le preguntó al autor por qué había escrito sobre ilustradores otomanos y esas cosas que, al fin y al cabo, no le interesaban a nadie. Pamuk demostró su profesionalidad y, en lugar de responderle que porque le daba la gana, comprendió por dónde iba el tipo y le empezó a hablar de la memoria histórica, las raíces del presente y tal. En realidad, la pregunta había que traducirla porque lo que quería decir era: ¿Por qué no escribe usted sobre la lucha de clases, el enfrentamiento entre los colectivos obreros y el capitalismo y el modo de producción oriental, motivos todos ellos mucho más útiles para los trabajadores? Velay, que decía mi abuela.

La segunda pregunta tampoco tenía desperdicio. Una mozuela con pinta de ser de buena familia, o sea, con pasta, todo lo  contrario al anterior, se asombraba de algunas referencias a prácticas sexuales y le preguntó cómo se había documentado. La respuesta más directa habría sido con un contundente gerundio, pero nuestro buen autor le habló de las licencias literarias y demás. Para más inri, la moza en cuestión se estaba leyendo el libro en inglés a pesar de ser turca. “¡Oh, me encanta Delibes! Pero sólo si lo leo en inglés”. Si alguien, hispanohablante, les dice eso, ¿cómo reaccionan ustedes?

Luego nos fuimos a cenar por ahí. Me gustaría señalar que el entonces director del Cervantes no nos acompañó. Y durante la cena, en el mantel de papel de la mesa de una terracita, fue cuando y donde Pamuk me hizo, como buen nakkaş, la caricatura cuya foto aparece en otra entrada de este blog (“La mesa del traductor”). Incluyo el retrato que nos sacamos para inmortalizar el evento:

Cena posterior a la presentación de Me llamo Rojo,  con Mª Jesús, Pablo Martínez Gila y Begoña Colmenero

De izquierda a derecha: Pablo Martínez Gila (jefe de estudios del Cervantes), menda, Orhan Pamuk, Mª Jesús (mi amada esposa) y Begoña Colmenero (bibliotecaria del Cervantes)

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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18 respuestas a Me llamo Rojo/Benim Adım Kırmızı

  1. ¿Alguien sabe por qué se me publicó esto con la fecha equivocada?

  2. Olalla dijo:

    Muy buenas…

    Lo primero, felicidades por el blog. Y felicidades no sólo para el autor, sino también para mí. Llevaba mucho tiempo buscando y leyendo artículos ( y, por supuesto, las traducciones de Rafael Carpintero) y es una auténtica suerte haber encontrado el blog y haber podido suscribirme a él.

    Me encanta la lengua turca, su literatura, su música y debo decir que, aunque ahora me estoy atreviendo con Kemal y Pamuk en turco, todo lo que había leído hasta ahora eran traducciones. Y qué traducciones… Aun así, sigo leyendo el original con la traducción al lado. O quizá más bien la traducción con el original al lado… Justo hace unos días, en un curso-conferencia que di sobre traducción, le comentaba a los estudiantes lo que me gusta Orhan Carpintero. Aquí en la India, Pamuk es famoso, claro, como en muchos países, y bastantes estudiantes lo conocían, aunque no conocían a Rafael Carpintero porque los que habían leído a Pamuk lo habían leído en inglés. Sin embargo, creo que con ese comentario se hicieron una idea de lo importante que es una buena traducción y de lo que puede influir en la recepción de una obra o incluso de un autor al trasladarlos a una lengua diferente.

    Como traductora, me parece un lujo poder leer cómo te documentaste (espero que no te importe que te tutee) y cuáles fueron las dificultades y las decisiones estratégicas (siempre según Hurtado Albir) a la hora de traducir, no sólo a Pamuk, sino a Kemal, Gürsel, Batur… Aún no he podido leer la traducción de Tanpınar pero, en cuanto vaya a España, la compraré. También me parece maravilloso poder seguir aprendiendo sobre el turco a través de la experiencia y la perspectiva de un traductor. Y, llevada por la alegría de haber descubierto esta ebanistería de las palabras, podría hacer miles de preguntas, pero esperaré pacientemente a que vayas desgranando a tu ritmo y según tu criterio lo que generosamente quieras regalarnos en este blog a quienes lo seguimos.

    Así que no te entretengo más. Empezaba felicitándote y termino agradeciéndote que hayas abierto esta ventana para todos los interesados en la lengua y literatura turcas que, en el mundo hispanohablante, están claramente ligadas a tu labor. Espero que nos deleites con muchas más traducciones (y con tus comentarios sobre ellas).

    Un abrazo

    • Gracias, gracias. Hay que ver la vida tan peregrina que llevamos los del oficio. En la India, nada menos. Por cierto, en la traducción de Nedim Gürsel, la editorial me quitó el “la” de “la India” a pesar de mis protestas. Y eso que, si mal no recuerdo, el contexto se refería al siglo XVI más o menos. Digamos Cairo, Líbano y Saudí Arabia y seremos mucho, muchísimo más modernos. Gracias de nuevo y pregunta sin miedo. Un saludo desde Estambul.

  3. Reyhan dijo:

    Me ha encantado esta entrada, es muy interesante ver el trabajo de investigación que conlleva la traducción de un libro.

    Me gustó mucho la elección del tema de las miniaturas por parte de Pamuk y del cambio artístico como forma de representar esa relación tan complicada entre el I. Otomano y “Europa”. Por cierto, ¡mientras leía el libro me acordaba mucho de “El nombre de la Rosa”!

    Una cosa que me gustaría preguntarte acerca del libro es cómo se enfrentó al reto de traducir un libro con tantos narradores diferentes (los distintos artistas, Negro, la tinta…), fue un rasgo del libro que me pareció muy interesante – quizá lo que más me gustó del libro, me resultó muy original – pero que me imagino que haría su tarea más complicada.

    p.d: La nueva cubierta del libro en edición de bolsillo es esta: http://imagen2.zonadecompras.com/portadas/gr/me-llamo-rojo.jpg que no tiene nada que ver con el contenido, aunque creo que la han puesto porque el señor va vestido de rojo. Me gusta más la que ha puesto para ilustrar la entrada.

    • Pues, la verdad, a ver como digo esto sin que quedemos muy mal ni el autor ni yo, en este libro no me esforcé tanto como en otros para las voces de distintos narradores. Creo recordar que todos mantenían un tono más o menos neutro; pero si hay diferencias, sin duda son mérito del autor porque, como digo, no recuerdo haber hecho nada especial ni proponerme nada en concreto. En otros libros sí he sido más consciente.
      Estoy totalmente de acuerdo con lo de la portada. Era mucho más bonita la primera, pero a lo mejor había un lío de derechos o algo así.

  4. Sarabel Gonzalez dijo:

    Antes que nada quisiera felicitarle por un trabajo brillante en la traducción de este libro y agradecerle el que explique con todo lujo de detalles las numerosas visicitudes que ha tenido que superar para poder hacerlo. Como ávida lectora que siempre recela de las traducciones, o mejor dicho, de lo que aportan u omiten los traductores al libro original, me ha resultado extremadamente interesante y loable el esfuerzo (y por supuesto, tiempo) que ha invertido en acercanos a las palabras del autor con la mayor exactitud posible.
    Le confieso que he llegado hasta su blog de pura casualidad. LLevo aproximadamente 300 páginas leídas y las numerosas repeticiones sobre la historia de Husrev y Sirin me ha intrigado de tal manera que me he metido al internet a buscar imágenes que puedan ilustrarla, así como a recopilar un poquito de información sobre lo que para mí constituye el tema central del libro: las imágenes que reproducen los ilustradores como motivo de lucha constante entre el desarrollo de un estilo propio (o sea el ego, que además va en contra de los preceptos de su religión) o la mimetización con las antiguas grandes escuelas y por lo tanto, la ausencia de cualquier individualidad. Aunque a medida que avanzo en la lectura me doy cuenta de que en realidad no parece exisir una absoluta falta de estilo en ningún ilustrador, pues aún inconscientemente es imposible evitar dejar una impronta personal. En fin, no quiero alargarme, que quién mejor que usted para conocer todos los detalles sobre la lectura.
    Ya que obviamente usted es un experto, quisiera aprovechar a hacerle un par de preguntas. Visité Estambul hace unas tres semanas y tan pronto como pisé de nuevo España fui directa a buscar libros sobre la época del sultanato. Desafortunadamente nadie pudo orientarme mucho en las diferentes librerías que pregunté, y mirando entre las estanterías me encontré con Orhan Pamuk y compré su libro. ¿Me puede recomendar algún libro sobre esa época? Me fascina la novela histórica, así que si se encuentra entre ese género mucho mejor.
    Mi otra pregunta es sobre Roxelana, a quien descubrí en Estambul como puede imaginarse. Busqué en varias librerías de allí y todas me mostraban el libro titulado “El Harem”, pero decían no tener nada más sobre ella. He indagado también por el internet (en español y en inglés) y no consigo encontrar nada, ¿sabe si hay alguna biografía o cualquier otro tipo de género sobre ella? Me intrigó muchísimo su figura, más aún cuando visité el Palacio Topkapi y su harén.
    Muchísimas gracias.

    • Estimada Sarabel: Muchas gracias por tan inmerecidos elogios (es lo que hay que decir). ¡Ay, el ego, el ego, qué malo es! Sobre todo para los ilustradores de libros, en fin… Sobre la época del sultanato no hay muchas novelas que se me vengan a la memoria. El árbol de los jenízaros de Goodwin Jason no estaba mal. De autores turcos, que recuerde, se podían encontrar La novela del Conquistador de Nedim Gürsel y El gran eunuco de Constantinopla de Zülfü Livaneli. De todas formas, lo que más le recomiendo es que se lea El viaje de Turquía, un libro anónimo español del siglo XVI que podrá encontrar en varias ediciones, y Estambul otomano de Juan Goytisolo (éste ilustrado, además).Entretenimiento asegurado, en serio.
      En cuanto a Roxelana, no tengo ni idea de lo que puede encontrarse. Mire en El turco de Francisco Veiga, a ver si tiene bibliografía. Suerte. Le paso lo que he encontrado en la Wikipedia sobre novelas en inglés:
      There are many historical novels in English about Roxelana: Barbara Chase Riboud’s Valide (1986); Alum Bati’s Harem Secrets (2008); Colin Falconer, Aileen Crawley (1981–83), and Louis Gardel (2003); Pawn in Frankincense, the fourth book of the Lymond Chronicles by Dorothy Dunnett; and pulp fiction author Robert E. Howard in The Shadow of the Vulture imagined Roxelana to be sister to its fiery-tempered female protagonist, Red Sonya.

  5. Reyhan dijo:

    Está también la famosa historia novelada titulada “De parte de la princesa muerta” de Kenizé Mourad, en el que una parte de la acción transcurre en los últimos años del Imperio Otomano (creo que empieza con la muerte de Abdulhamit II) y la acción se centra en el harén. Es una obra que suele gustar mucho, aunque la época es un tanto tardía.

    Un libro que creo que le podría gustar mucho pero que no es novela es un trabajo de historia de la arquitectura del Estambul del siglo XVIII que trata de reconstruir la imagen y la sociedad de la ciudad en dicho período utilizando como fuentes sobre todo la poesía otomana y la literatura de viajes, grabados, etc. Sólo está disponible en inglés y turco, se titula “The City’s Pleasures: Istanbul in the Eighteenth Century”, y la autora es Shirine Hamadeh. Cuesta alrededor de 50€ en su edición inglesa, pero es una gozada de libro, no sólo por lo entretenido del texto, sino porque está exquisitamente ilustrado.

  6. Constantino Gutierrez G. dijo:

    Señor
    RAFAEL CARPINTERO.
    ME GUSTO EL LIBRO DE ORHAN, PERO ME PARECE INTERESANTE LA TRADUCCIÓN PUESTO QUE CÓMO ENCONTRAR LOS EQUIVALENTES DE UNA CULTURA A OTRA; Y PARA COMPLETAR EN EL ARTE DE LA PINTURA.
    EL LIBRO Y SU TRAMA ES PROFUNDO, EN FIN SU TRADUCCION HACE VER DE UD,SU INTELIGENCIA, SENSIBILIDAD Y APRECIACIONES ARTÍSTICAS Y ESTÉTICAS. TENGO UN PROBLEMA, HACE POCO LE COLOQUÉ PARA LEER E INTERPRETAR ALGUNAS PÁGINAS DEL LIBRO, PERO QUISIERA TENER ALGUNAS IMÁGENES DE LA PINTURA OTOMANA DE DICHA EPOCA PARA MOSTRARSELAS A ELLOS. ESA ES MI SITUACIÓN…….

    • Estimado Sr. Gutiérrez: Muchas gracias, es usted muy amable. Como ya le dije, no sé otomano y tampoco árabe, que creo que es la lengua de las páginas que me envió y que, en cualquier caso, no correspondían a las ilustraciones. No entiendo muy bien qué quiere decir con que le gustaría tener algunas imágenes de la pintura otomana de dicha época. ¿Qué época? ¿Qué tipo de ilustraciones? Si se refiere a las de los vidrieros, si mal no recuerdo porque he perdido todos los mensajes anteriores a febrero, es toda una labor que tendría que realizar un profesional, y yo no lo soy. Tampoco sé muy bien quiénes son “ellos”.
      Un saludo

  7. Marta dijo:

    Gracias por este post tan “iluminador”. Recién aterrizada de la lectura del libro, que ha sido un auténtico placer. Tanto que me ha sugerido algunas ideas para hacer una investigación posterior sobre el asunto del arte y la ceguera en el que ya he trabajado anteriormente. Me tomo la libertad de preguntarle, por si acaso en ese trabajo de documentación encontró algo al respecto, si esa curiosa costumbre de autocegarse los grandes maestros, sale de la brillante imaginación del señor Pamuk o verdaderamente está documentada en algún sitio esa tradición/leyenda. Agradezco cualquier pista por pequeña que sea…
    Ah, y para la próxima, en la Biblioteca Digital Mundial (http://www.wdl.org) hay varios manuscritos persas y turcos, algunos ilustrados… Tienen un zoom que es gloria bendita…

    • Muchísimas gracias por el comentario, el interés, etc. No recuerdo haberme encontrado nada sobre la ceguera, excepto que es un tópico en ese tipo de oficios (véase Borges). Intentaré rebuscar en mis carpetas a ver. ¿Quizás en las Mil y una noches? Salud.

      • Marta dijo:

        Si, si, si, está claro que sobre artistas y ciegos hay muchas referencias, lo que me tiene loca es concretamente el “autocegado” (y con un alfiler, como Edipo: perdón por spoilear y por lo desagradable), sobre todo con la intención de “pintar mejor”, de favorecer la visión interior ideal de la memoria a la exterior… Por eso tenía curiosidad por saber si verdaderamente existieron esos maestros que se cegaron y que incluso siguieron ilustrando después… He buscado sobre Behzād y Osman pero no encuentro nada sobre que se cegaran.
        Investigaré lo de las Mil y una noches, gracias!

  8. María dijo:

    Estimado señor traductor, leí “Me llamo Rojo” en la edición de Alfaguara de 2003 (creo). Me gustó muchísimo. No sé si es estúpido decir que aprecié mucho la traducción sin saber turco, pero igual lo digo. Luego lo presté y ya sabe usted. Llevo años buscándolo en librerías y librerías, pidiendo específicamente su traducción. No hay. Y pregunto, ¿la traducción de las ediciones de bolsillo que hay en todos esos sellos distintos también es suya? Porque entonces pido una de esas.
    Gracias y perdone la ignorancia.

    • Estimada María:
      No sabe cuánto me honra queriendo leer mi traducción en concreto. Es una alegría en un trabajo que pasa bastante desapercibido cuando está más o menos bien hecho.
      No se preocupe, la traducción es la misma. De momento no hay ninguna otra que no sea la mía.
      Recuerdo a alguien cuyo ex libris tenía como lema: «No me prestes».
      Un saludo

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