La ¿natural? desconfianza hacia las traducciones

Le he estado dando vueltas a la cabeza a mi desacertada afirmación de que no me fiaría de las traducciones si fuera el autor. Está bastante feo que lo diga siendo traductor,  pero lo cierto es que a veces me identifico bastante con una cita de Borges que me hace mucha gracia. Dice así:

Hacia 1916 resolví entregarme al estudio de las literaturas orientales. Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con éste memorable pasaje: «A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida». En ese punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: «Los sirvientes destruyen las obras de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos». Entonces, como Paolo y Francesca, dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma.

Y ahí reside el truco del almendruco, en ese “misterioso escepticismo” que se apodera de tu alma, ¿por qué será? Vamos por otra cita. En Tarazona nos decía Eduardo Mendoza:

La traducción, por sus orígenes, es un poco “el salvaje” de las disciplinas. Surge de los caminos y de la necesidad, es un oficio que se improvisa, que tradicionalmente ha sido ejercido por personas caracterizadas por la duplicidad, incluso a veces por la traición, colaboracionistas y agentes dobles. Es un oficio que ejercían los mercaderes que iban de un sitio a otro, los guías nativos, los espías, las gentes de mal vivir que viven de los extranjeros, los mediadores… Pero eso da lo mismo. También el origen de la medicina es oscuro. Y no hay por qué avergonzarse de los orígenes, todos descendemos del mono. También —y en este solemne lugar es justo recordarlo— los misioneros fueron grandes traductores. De hecho, los primeros traductores importantes son los misioneros, especialmente españoles, portugueses e italianos, que trataron de convertir al cristianismo a los chinos, a los japoneses y a los africanos, con éxito variable.

Qué pena que no sea esto un artículo académico, con tanta cita que tiene. Puede que cueste trabajo creérselo tratándose de una institución tan nutricia como la universidad, pero te juzgan por las citas y la bibliografía y puedes decir las burradas que quieras siempre y cuando ambas sean abundantes.

Volvamos a lo de la traducción. A esos misioneros de éxito variable y esas gentes de mal vivir que descienden del mono. Inevitablemente, me veo obligado a incluir aquí la famosa imagen del simio con la cara de Darwin, una de las cumbres del diseño gráfico español. Creo que ése (no, no el mono, lo otro) es el fundamento de la desconfianza: no hay que fiarse de los traductores porque a saber: a) Lo que se dice en el original y b) lo que están diciendo ellos, con lo capaces que son de engañarte o de intentar convertirte. Es una reacción que he advertidoAnís del mono alguna vez en el Gran Bazar con cierto tipo muy específico de señora. Uno, deseoso de ser amable, se ha ofrecido de intermediario lingüístico en una transacción comercial. Supongamos que el tendero dice lo habitual, que su género es de gran calidad, que no podría venderlo más barato porque perdería dinero, etc. Tú lo traduces; pues bien, ¿quién le asegura a la señora que es eso exactamente lo que ha dicho y que no estás conchabado con él intentando timarla? Porque lo que está claro, a juzgar por la cara plácida del taimado vendedor, es que no has traducido con fidelidad su comentario de “Dile que es un ladrón hijo de mala madre y que se vaya a robar a su pueblo, no le doy más de cincuenta”.

¡Qué oficios! No puedes ni rascarte tranquilamente. Y además lo de la desconfianza hacia los traductores viene de antiguo, desde antes que Horacio lo fastidiara todo con aquello del “nec verbo verbum curabis reddere fidus interpres”, otra cita (y van tres) que ha hecho correr mucha tinta. Y si no miren este interesante artículo de Doug Robinson titulado “Translation and the Repayment of Debt”. El truco está en qué entendemos por “fidus interpres” (“traductor/intérprete fiel”) y, si me apuran, qué entendemos por “fidus”. Por cierto, es curioso, pero no creo que tenga nada que ver con el bifidus activo. ¿A qué hay que ser fiel? ¿Al texto, a la intención del autor, a los respetables lectores, a quien nos hace el encargo, a quien nos paga, a las normas y costumbres de la cultura de llegada, a la patria, a la esposa? Pero, señorita Escarlata, yo no sé nada de traducciones (vale por media cita). ¿Cómo puedo resolver este horrible dilema? ¡Ay, Prissy, si yo lo supiera, jamás volvería a pasar hambre. Por supuesto, cada cual quiere que le seas fiel a lo suyo. “No, no, usted traduzca exactamente: en respuesta a su petición, le informamos de que puede introducírsela por el recto”. Pero, hombre, ¿cómo voy a traducir eso sin provocar la tercera guerra mundial?

Y luego hay cantinelas que tienen fortuna, como lo del “traduttore, traditore”. Si lo dice la sabiduría popular, por algo será, que si el río suena… Venga ya, también dice la sabiduría popular que “a quien madruga, Dios le ayuda” y, por otra parte, “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Pero no: ¿Eres traductor? ¿Has oído lo de “traduttore, traditore”? Nunca, es la primera vez. Oye, por cierto, ¿por qué traducís siempre tan mal? Pues nuestro trabajo nos cuesta.

Vaya, que no se acaba uno de fiar. Cualquiera sabe a quién es fiel el traductor, que para eso es un traidorcete. No olvidemos otras dos bases del asunto (aunque lo de antes fueran fundamentos): a) en las traducciones siempre se pierde (sic); y b) yo lo haría mucho mejor. Como prueba de este último impulso natural y existencialista, me voy a remitir a otro artículo, uno de Pilar Elena que se llama “La crítica pedagógica de la traducción“. La Sra. Elena sometió a sus estudiantes a un experimento cruel: les puso unos poemas en alemán y español (columnas izquierda y derecha, respectivamente) para que “los leyesen y dijesen a continuación lo que se les ocurriera acerca de lo leído”. El resultado fue casi unánime, un aplauso para ellos: “automáticamente los estudiantes empezaron a criticar de forma negativa el texto que aparecía a la derecha del papel”. Ah, pero Dña. Pilar se guardaba un as en la manga. ¡El poema original era el español y el alemán la traducción! Ja, ja, qué risa, tía Felisa. Se lo tienen merecido. ¿Sí? ¿Y por qué? ¿Por hacer lo que habríamos hecho todos?

En lo que respecta esta segunda idea, no es raro encontrarse con que a uno le critican con afirmaciones parecidas a la siguiente: “No sé qué dirá el original, pero en español (o castellano) eso no se dice así sino…”. Oiga, muy señor/-a mío/-a, si no sabe qué dice el original, ¿por qué no es un pelín más prudente? Pues porque no, porque en mi casa siempre llamamos alcayatas a las escarpias y la posibilidad de que se dude de mi forma de hablar es como dudar de la honestidad de mi madre.

En cuanto a lo de que en la traducción siempre se pierde algo, podría dar un puñado más de citas en contra pero ya me estoy cansando. Así que me limito a un chiste. Al del tipo que decía “A mí me gusta jugar al póquer y perder” y otro le pregunta “¿Y ganar?” y él responde “Eso debe de ser demasiado”. Algo así me pasa a mí con las traducciones. Suponiendo que con la traducción se perdiera (¿el rumbo?), ¿qué más me da a mí si no me voy a leer el original o no lo sé leer? Ah, pero es mucho más satisfactorio leerse una traducción y sospechar que el original tiene que ser infinitamente mejor. Somos así.

El extremo de esta desconfianza natural hacia las traducciones es el caso de un compañero mío de facultad, bastante imbécil, que no leía traducciones. Tampoco es que supiera idiomas, pero aseguraba muy ufano que le bastaba y le sobraba con la literatura en español. En fin, que hay gente pa tó.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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7 respuestas a La ¿natural? desconfianza hacia las traducciones

  1. carmen abuela dijo:

    Todo eso que dices de lo que los “sabihondos” opinandenlas traducciones, lo hemos oido todos mas de una vez.
    El otro dia en el entierro de Isidoro Tienda conoci a una hija de Ana de 21 añitos, monisima y tan simpatica como toda esa familia , que estudia traducciòn e interpretaciòn en Granada. Le hizo mucha ilusiòn saber que tenia un hijo traductor y
    prometiò buscarte en internet, Besos y abrazos a los dos de Carmeen abuela.

  2. Fenomenal entrada. Se nota que estás un poco hasta las… alcayatas de que te tomen por el pito del sereno 🙂

    Recuerdo hacer un día una traducción, que pasó también por su correspondiente corrector, y una semana después, la agencia me viene diciendo que el cliente se había quejado porque había fallos en la traducción, así que, habían decidido cambiar cosas sin consultar y luego llevar a la imprenta el papel, y LUEGO, es cuando se quejó (o sea, una vez que ya tenía no sé cuántas copias de el folleto hechas). Una de las cosas era que, en inglés, decía “Dear colleague” y nosotros habíamos puesto “Estimado amigo/a” y decía que no, que se decía “Estimado compañero” (o algo así), y le dije que no, que compañero se diría si te diriges más bien a alguien que trabaja contigo en la misma empresa, pero si eres una empresa que está vendiendo un producto a alguien, no le dices compañero. También nos quiso cambiar “demanda creciente” (“higher demand”) por “solicitudes crecientes”, al referirse a una demanda del mercado cada vez mayor… O sea, que me dieron ganas de soltarle al cliente que, si tan listo era, que por qué no lo traducía él mismo XD Por supuesto, me limité a contestar, dar mis razones y a decirle que, por supuesto, él puede poner lo que le venga en gana. Pero hay veces, que para lo que te pagan, prefieres darles la razón, como a los tontos, y dejar de perder el tiempo 🙂

    Un saludo.

    • No es tanto que esté hasta las narices como que intento averiguar en qué consiste el mecanismo. He aprendido mucho de mucha gente que me ha criticado. De todas formas, no entiendo muy bien por qué todos, traductores incluidos, santificamos tanto el original y nos fiamos poco de las traducciones. Tiene que ser algo genético.

  3. MG dijo:

    Excelente entrada, sí señor. La llevo al FB de ACEtt.

  4. CF dijo:

    Lo felicito, señor Carpintero. Estupendas sus reflexiones.

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