Mi encuentro con Yaşar Kemal

Al contrario que los traductores de latín, tengo la inmensa suerte de haber conocido a la mayoría de los autores que he traducido. No lo digo por darme pisto, sino porque así es. El otro día estaba con unas amigas de una amiga y no sé cuándo dije algo como “pues un día, cenando con Pamuk, me contó que…” y se quedaron un poco patitiesas. “O sea, ¿que tú te vas a cenar por ahí con el Nobel?” y me dio mucha vergüenza. No es que vaya por ahí cenando con grandes de la literatura, sino que es natural que ellos quieran conocernos y viceversa.

Deo gratias, con casi todos he sufrido una enorme decepción. Pero una decepción buena. Me explico, cuando leyó la tesis, mi amigo Patricio se quedó muy decepcionado porque todos aquellos importantes catedráticos se pasaron la tradicional comida posterior hablando de fútbol y criticando a sus colegas. Él esperaba una especie de reunión académica en la que la comida fuera puramente alimenticia y todos flotaran en una nube de erudición. Menos mal que no somos así, y me refiero al género humano al completo. Pues con los autores pasa más o menos lo mismo. Vas y los lees, te gusta lo que escriben o no, los admiras más o menos, los ves por la tele diciendo cosas de aquí te espero y te crees que son unos venusianos. Luego los conoces y hay de todo como en botica. No se pasan el día hablando de alta literatura ni opinando sobre la angustia existencial.

Entiendo perfectamente que los autores quieran conocer a sus traductores. Si yo fuera un autor más o menos importante, de entrada no me fiaría de quien me va a traducir. ¿Por qué? Yo qué sé, no me fiaría. Es como si alguien me pidiera prestado el móvil. A saber qué hace con él. No digamos ya el ordenador. Por otra parte, también es natural que a los traductores nos guste conocer a la gente que hemos traducido. Imagínense al traductor de Lolita, seguro que estaba muerto de curiosidad por conocer a Nabokov (yo me leí la de Francesc Roca). Además hay otro asunto: creo que, exceptuando a Tanpınar y menos mal porque está muerto, siempre me he puesto en contacto con los autores para pulir algunas dudas. Es decir, para resolverlas. Tampoco es que yo me fíe de ellos, ya puestos. Pero siempre hay alguna duda que no han podido resolverte tus mejores amigos, y yo tengo una buena batería de amigos turcos, traductores, que saben más o menos español y que me echan muchas manos. Después de empezar a traducir me di cuenta de la cantidad de frases o párrafos que nos echamos cada día al coleto y de los que no entendemos ni papa. Prueben a hacerlo, cojan el periódico y díganme si lo entienden todo, todo, todo. Bueno, así que siempre queda alguna duda, y lo mejor es preguntárselo al autor y confiar en que se acuerde de qué quiso decir, que no siempre ocurre. Y en que no tenga algún pariente que sepa algo de español…

Veo por la foto (por el nombre del archivo) que conocí a Yaşar Kemal en julio del año 2000. Por cierto, qué gordito estaba menda. En fin, eso quiere decir que estaba a punto de publicarse El último combate del Halcón, la última novela suya que he traducido. Vaya, que fue todo muy a posteriori. Por aquel entonces andaba de jefe de estudios del Cervantes Pablo Martínez Gila y se le había metido en la cabeza sacar una revista (y lo consiguió, aunque después se cerraron todas las revistas de los institutos, pero eso es otra historia). Quería que el primer número quedara chuli y me sugirió que le hiciera una entrevista a Yaşar Kemal. A decir verdad, la entrevista fue un fracaso, pero la visita estuvo muy bien.

Yaşar Kemal nos invitó a Mª Jesús y a mí a su casa de Yeşilköy y cuando llegamos allí nos encontramos con él y con su mujer Thilda, todo un personaje que falleció unos meses después, y resultaron ser unos abueletes encantadores. A Yaşar Kemal la mujer le ataba muy corto, hasta el punto de que me sacaba al jardín técnicamente para hablar de algo y en realidad para fumar a escondidas. Por su parte, Thilda agarraba a Mª Jesús y le contaba que en alguna de sus traducciones al inglés había recortado las descripciones de Çukurova de su marido porque eran una pesadez. Claramente, eran tal para cual. Ella también le hacía un poco de agente y entre los dos habían preparado ya el borrador de su discurso de aceptación del Nobel por si acaso. A todo esto, como a Yaşar Kemal no hay quien lo pare, yo las pasaba un poco canutas  porque habla a toda velocidad y mascullando y me enteraba de la misa la media (no me juzguen por eso, hagan la misma prueba que con el periódico). Menos mal que me había leído el libro de entrevistas con Alain Bosquet y sabía de qué me hablaba (a veces). Nos lo pasamos la mar de bien con ellos y yo salí sin la entrevista. Me dijo que lo mejor que podía hacer era mandarle las preguntas por escrito y él me contestaba, y eso hicimos.

El segundo autor que conocía, después de Tahsin Yücel. Y lo que me encontré, aunque tenga que repetirme, fue a un encanto de hombre. Hablando de Tahsin Yücel, como hice la tesis sobre él fui a llevarle un ejemplar, y lo primero que me dijo fue “Pero, ¡cuánto trabajo!”. Como si no se lo mereciera. Y eso es algo que me resulta muy curioso de la mayoría de los autores que he conocido: son bastante sencillos y dan la impresión de que les sorprendiera mucho que los traduzcan. La verdad es que tiene que ser una impresión rara, eso de que algo que tú has hecho salga en otro idioma y lo lea una gente que a saber. Da mucha alegría ver que los grandes autores son como usted o como yo; o sea, un poco suyos, pero normales dentro de lo que cabe.

Luego volví a ver alguna vez más a Yaşar Kemal. La muerte de su querida Thilda fue un buen palo para él. Entre otras cosas, ella le organizaba bastante. El año pasado fuimos a verlo de lejos a una especie de mesa redonda que tenía con Günter Grass y nos marchamos de la pena que nos dio. El pobre tiene la cabeza un poco ida y se le olvidaba cómo se llamaba Grass, y mira que son buenos amigos. Así que entre eso y el follón que había, no quisimos ni intentar acercarnos. ¿Para qué? ¿Para pasar un mal rato? Prefiero acordarme de cómo me pasaba los Muratti para que yo los encendiera y luego se los fumase él.

P. D. Me permito el lujo de incluir un enlace a un Trujamán donde hablaba de los autores y los traductores.

Anuncios

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Yaşar Kemal y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Mi encuentro con Yaşar Kemal

  1. Pere Juliá dijo:

    Muchos nos preguntábamos en Estambul por ti, y por fin te tenemos en la Red, aparte de tus escritos en la Revista del Instituto Cervantes de Estambul, entre otras cosas, un placer leerte “dragomán”.
    Seré breve por esta vez, con una pregunta personal, no tienes por qué responderla: ¿Quién te hubiera agradado más que recibiera el Nobel, Kemal o Pamuk?
    Un saludo cordial

  2. Pere Juliá dijo:

    ¿Malas noticias? Al contrario, tienes buenas referencias por aquí 😉
    http://www.eksisozluk.com/show.asp?t=rafael%20carpintero%20ortega

  3. carlos dijo:

    No encuentro un libro de Yasar Kemal ni en Montevideo, Buenos Aires ni Santiago de Chile.
    Sigo con Benedetti entonces…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s