El código de Greimas o cómo saber si lo malo es la traducción

Hablando el otro día de Tahsin Yücel a cuento de no sé qué, mencioné a D. Algirdas Julien Greimas. A este buen señor le dio por inventarse una cosa llamada “cuadro semiótico” que consiste en enfrentar contrarios, contradictorios y complementarios a ver qué sale. Es decir, imagínense un cuadro, en el extremo superior izquierdo ponemos, por ejemplo, “oro”; en el inferior derecho, el opuesto, “no oro” (contradictorio); para el superior derecho necesitamos algo que no sea oro, por ejemplo, “plata” (contrario); y entonces en el inferior izquierdo escribimos, o imaginamos, “no plata”. A ver si soy capaz de hacer un cuadro y colocarlo aquí:

Pues no he sabido, así que lo voy a pegar como imagen:

A partir de ahí vamos viendo las combinaciones y concluimos como mejor nos parezca. Oro y plata, electro. No oro y no plata, plátano. Por supuesto, esto es mucho más serio y más útil que la chorrada que acabo de hacer.

Como nos demuestra, por ejemplo, Ovidi Carbonell en su interesante artículo (en serio) “Hacia un marco general de la construcción semiótica del otro en traducción” publicado en el número 28 de Vasos comunicantes, donde expone las posibilidades de que las traducciones sean más o menos exóticas para inventarnos un extranjero ideal que se ajuste como es debido a nuestras expectativas. Expectativas bastante escasas y pobres, por cierto. Ya se sabe que en el extranjero ocurren todo tipo de estragos y catástrofes.

Bueno, inspirado por Carbonell, impulsado por alguna crítica injusta que recibí de la que aún tengo memoria, y como de Pascuas a Ramos me da por incordiar a mis estudiantes con el cuadrito de Greimas, llevo un tiempo pensando el mío propio, aunque no sé muy bien qué conclusiones se pueden sacar. Todo consiste en tomar como primer elemento un buen original. ¿Y qué es eso? Depende, puede ser lo que la crítica ha consagrado o lo que nuestro sentido común nos dice que es bueno, dejémoslo así como hipótesis de trabajo. Lo contradictorio es un original malo. Como contrario, opuesto o lo que sea, escogemos una traducción (buena y mala, respectivamente). Nos queda un cuadrito tal que así:

Como pueden ver, tenemos cuatro posibles resultados. Y a partir de ahí podemos elucubrar. Si el original es bueno y la traducción es buena (sea lo que sea eso, no vamos a pelearnos ahora), estupendo, lástima que no den el Oscar a las traducciones. Si el original es bueno pero la traducción es mala, el asunto es más peliagudo. ¿De verdad, palabrita del Niño Jesús, podemos saber que el original de una obra es bueno a pesar de que la traducción sea mala? Supongo que es difícil pero que algo podríamos intuir, sobre todo si es una novela. Esto me recuerda algo que contaba Kitty van Leuven-Zwart en un artículo titulado “Translation and Original. Similarities and Dissimilarities” y publicado en Target. Por lo visto, en su momento, no me acuerdo de cuál, se había leído El Quijote en una traducción holandesa y le había parecido una plasta. Luego se lo leyó en español y, ¡oh sorpresa!, le encantó. La primera reacción que tuve al leerlo fue maravillarme de la calidad de la enseñanza del español en los Países Bajos. No me imagino a ninguno de mis estudiantes diciendo semejante cosa. ¡Un momento! Sí que lo dirían porque a ninguno se le ocurriría desafiar siglos de Historia de la Literatura con sus mayúsculas. Yo, si se lo leen me doy con un canto en los dientes.

Bueno, supongamos pues que uno es capaz de identificar un buen original a través de una mala traducción (incluso). Lo que no me cabe en la cabeza es cómo puede diferenciarse una buena traducción de una mala si el original es malo de por sí. ¿Cómo se puede hacer eso? Es decir, si traduzco como es debido un churro, seguirá siendo un churro. Y, no puedo evitar el chistecito, si lo hago mal me saldrá un jeringo como mucho. Entonces, ¿por qué algunos críticos se empeñan en echar la culpa a la traducción de todos los males de la obra si no han podido leerse el original?

Lo triste es que si el resultado es bueno, el crítico de turno pondrá por las nubes el original. Si no vale gran cosa, arrastrará por el fango la traducción. Como hay que ser bien pensado, yo tengo una teoría para justificar a los críticos en este segundo caso. Es muy simple: a nadie en su sano juicio se le pasaría por la mente publicar un original malo, así que ¿cómo va alguien a encargar que se traduzca? Ergo la mala tiene que ser la traducción porque el original no puede serlo como lo demuestra el que haya sido traducido. Por desgracia, la vida no es así, no la he inventado yo, y hay obras malas que por amiguismo o por lo que sea no sólo se publican en su lengua original, sino que además logran traducirse y a veces hasta se subvenciona la traducción. ¿A quién le pedimos cuentas? A mí, que me registren.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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