Los derechos de autor y la silla del traductor

¿Quién puede estar en contra de que los autores reciban un estipendio (la ley dice “remuneración”) adecuado? ¿Fú-Manchú? ¿Darth Vader? Ni siquiera ellos. Entonces, ¿a qué viene tanto lío? Pues a que interviene mucha gente a repartir. Vamos a poner un ejemplo que sirva para el caso de los traductores más o menos mercenarios como el que esto suscribe:

Supongamos que usted es carpintero y que unos grandes almacenes (digamos La Confección Británica y a quienes llamaremos “la editorial”) quieren reclutar sus servicios para lo siguiente: cierto ebanista ciego (el “autor” del original) diseñó una silla de brazo y los grandes almacenes quieren que usted la adapte para zurdos del mercado hispano. ¿A que cree que le pagan por el servicio, se quedan con la silla y adiós? Pues no, el asunto es más complejo. La ley y sus modificaciones diferencian claramente entre los derechos morales y los derechos de explotación. Los primeros son inalienables: es decir, el diseño de la silla será para siempre jamás del ebanista ciego y el de la reforma para zurdos del carpintero. Lo único que hacen ambos es ceder la explotación de la silla a los grandes almacenes. O sea, cuando me tomo un café en un bar, lo que estoy pagando es: a) el café, b) el uso del local y c) el servicio (que hagan el café, etc.), pero nadie tiene derechos inalienables sobre el café en sí. Pero con la silla, (técnicamente) ni al ebanista ciego ni a mí nos está pagando La Confección Británica por un servicio, sino que llegamos a un acuerdo para que ellos la fabriquen y distribuyan quedándose un tanto. A ese acuerdo lo llamaremos “contrato” o “sin-trato”.

El nombre de Sin-Trato le viene dado porque es como las lentejas. Oye, que nos firmes esto para ver si nos haces un diseño de silla para zurdos y, si no te gusta, llamamos a otro. Como quien firma un contrato con la Telefónica. Y el contrato en cuestión tiene mucha letra pequeña. De entrada, se te paga una cantidad en concepto de adelanto sobre los derechos. Eso está bien. En caso de que se vendan cuatro sillas, tampoco te quedas sin un céntimo. Lo malo es cómo se calcula. Antes se hacía por folio (pongamos que por hora de trabajo si es una silla), pero ahora se hace por palabra o, aún peor, por caracteres (para la silla, por número de virutas). Se entiende que en Francia hicieran unas bonitas camisetas que decían: “Je suis traducteur et ma femme de ménage gagne plus que moi!”. ¿Cómo entonces puede un traducteur gozar de los servicios de una femme de ménage? Respuesta: trabajando más horas que ella.

Pero, además, según nuestro contrato lentejero, el porcentaje de derechos sobre la venta es mínimo. En mi caso, ronda el 0,5 por ciento. Si los grandes almacenes venden la silla a mil pesetas, yo me llevo un duro de cada venta. De lo que se deduce que si me pagaron mil duros en concepto de adelanto, tendrán que vender más de mil sillas para que yo pueda cobrar mis regalías. Tampoco esto está del todo mal, al fin y al cabo ellos las fabrican, ponen la pasta inicial y corren el riesgo de que no gusten a los zurdos. Hay que tener en cuenta que hay más gente a repartir. Pero un 0,5 por ciento es un poco roñoso, ¿no? Bueno, para todo esto les aconsejo que miren en la pestaña “Otros enlaces”. Ahí tienen algunos documentos sobre como se hace el reparto del botín y demás.

Lo que a mí, como carpintero constructor de sillas, me fastidia más son los detallitos. Por ejemplo, que nunca sepas exactamente cuántas sillas se fabrican y te tengas que fiar de lo que te cuentan. O que el contrato sea para un número indefinido de ediciones (primera y siguientes dicen)  de entre, un poner, 1.000 y 200.000 ejemplares, y no es broma. O que tenga una cláusula de renovación automática. O que sea para cualquier soporte presente pasado y futuro y para todo el mundo y el espacio sideral. O… O sea, me proponen lo siguiente: “Diseña la silla para zurdos y nosotros te la venderemos, a cambio de un adelanto sobre tu 0,5 %, en cualquier parte del mundo; de madera, hierro, cristal o nanomasa. ¡Ah, y podemos hacer mil o un millón, pero tú sigues con tu medio por ciento!”. Está bien, es bueno que quieran vender tanto y como sea, pero ¿no habría forma de revisar el sin-trato?

Pero lo peor es la cesión a terceros. El sin-trato incluye una cláusula por la cual La Confección Británica puede ceder la explotación a otros almacenes a cambio de un tanto, que suele ser bastante discreto, a repartir entre el carpintero y La Confección Británica. ¡Adiós porcentaje! No suele ser raro que esos otros almacenes tengan alguna relación con los primeros, por cierto, por ejemplo Ultracon.

Vuelvo a lo del principio. No creo que nadie en su sano juicio pretenda que un autor o un traductor no reciban lo que se merecen del fruto de su trabajo. Eso de que la cultura debería ser gratis y que los creadores viven del aire sólo lo dicen los que nunca han probado a pasar un libro a máquina. Y lo que hacemos los carpinteros es un pelín más complicado, así que no veas los ebanistas. Pero tampoco es verdad lo que dicen los grandes almacenes sobre que, de no ser por ellos, nadie haría sillas. Y tampoco lo que aseguran ciertas instancias más oficiales. Tampoco la defensa de los derechos de autor depende sólo de prohibir las descargas ilegales o alegales de internet. Habrá que espabilar, digo yo. Encima, a más altas instancias me remito, “quién esté libre de pecado…”, etc.

¿Que si me molesta que Rapidshare o Megaupload se lleven una pasta porque hay gente que quiere hacerse gratis con mi silla? Sin duda, sí, me molesta. ¿Me molesta que alguien coja su mula para pasársela a otro? Pues no tanto. Total, un duro… Y además para eso se supone que pagamos un canon digital cada vez que compramos un aparato o cacharro, sea sierra, cepillo o martillo y clavos. Eso mismo es lo que se puede hacer tan alegremente en las bibliotecas públicas, usar las sillas. ¿Por qué si no nos está multando tanto la Unión Europea? Porque el estado no paga a nadie por el uso de las sillas. A ver si ahora se atreven a tirar la primera piedra.

¿Que un libro no es una silla? Lo sé, pero puede servir para equilibrar una pata coja.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a Los derechos de autor y la silla del traductor

  1. Alicia dijo:

    ¡Ooooooolé!

  2. Una duda, Rafael. Eso de «y, si no te gusta, llamamos a otro» ¿también os pasa a los de turco? ¿Tantos traductores sois o es que hay muy poco trabajo del turco? Creía que sólo nos sucedía a los de inglés o románicas.

    • Vaya, vaya, Anuvela. No sabéis cuánto os admiro. La entrada era general y no creo que nadie se comporte de una forma tan chulesca. ¡Oh!, acabo de darme cuenta de que no he dicho “no creo que nadie sea tan chulo”. Lo que tiene traducir del turco al español es que se trata de libros generalmente ya traducidos al inglés, al francés o a otras lenguas más conocidas. Supongo que no hace falta añadir que ahí se pueden encontrar traductores más apañaditos. De todas formas, como soy un niño bueno (“de puro bueno, eres tonto” que podría decirme mi abuela si viviera) no suele llegar la sangre al río. Los conflictos son sobre todo con los plazos y en eso soy muy claro: si no puedo, no puedo. Pero el truco del almendruco es que no vivo de esto. Por cierto, no entiendo qué relación puede tener que haya poco trabajo del turco.

      • Pensaba que si se traducía muy poco del turco, bastaba con que fuerais tres o cuatro traductores para que las editoriales pudieran permitirse el lujo de «si no te gusta, llamamos a otro».
        A mí no es que me lo hayan dicho, pero lo tengo muy asumido desde hace años. Aunque con algunas editoriales, y en ciertas circunstancias, es más fácil negociar que con otras, que simplemente se cierran en banda y no hay tu tía.

  3. carmen abuela dijo:

    Si que es un poco miserable la paga por tanto esfuerzo y la capacitacion necesaria para hacer ese trabajo !.A ver si me toca el cuponazo y os pongo a todos a trabajar….solo cuando y como os apetezca !

    • ¡Ay va! ¡Mi madre! No te preocupes, mamá, que en el fondo lo hago porque me apetece. Eso sí, hay muchos compañeros que tienen que traducir a destajo para no vivir en una chabola pasando fríos y penalidades.

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