¿Por qué no traduzco poesía?

Voy a incurrir en una contradicción. Total, una de tantas. Si no traduzco poesía es, sobre todo, porque opino que hay que ser un poco poeta para conseguir un buen resultado. No me caen nada bien algunos compañeros sentimentaloides que dicen traducir con el corazón, pero creo que la poesía requiere una intuición y una capacidad de las que carezco.

Y no es que no sea materialista, no. Llevo muchos años dando clase de comentario de textos poéticos y sé que lo que nos emociona de la poesía está en las palabras y no es una especie de efluvio inefable del olor de santidad que desprende el vate. Es decir, soy capaz de detectar el ritmo de los acentos en un endecasílabo  y de apreciar una aliteración, una rima o un hipérbaton. El problema es que no sería capaz de reproducirlo con un mínimo de sensibilidad para que no resultara acartonado y ripioso. Al contrario que muchos, no pienso que lo más difícil de traducir sean las figuras de pensamiento. Una metonimia o una metáfora pueden ser iguales o parecidas en varios idiomas. En cualquier caso, entrarían en los problemas culturales de la traducción, y no estamos hablando de eso. Lo malo es lo otro y conseguir que todo quede bien conjuntado.

No creo, como decía Robert Frost, que la poesía sea lo que se pierde al traducir, porque los buenos poetas siempre se han visto también como artesanos del idioma. El genio es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración, como decía Edison. Lorca lo expresaba de una manera más elegante:

“Si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios -o del demonio- también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo”.

Me gustan los poetas currantes. Aunque no me acabo de creer que un tipo como Edgar Allan Poe fuera tan absolutamente cerebral como cuenta en su ensayo “La filosofía de la composición”, aprecio el trabajo que se toma. Así pues, si gran parte de lo que hacen los poetas es fruto de “la técnica y el esfuerzo”, será posible reproducirlo, ¿no? O sea, que diga lo que diga Frost la poesía es perfectamente traducible, y lo suyo una auténtica bordería.

Ahora bien, viendo lo que le cuesta a Nabokov traducir el Eugenio Oneguin, a uno no le queda más remedio que preguntarse si no le habría sido más fácil juntarse con un poeta y hacerlo entre los dos. Soy un firme partidario de las traducciones conjuntas, sobre todo de las lenguas menos usuales. Clara Janés, gran poeta, antes poetisa, y traductora nos contaba que aprendió checo para poder traducir a ciertos autores, pero que no pensaba hacer lo mismo con el turco. Así que para poder traducir en cierto momento a İlhan Berk se las apañó del modo siguiente: İlhan Berk leía el poema en turco y lo traducía un poco a la buena de Dios al francés; Clara Janés, con el sonido del turco y el sentido del francés lo pasaba al español, lo pulía, y a otra cosa, mariposa. El resultado es muy bueno. En su momento Ayşe Nihal Akbulut hizo algo parecido conmigo con unos poemas de Miguel Hernández (aunque no, no soy Miguel Hernández) y tuvo la bondad de ponerme como cotraductor. Nunca he creído merecérmelo. Espero que de todo esto puedan ustedes concluir, como yo, que si se tiene un poeta con la sensibilidad suficiente, ¿para qué vamos a sudar como pollos contando sílabas, buscando rimas, colocando acentos e investigando armonías consonánticas si al poeta le sale?

Podría hablar mucho más del asunto, pero no quiero aburrir. Sólo me gustaría tratar un punto más porque tiene que ver con lo de la sensibilidad y el trabajo que da traducir poesía. Creo que hay poemas y poetas que no vale la pena traducir. Me explico, por supuesto hay malos autores que no tendrían que ser traducidos y deberían ser condenados al olvido en su lengua materna. Pero también hay otros, muy buenos, especialmente poetas, con quienes no vale la pena tomarse el trabajazo, en mi opinión. Un poner, Garcilaso. Me emociona lo de “el dulce lamentar de dos pastores” (un endecasílabo heroico, si no me equivoco, con un oxímoron de guinda), pero no sé si tendría sentido traducir, por ejemplo al finés y menos ahora, algo sobre unos pastorcicos que dejan embobadas a unas ovejas de nacimiento. O la “Sonatina” de Rubén Darío, que no en vano se llama así y no “La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?” (un alejandrino). Entretenerse en mantener la música, el ritmo, el timbre, el metro, la rima y todo ese no sé qué que quedan balbuciendo de unos poemas de contenido más bien tontorrón, me parece una pérdida de tiempo a no ser que se haga como ejercicio. Y si se empeña en ello a pesar de mis sabios consejos, ¡contrate usted un poeta y lo tendrá hecho en un periquete!

De regalo, un presunto poema de José Antonio Porcel que nadie (en su sano juicio) debería traducir:

Bajo de este jazmín yace Armelinda,
perrita toda blanca, toda linda,
delicias de su ama,
que aún hoy la llora; llórala su cama,
la llora el suelto ovillo,
como el arrebujado papelillo
con que jugaba; llórala el estrado,
y hasta el pequeño can del firmamento,
de Erígone olvidado, muestra su sentimiento.
Solamente la nieve se ha alegrado,
pues si yace Armelinda en urna breve,
ya no hay cosa más blanca que la nieve.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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10 respuestas a ¿Por qué no traduzco poesía?

  1. ¡Hola!
    He descubierto tu blog por casualidad (me lo han pasado en twitter) y me encanta el tema que tratas. Yo, a pesar de ser traductora creativa (traduzco videojuegos principalmente y muchas veces también marketing. Ambas necesitan de mucha creatividad), soy completamente inepta para traducir poesía. Así que, estoy contigo que no todo el mundo puede traducir poesía y que sería una idea mucho mejor traducir poesía con un poeta en la mesa de enfrente.

    Gracias por contarnos cómo lo hacía Clara Janés, me parece un dato muy curioso. Por desgracia, últimamente me da la sensación de que a la gente le importa más el bolsillo que el resultado final, y como saben que, total, la gente comprará un libro de poemas de Shakespeare, aunque lo que haya dentro sea una mierda, pues eso que se ahorran (es más barato pagar a un traductor cualquiera que a un traductor de poemas y a un poeta).

    En fin, me apunto tu blog, lo pongo en mi lista de blogs a seguir, y ya me pasaré de vez en cuando 🙂

    • En mi opinión, exceptuando las legales y las técnicas, toda traducción es creativa o tiene un margen para la creatividad. Siento una profunda admiración por quienes traducen para la publicidad y los videojuegos. La responsabilidad de los traductores de videojuegos es enorme. La mayoría de los consumidores de juegos son adolescentes a quienes no viene nada mal un poco de castellano como es debido, aunque sea despanzurrando gente en cualquier “Call of Duty”. Ignoro cómo serán las condiciones de trabajo, pero siempre que pienso en los traductores de videojuegos, me los imagino como a Ben-Hur amarrado al duro banco de una galera romana. Es una pena que la industria no se preocupe demasiado por las buenas traducciones (ni por los fallos de programación, se pasa uno el día poniendo parches).
      En cuanto a la traducción de poesía, Díaz-Plaja (Fernando) opinaba que aunque Shakespeare perdiera el noventa por ciento en una mala traducción, el diez por ciento restante valdría la pena para quien no puede leer el original. No estoy del todo seguro. Alguien (no me acuerdo de quién) decía que todos podemos disfrutar de una novela mal redactada, pero que un poema mal escrito es insoportable. Estoy de acuerdo: una mala traducción de un poema te puede quitar las ganas de leer más del poeta en cuestión. De ahí que me parezcan tan bien las traducciones conjuntas, sobre todo si se trata de lenguas poco conocidas. Por desgracia, a menudo la industria editorial se gasta tan poco en editores y correctores como la del videojuego. Seguro que la Coca-Cola y Microsoft no andan mirando la peseta en eso.

  2. No sé si siempre es cierto que “una mala traducción de un poema te puede quitar las ganas de leer más del poeta en cuestión”; servidor se pasó la adolescencia leyendo y releyendo a Rimbaud y Cavafis en traducciones nefandas. El problema es que en muchos casos sólo se veía que eran malas al compararlas con el original. (Con Rimabaud no me di cuenta hasta aprender algo de francés; con Cavafis, evidentemente, tuvieron que contármelo.)

    Gran blog, por cierto.

    • Pues ahí está. Hasta que uno no lo sabe… Pero hay autores tan inmensos que resisten una mala redacción. De todas formas, se resiente mucho más la poesía que la prosa, creo. Por otra parte, no sería tan malo el resultado si no se notaba mucho. A lo mejor el señor en cuestión no dijo eso exactamente, pero si lo que nosotros leemos está bien, podemos irnos a la tumba tan contentos sin notarlo.
      Gracias por el elogio

  3. Joan Parra dijo:

    Hola Rafael.
    No sé o no recuerdo qué es “ser poeta”. Pero sobre todo no creo que sea necesario ser poeta para traducir poesía. Lo que hace falta no es ser el poeta, sino conocer sus herramientas y saber utilizarlas. Se trata por lo tanto de una cuestión metodológica, o técnica si prefieres.
    Otra cosa, y ahí es donde empieza realmente el debate, es si tiene sentido traducir poesía o, dicho de otro modo, si podemos considerar la poesía traducida como traducción en sentido estricto. Un debate que se arrastra desde hace mucho tiempo, por cierto.

    • No, no es necesario y a eso es a lo que me refería con lo de ser “un poco” poeta. De hecho, siempre he pensado que el mejor traductor es el profesional y hay autores que son sólo traductores aficionados. Por dar dos ejemplos, Fernando García Burillo (del turco al español) y Ayşe Nihal Akbulut (del español al turco) hacen espléndidas traducciones de poesía sin ser poetas, que yo sepa. Lo único que quiero decir es que si se tiene cierta sensibilidad es mucho más fácil, y yo no la tengo.

  4. re dijo:

    Doncs jo no miro si és traducció o no, miro si m’arriba, si m’agrada, o no.

    En un tema com la poesia, o la poesia traduïda, es poden interposar tants prejudicis com en la literatura en prosa o en la literatura en prosa traduïda. He vist de tot: mala poesia ben traduïda, bona prosa ben traduïda… gairebé totes les variants i… em quedo amb la literatura que m’agrada amb els mínims apriorismes i prejudicis que em condicionen la lectura.

    No he vist taduccions, literàries, “neutres”, ni de prosa ni de poesia. I també he vist autèntiques “recreacions” que m’han resultat suggestives.

    No sóc traductor, però he vist estils molt diversos de traducció que m’han agradat i he vist “bons traductors” -i fins i tot, bons literats- traduir l’Ausiàs March amb tanta mala sort, des del meu punt de vista, que penso que poden haver fet avorrir la seua excel·lent poesia.

  5. Javier V dijo:

    Personalmente considero que toda literatura, por el hecho de estar escrita en una lengua, es virtualmente intraducible a la perfección a otra lengua; en el caso de lenguas próximas, con sistemas más parecidos, que utilizan más o menos las mismas estructuras, puede perderse menos pero siempre hay elementos que se pierden porque entre dos lenguas distintas es prácticamente imposible que todas las palabras de ambos textos midan lo mismo en número de letras de cada una de las palabras en el verso y nunca será la misma fonética, aunque haya elementos que sean comunes. Hay que buscar expresar el contenido del poema y luego, en el caso de la poesia, buscar, conociendo los sistemas lingüísticos y poeticos de la lengua del texto y la que va a ser traducida, paralelismos formales para provocar efectos similares. Eso ha de buscar una traducción, una versión o una adaptación es otra cosa, evitar alejarse demasiado del contenido. Yo pienso que todo ha de traducirse pero siempre teniendo en cuenta que la traducción es un filtro de contenidos y algunos rasgos formales, no una replica en la lengua a la que se traduce de todo el contenido del texto en la lengua base. Al menos como estudiante de filología he podido llegar a esa conclusión.

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