Traductores de todas las horas, de infancia y adolescencia

Me acuerdo de una entrevista que le hicieron hace muchos años en televisión a Ángel Pavlovsky, que por entonces tenía un espectáculo llamado “Pavlovsky y su orquesta de señoritas”. La entrevistadora le preguntó qué libro le había marcado y él respondió que lo que le había marcado de verdad era el hecho de leer. Bien es cierto que casi da marcha atrás para que las telespectadoras no le dijeran a sus hijos: “Niño, no leas, no vayas a acabar vestido de mujer como ese señor”. Como a mí me ha pasado algo parecido, no me resisto a incluir este articulillo que me publicaron en El trujamán (cvc.cervantes.es/trujaman/)  el uno de julio del año pasado. Es de bien nacidos el ser agradecidos.

“Es bastante normal que a los traductores se les pregunte qué otros colegas les gustan o han influido en ellos. En mi caso, suelo dar una respuesta más o menos de compromiso citando algunos nombres de colegas que aprecio y que han trascendido el anonimato habitual porque la triste verdad es que ignoro (ignoraba) cómo se llamaban los que de verdad me han formado: los que tradujeron los libros de mi adolescencia.

En casa siempre se leyó bastante y había un buen montón de libros para escoger. Parte de ellos eran ejemplares muy veteranos que lo mismo te atraían con su olor a papel viejo que te repelían por otros motivos. Una de las razones que me echaban atrás del Quijote era que dejaba los dedos negros de tinta. Y tardé muchísimos años en leerme Lo que el viento se llevó porque se le habían borrado las letras del lomo y solía tomarlo por un diccionario que tampoco estaba en mucho mejor estado. El caso es que me pasé la infancia leyendo tebeos y libros adaptados hasta que por fin le hinqué el diente a mis primeros libros sin ningún tipo de ilustración: las novelas de Salgari de la editorial Gahe. Con Sandokán y el Corsario Negro aprendí vocabulario marinero y cosas curiosas como lo que era una babirusa. Además, como descubrió Savater, Sandokán es el padre del capitán Nemo, así que proseguí con mis viajes literarios. Nunca supe quién era el traductor (o los traductores) de aquellas novelas como tampoco supe quién había traducido la trilogía de Beau GesteBeau SabreurBeau Ideal que teníamos en casa en una edición del año de Maricastaña. Les debo mucho y ni siquiera sé sus nombres.

Sí sé al menos el de otros que también me formaron como lector. Emilio M. Martínez Amador, traductor de los tarzanes de la editorial Gustavo Gili y de quien aprendí a preferir «azagaya» a «lanza» y «aljaba» a «carcaj». Más tarde he sabido que fue también unprolífico autor de diccionarios. Guillermo López Hipkiss, traductor de su tocayo Guillermo Brown para la editorial Molino (el inglés de Guillermo es endiablado y López Hipkiss lo traducía con muchísima gracia) y que nos dejó muchos dichos que aún usamos en la familia (como hablar de «caramelos duros» para referirnos a un regalo que gusta a la persona que lo hace y probablemente no tanto a quien lo recibe).

O Ramón D. Perés, correspondiente de la Real Academia Española como queda bien claro en su traducción de El libro de las tierras vírgenes también para Gustavo Gili y que escribió el primer prólogo de traductor que probablemente leí en mi vida. En él habla del problema del título (porque «en castellano no se usa la palabra jungle» y de regalo nos diferencia entre «selva» y «manigua», eso es precisión), condesciende a que los niños no nos leamos los poemas del libro (¡Gracias a Dios!) y explica que la poesía hay que traducirla en verso (aunque la de Kipling no sea «como la de Zorrilla, Campoamor y Nuñez de Arce, por ejemplo»).

De todos ellos aprendí muchísimo, sobre todo el gusto por la lectura y el lenguaje y a todos ellos y a muchos más me gustaría haber podido darles las gracias personalmente. Lo cierto es que cuando he tenido la oportunidad de leerme las obras en el original (inglés) siempre me han parecido bastante más sosas que las traducciones, sobre todo porque el castellano escrito de los años veinte y treinta me suponía un viaje en el tiempo tan apasionante como el viaje en el espacio que proponían esos libros de aventuras.”

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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